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.6 Antes De Que Llegarás Tu

.6 Antes De Que Llegarás Tu

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: cristy182021

Araiya siempre supo cómo debía vivir: sin errores, sin escándalos, sin salirse del camino. La perfección era su refugio… hasta que conoció a Andrés.
Él es todo lo que ella debería evitar. Frío, dominante y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, Andrés no cree en el amor, solo en el poder. Pero hay algo en Araiya que no encaja en sus reglas, algo que lo desafía… y lo atrae de una forma que no puede detener.
Lo que comienza como una conexión prohibida pronto se convierte en un vínculo intenso, adictivo y peligroso. Entre decisiones impulsivas, secretos y un pasado que nunca deja de perseguirlos, ambos cruzan límites que cambiarán sus vidas para siempre.
Hasta que una traición lo destruye todo.
Cuando creen que ya no queda nada por salvar, aparece lo inesperado: una nueva vida que los une de una manera imposible de ignorar.
Ahora, entre el dolor, el orgullo y las segundas oportunidades, tendrán que decidir si el amor que los rompió… también puede ser el que los salve.

NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Lo que ella dejó atrás…

nunca estuvo muerto.

Solo estaba esperando.

El camino hacia la empresa…

se sintió más largo de lo normal.

No por la distancia.

Sino por el peso.

Por lo que significaba regresar.

Araiya iba a mi lado.

En silencio.

Pero no era el mismo silencio de antes.

Este…

estaba lleno de recuerdos.

De los que no se dicen.

De los que se sienten en el pecho.

—Hace cuánto no vienes aquí… —pregunté sin mirarla.

Tardó en responder.

Como si tuviera que atravesar algo antes de poder hablar.

—Desde que todo pasó.

Su voz fue baja.

—Desde que se llevaron a mi papá.

El aire dentro del auto cambió.

Más denso.

Más real.

—Nunca volviste.

Negó ligeramente.

—No podía.

Una pausa.

Miró por la ventana.

Pero no estaba viendo la ciudad.

Estaba viendo el pasado.

—Ese lugar…

Tragó saliva.

—era de mi mamá.

Y eso…

no necesitaba explicación.

El edificio apareció frente a nosotros.

Alto.

Imponente.

Elegante.

Demasiado perfecto…

para estar vacío.

No parecía abandonado.

Pero tampoco vivo.

Era como un cuerpo sin alma.

—Sigue siendo tuyo —dije.

Araiya negó.

—Legalmente… sí.

Una pausa.

—Pero ya no se siente así.

Eso…

fue más honesto que cualquier documento.

Nos bajamos.

El aire afuera era distinto.

Pesado.

Quieto.

Demasiado silencioso.

—No me gusta esto —murmuré.

—A mí tampoco.

Las puertas principales se abrieron.

Sin resistencia.

Sin seguridad.

Sin nadie que preguntara nada.

Eso no era normal.

Eso era una señal.

—¿No debería haber gente aquí? —pregunté.

Araiya frunció el ceño.

—Sí.

Silencio.

—Demasiada gente.

El eco de nuestros pasos…

retumbó en el lobby.

Vacío.

Demasiado limpio.

Demasiado ordenado.

Como si alguien lo mantuviera así…

pero no quisiera ser visto.

—Esto no está bien…

Mi voz salió más baja.

Instintiva.

Araiya asintió.

—Nunca estaba tan vacío.

Miré alrededor.

Cámaras.

Apagadas.

—Ni vigilancia.

—Ni empleados.

El silencio se volvió incómodo.

—Esto parece preparado.

Araiya giró hacia mí.

—¿Preparado para qué?

La miré directo.

—Para nosotros.

No le gustó la respuesta.

Se notó.

—La computadora está en la oficina principal.

—¿Piso?

—Último.

Asentí.

—Vamos.

Pero mi cuerpo ya estaba en alerta.

Demasiado perfecto.

Demasiado limpio.

Demasiado fácil.

Y eso…

nunca es buena señal.

Tomamos el elevador.

El sonido del mecanismo…

parecía más fuerte de lo normal.

Como si el silencio lo amplificara todo.

—Cuando éramos niños…

Araiya habló de repente.

—Mi mamá decía que este lugar era su orgullo.

La miré.

Había algo en su voz.

Algo que no era solo recuerdo.

Era pérdida.

—Lo levantó desde cero.

—Se nota.

—No confiaba en nadie.

Eso…

importaba.

Mucho.

—Ni siquiera en sus socios.

Silencio.

—Por eso escondía todo.

Las puertas del elevador se abrieron.

Y el ambiente cambió.

Más frío.

Más cerrado.

Como si el aire no se moviera.

Como si ese piso…

hubiera quedado atrapado en el tiempo.

Pero había algo más.

Una sensación.

Invisible.

Pero clara.

No estábamos solos.

—La oficina es al fondo.

Caminamos.

Lento.

Atentos.

Cada paso…

pesaba más que el anterior.

Hasta que llegamos.

La puerta.

Cerrada.

Esperando.

—Aquí es.

Araiya puso la mano en la manija.

Dudó.

Solo un segundo.

Pero ese segundo…

lo dijo todo.

—¿Lista?

Asintió.

Y abrió.

La oficina…

seguía intacta.

Como si nadie hubiera tocado nada.

Escritorio.

Archivos.

Decoración.

Todo en su lugar.

Como si el tiempo…

hubiera decidido no avanzar ahí.

Araiya dio un paso dentro.

Más lento.

Más emocional.

—Huele igual…

Susurró.

Cerró los ojos un segundo.

Y por un instante…

no estaba aquí.

Estaba con su madre.

No dije nada.

Porque ese momento…

no era mío.

Pero tampoco duraría mucho.

—Dijo que no estaba registrada…

Miré alrededor.

—Entonces no será visible.

Araiya empezó a buscar.

Cajones.

Estantes.

Yo revisé paredes.

Muebles.

Detalles.

Nada al azar.

—Mi mamá escondía cosas…

—Entonces piensa como ella.

Silencio.

—No confiaba en nadie.

Una pausa.

—Pero sí en sí misma.

Eso…

hizo clic.

Araiya se quedó inmóvil un segundo.

Como si algo acabara de encajar dentro de su mente.

No una idea…

un recuerdo.

—Siempre decía que su mente era su mejor clave…

Su voz fue baja.

Lejana.

Pero firme.

Se acercó al escritorio.

Pasó la mano por la superficie.

Nada.

Demasiado limpio.

Demasiado normal.

Pero eso…

era justo lo que lo hacía sospechoso.

—No está arriba —murmuré.

—No…

Se agachó.

Lenta.

Como si ya supiera dónde mirar.

Y entonces lo vio.

Un pequeño panel.

Casi invisible.

Perfectamente integrado.

—Aquí.

Lo presionó.

Un sonido seco.

Un clic.

Y algo se desbloqueó.

Un compartimento oculto se abrió frente a nosotros.

Y dentro…

estaba.

La laptop.

Negra.

Sin marca.

Sin identidad.

Como si nunca hubiera existido.

El silencio cayó.

Pero esta vez…

no fue pesado.

Fue expectante.

—La encontró…

Araiya la sacó con cuidado.

Como si no fuera solo un objeto…

sino una pieza de algo mucho más grande.

La colocó sobre el escritorio.

—Ahora solo falta…

—La clave.

Nos miramos.

Porque sabíamos…

que ese momento lo cambiaba todo.

Encendió la computadora.

Pantalla negra.

Un segundo.

Dos.

Luego…

la solicitud de contraseña.

El tipo de pantalla que no da segundas oportunidades.

Araiya se quedó quieta.

Pensando.

Respirando lento.

—“Nunca olvides quién eres”…

Susurró.

Y en sus ojos…

se vio el recuerdo.

No el de ahora.

El de antes.

Cuando todo era distinto.

Cuando su madre aún estaba ahí.

Sus dedos se movieron.

Tecleó.

Una vez.

Otra.

Y entonces…

esperamos.

Un segundo.

Dos.

La pantalla cambió.

Acceso concedido.

El aire en la habitación…

se volvió más pesado.

Porque lo que acababan de abrir…

no era una computadora.

Era la verdad.

El sonido del sistema iniciando…

se convirtió en lo único que existía.

Ni el edificio.

Ni el mundo afuera.

Solo esa pantalla.

Araiya no se movía.

Sus ojos recorrían cada archivo.

Carpetas organizadas.

Fechas.

Códigos.

Nombres.

Demasiado orden.

Demasiado perfecto.

—Tu mamá sabía exactamente lo que hacía… —murmuré.

Araiya no respondió de inmediato.

Pero su expresión cambió.

—Siempre lo supo.

Su voz fue baja.

—Solo que nunca imaginé… cuánto.

Abrió la primera carpeta.

“Socios”.

Dentro…

una lista extensa.

Nombres.

Empresas.

Participaciones.

Todo detallado.

Todo documentado.

—Son todos los inversionistas principales…

Asentí.

—Pero eso no es lo importante.

Algo más llamó mi atención.

Otra carpeta.

Más discreta.

Más… intencional.

“Confianza”.

El nombre no era casualidad.

Araiya la abrió.

Silencio.

—Ellos…

Su voz bajó apenas.

—Son los que mi mamá realmente confiaba.

Me acerqué.

—Los leales.

Asintió.

—Los únicos que nunca la traicionaron.

Eso…

era información valiosa.

Pero también peligrosa.

Porque si alguien buscaba esto…

no era por casualidad.

—Hay otra carpeta…

Araiya la vio.

Pero no la abrió de inmediato.

Se quedó observándola.

Como si ya supiera…

que no le iba a gustar lo que encontraría ahí.

“Lista Negra”.

El aire se volvió más denso.

Más frío.

—No me gusta eso… —dije.

—A mí tampoco.

Pero aun así…

la abrió.

Y el silencio…

cambió.

No fue solo pesado.

Fue cortante.

Como si el aire se hubiera detenido.

Los nombres aparecieron.

Uno por uno.

Marcados.

Resaltados.

Anotados.

Advertencias.

Movimientos sospechosos.

Traiciones documentadas.

Nada ahí era casual.

—Esto…

Araiya retrocedió un poco.

—Esto es mucho más grande de lo que pensé.

Me acerqué más.

Leyendo rápido.

Analizando.

—Tu mamá no solo desconfiaba…

Una pausa.

—sabía exactamente quién era peligroso.

Eso no era intuición.

Era evidencia.

—Espera…

Araiya se inclinó.

Señaló un nombre.

—Este…

Frunció el ceño.

—No puede ser.

—¿Lo conoces?

—Sí.

Su voz cambió.

Más tensa.

Más real.

—Es socio de mi papá también.

El silencio cayó.

—¿Qué?

—Trabajaba con los dos.

Eso no era coincidencia.

Eso era acceso.

—Revisa la posición.

Araiya tragó saliva.

Subió la lista.

Más arriba.

Más arriba.

Hasta que se detuvo.

El primero.

Marcado.

Resaltado.

Sobreanalizado.

El más peligroso.

El más vigilado.

—No…

Su voz se quebró apenas.

—No puede ser él.

Pero lo era.

Y ambos lo sabíamos.

—Aquí dice todo…

Me acerqué más.

Notas detalladas.

Manipulación de socios.

Control indirecto.

Amenazas encubiertas.

—Mueve todo desde las sombras…

Araiya leyó en voz baja.

—Usa a los demás…

Otra pausa.

—porque le tienen miedo.

El aire se volvió frío.

—Entonces no es solo un enemigo…

La miré.

—Es el que está detrás de todo.

Ella asintió lentamente.

—Siempre lo fue.

—El ataque…

—Fue él.

—El secuestro…

—También.

—Y lo de tu papá…

Araiya cerró los ojos.

—Todo.

El silencio cayó.

Pero ahora…

ya no era duda.

Era certeza.

Y la certeza…

siempre pesa más.

Porque no deja espacio para negar.

Solo para actuar.

El silencio no duró.

Se rompió.

No por una palabra.

Por una sensación.

—¿Lo sientes? —murmuré.

Araiya levantó la mirada.

—Sí…

El aire cambió.

Más denso.

Más pesado.

Como si alguien hubiera entrado…

sin hacer ruido.

Miré alrededor.

Puerta.

Ventanas.

Pasillo.

Todo parecía igual.

Pero no lo estaba.

Un sonido.

Leve.

Casi imperceptible.

Pero suficiente.

—No estamos solos.

El silencio explotó.

—Cierra la computadora.

Araiya reaccionó de inmediato.

—¿Y la información?

—La sacamos después.

—No.

Su voz fue firme.

Decidida.

—Esto es lo que están buscando.

Tenía razón.

Y eso lo complicaba todo.

—Entonces nos vamos con ella.

Tomó la laptop.

La sujetó como si fuera más valiosa que su propia vida.

Y en ese momento…

lo era.

Me moví hacia la puerta.

Cada paso medido.

Cada músculo listo.

Pero antes de alcanzarla…

golpe.

Seco.

Fuerte.

Desde afuera.

Otro.

Más cerca.

Más violento.

El aire se volvió caos.

—Andrés…

—Detrás de mí.

Mi voz cambió.

Más fría.

Más peligrosa.

Mis ojos se clavaron en la puerta.

—No importa quién sea…

Apreté los puños.

—No van a entrar fácil.

Pero en el fondo…

sabía la verdad.

Esto no iba a ser como antes.

Porque esta vez…

no venían a observar.

No venían a probar suerte.

Venían a terminarlo.

El tercer golpe hizo vibrar la madera.

El cuarto…

rompió la cerradura.

La puerta se abrió de golpe.

Y el mundo…

se desordenó.

Tres hombres entraron.

Rápidos.

Coordinados.

Sin dudar.

Profesionales.

—¡Atrás!

Me lancé contra el primero.

Golpe directo.

Lo hice retroceder.

Pero no cayó.

El segundo ya venía.

Intentó sujetarme.

Lo esquivé.

Contraataqué.

Golpe al costado.

Codo al rostro.

El aire se llenó de movimiento.

De respiraciones cortadas.

De violencia controlada.

—¡Andrés!

Su voz.

Eso fue suficiente.

Giré.

Uno de ellos ya estaba con Araiya.

Intentando quitarle la laptop.

—¡Suéltala!

Corrí.

Golpeé al sujeto.

Pero no fue suficiente.

Era más fuerte de lo que parecía.

Más preparado.

—¡No!

Araiya no soltó la computadora.

Forcejeó.

Golpeó.

Se defendió.

Pero él tenía ventaja.

La jaló con fuerza.

—¡Déjala!

Lo empujé.

Pero otro me interceptó.

Golpe en el costado.

El aire se me fue.

Dolor.

Pero no me detuve.

No podía.

—¡Son más!

Se escucharon pasos afuera.

Muchos.

Demasiados.

Eso no era un ataque.

Era una emboscada.

—Nos tenemos que ir.

Miré a Araiya.

—Ahora.

—No sin esto.

Apretó la laptop contra su pecho.

Y en sus ojos…

no había miedo.

Había decisión.

Eso no iba a cambiar.

—Entonces muévete.

Agarré una silla.

La lancé contra la ventana lateral.

El cristal explotó.

El sonido cortó todo.

—¡Por ahí!

Araiya dudó un segundo.

Solo uno.

Luego confió.

La tomé del brazo.

Corrimos.

Detrás de nosotros…

gritos.

—¡No los dejen salir!

Saltamos por la abertura.

El golpe contra el suelo fue duro.

Pero no nos detuvimos.

No había tiempo para eso.

—¡Corre!

El aire afuera no era alivio.

Era persecución.

Corrimos por los laterales del edificio.

Sombras.

Pasillos.

Salidas improvisadas.

—Por aquí.

Giro rápido.

Otro corredor.

—¡Allá!

Las voces detrás…

cada vez más cerca.

Araiya tropezó.

—¡Ah!

La sostuve antes de que cayera.

—Estoy bien—

—No hay tiempo.

La levanté.

Seguimos.

Pero ya estaban encima.

Demasiado cerca.

Uno apareció frente a nosotros.

Bloqueando el paso.

—Hasta aquí.

Error.

No dudé.

Me lancé.

Golpe.

Otro.

Caímos al suelo.

Forcejeo.

Intentó sacar algo.

Lo detuve.

Golpeé.

Otra vez.

Hasta que dejó de moverse.

—¡Vamos!

Araiya corría detrás de mí.

Salimos al estacionamiento.

Mi auto.

Donde lo dejé.

Justo a tiempo.

—Sube.

No dudó.

Arranqué.

Y salimos.

Rápido.

Sin mirar atrás.

El silencio dentro del auto…

era distinto.

Más pesado.

Más real.

Araiya seguía sosteniendo la laptop.

Como si soltarla…

significara perderlo todo.

—Lo logramos…

Su voz fue baja.

—Por poco.

Mi respiración seguía irregular.

—Eso no fue casualidad.

—Nos estaban esperando.

Asentí.

—Era una trampa.

El silencio cayó.

—Y casi funciona.

Araiya miró la computadora.

—Esto es lo que querían.

—Y ahora…

La miré.

—sabemos por qué.

El aire se volvió más pesado.

Más serio.

—Esto ya no es solo defensa.

—No.

—Es guerra.

La palabra quedó suspendida.

Pesada.

Real.

Porque ahora…

ya no había dudas.

No había regreso.

No había forma de detenerse.

Ellos ya habían cruzado la línea.

Y esta vez…

no se iban a esconder.

Y nosotros…

tampoco.

Pero lo peor…

no era eso.

Lo peor…

era que ahora sabían quién era el enemigo.

Y conocerlo…

solo hacía todo más peligroso.

Porque enfrentar a un desconocido da miedo…

pero enfrentar a alguien que siempre estuvo cerca…

eso…

destruye todo.

Y esta vez…

no solo estaba en juego la verdad.

Estaba en juego la confianza.

Y cuando la confianza se rompe…

nada vuelve a ser igual.

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