⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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Destruirlos o unirlos para siempre
Habían pasado tres días desde la llegada de Joel, y la residencia de la frontera se había transformado en una olla a presión a punto de estallar. El aire en la oficina compartida ya no solo estaba cargado de tensión profesional; ahora olía a peligro inminente.
Zen Grimhand estaba sentado frente a su computadora, pero sus manos ya no volaban sobre el teclado. Sus dedos temblaban de forma casi imperceptible y una fina capa de sudor frío cubría su frente. Su aroma a enebro, que normalmente era gélido y controlado, estaba empezando a cambiar. Se estaba volviendo pesado, dulce y denso, como una fruta que empieza a pudrirse por el calor.
Hendrik, sentado a solo un metro de distancia, lo notó de inmediato. Su instinto Alfa se puso en alerta roja. Conocía ese cambio. No era solo deseo; era el Rut.
El Rut es el periodo de celo de un Alfa, un estado de agresividad, necesidad de posesión y fiebre que nubla cualquier rastro de lógica. Pero lo que lo hacía verdaderamente peligroso en esa habitación era la proximidad. Un Alfa en Rut emite feromonas tan potentes que pueden arrastrar a otro Alfa cercano a su propio celo por simpatía biológica. Si Zen caía, Hendrik caería tras él, y dos Alfas en Rut encerrados en una oficina terminarían destrozando el lugar o reclamándose de una forma que ni los supresores más fuertes podrían ocultar.
—Zen —susurró Hendrik, su propia voz sonando más ronca, más animal—. Mírame.
Zen levantó la vista. Sus ojos, normalmente claros y analíticos, estaban inyectados en sangre y sus pupilas estaban tan dilatadas que casi no se veía el iris. Estaba perdiendo el control. Respiraba con dificultad, y cada vez que exhalaba, el aire de la oficina se volvía más narcótico.
Joel, desde su silla junto a la puerta, se puso de pie. No podía olerlo, pero sus años de experiencia le decían que algo estaba terriblemente mal. Los Alfas estaban demasiado quietos, demasiado tensos.
—Señores —dijo Joel, acercándose un paso—, el nivel de calor en la habitación está subiendo según los sensores. ¿Se sienten bien?
—Sal de aquí, Joel —gruñó Hendrik, sintiendo cómo su propio corazón empezaba a galopar. El olor de Zen lo estaba golpeando como un mazo, despertando a la bestia en su interior—. ¡Ahora!
Zen soltó un quejido bajo, apretando los bordes del escritorio con tanta fuerza que la madera crujió. El sistema de supresores de la casa estaba trabajando al máximo, las rejillas del techo zumbaban con desesperación, pero era inútil. La biología de un Alfa dominante es más fuerte que cualquier máquina.
Hendrik se dio cuenta de que no tenían salida. Si Joel informaba al padre de que Zen estaba entrando en Rut, los separarían de inmediato. Zen sería encerrado en una celda médica y Hendrik sería enviado a otro continente. El contrato se anularía y sus vidas volverían a ser el mismo desierto de antes.
En un acto de desesperación absoluta, Hendrik se puso de pie. Sus propias piernas se sentían pesadas, su visión empezaba a nublarse por el inicio de su propio celo, pero se obligó a caminar hacia Joel.
—Tenemos que hablar. Afuera. Ahora mismo —ordenó Hendrik.
Joel lo observó con esa mirada de acero.
—Mi deber es no dejarlos solos, señor De Vries.
—¡Es una emergencia médica! —rugió Hendrik, sujetando a Joel por el brazo y arrastrándolo hacia el pasillo, cerrando la puerta de la oficina tras de sí, dejando a Zen solo en la penumbra, luchando contra sus instintos.
Una vez en el pasillo, Hendrik acorraló al Beta contra la pared. El aroma de Hendrik ya era sofocante, una mezcla de humo y madera quemada que hacía que incluso Joel, un hombre endurecido, sintiera una presión en el pecho.
—Escúchame bien, Joel —dijo Hendrik, su voz vibrando con una urgencia aterradora—. Zen está entrando en Rut. Y yo voy detrás de él. Si esto sigue así, vamos a destruir la casa y nos van a descubrir. Sé que eres leal a los Grimhand, pero te ofrezco lo que quieras. Dinero, propiedades, una vida de lujo en el extranjero... solo ayúdanos. Déjanos solos. Apaga las cámaras del ala oeste por las próximas cuarenta y ocho horas.
Joel se quedó inmóvil. Su rostro, que siempre parecía una máscara de piedra, mostró por primera vez una grieta de emoción. Miró la puerta de la oficina donde Zen estaba sufriendo y luego miró a Hendrik, que estaba dispuesto a comprar su libertad con tal de proteger al hombre que se suponía era su enemigo.
—¿Cree que su dinero puede comprar mi silencio, señor De Vries? —preguntó Joel con una voz que ya no era monótona, sino cargada de una tristeza antigua.
—Es lo único que puedo ofrecerte para que nos des una oportunidad —respondió Hendrik, desesperado—. Por favor. No dejes que lo encierren.
Joel soltó un suspiro largo y pesado. Apartó la mano de Hendrik de su brazo y se ajustó la chaqueta.
—No quiero su dinero, muchacho. He visto suficiente dinero en mi vida como para saber que no sirve de nada cuando la sangre empieza a correr.
Hendrik se quedó confundido. ¿Iba a entregarlos? ¿Iba a llamar a Arthur Grimhand ahora mismo?
—Hace veinte años —comenzó Joel, mirando hacia el ventanal que daba al bosque—, tuve un sobrino. Se llamaba Lucas. Era un Alfa brillante, fuerte, el orgullo de nuestra familia. Pero Lucas cometió el "error" de enamorarse de otro Alfa. Se ocultaron, lucharon contra sus propios instintos para que nadie sospechara, pero la sociedad no perdona a los que rompen las reglas biológicas.
Hendrik contuvo el aliento. Joel nunca hablaba de sí mismo.
—Los descubrieron en pleno Rut —continuó Joel, y su voz tembló ligeramente—. Los trataron como animales. Los prejuicios de sus familias y de la junta directiva de su empresa fueron más fuertes que el amor. Al compañero de Lucas lo enviaron lejos, y a mi sobrino... a Lucas lo asesinaron en un "accidente" de transporte que todos sabíamos que fue planeado para limpiar el apellido.
Hendrik sintió un nudo en la garganta. La historia de Joel era el espejo de lo que podría pasarles a ellos.
—He pasado toda mi vida sirviendo a hombres que creen que pueden controlar la naturaleza con contratos y dinero —dijo Joel, volviendo a mirar a Hendrik con una determinación feroz—. No voy a permitir que la historia se repita. No bajo mi guardia.
—Joel... ¿nos vas a ayudar? —preguntó Hendrik, incrédulo.
—Tienen cuarenta y ocho horas —sentenció el Beta—. Voy a desactivar los sensores de feromonas del ala oeste y pondré las cámaras en un bucle de grabación de ayer. Diré que el sistema de aire necesita mantenimiento y que deben permanecer aislados en la suite por riesgo de contagio de un virus fuerte. Pero escúchame bien, De Vries... si le haces daño a Zen, o si permiten que un solo ruido salga de esa habitación que yo no pueda justificar, los entregaré yo mismo.
—No le haré daño —prometió Hendrik con el corazón latiendo a mil—. Lo voy a cuidar.
—Vaya por él —ordenó Joel—. Lléveselo a la suite antes de que no pueda caminar. Yo me encargo de los informes de seguridad.
Hendrik no esperó más. Entró de nuevo en la oficina. Zen estaba de rodillas en el suelo, con la cabeza apoyada en su escritorio, soltando gemidos ahogados. El aroma de enebro era ahora un incendio forestal.
Hendrik se acercó y lo levantó en brazos. Zen se aferró a él como un náufrago, hundiendo la nariz en el cuello de Hendrik, buscando su olor con una desesperación animal.
—Tranquilo, Zen... te tengo —susurró Hendrik, cargándolo hacia la salida.
Al pasar por el lado de Joel en el pasillo, el Beta ni siquiera los miró. Simplemente se quedó de pie, vigilando el corredor vacío, actuando como el escudo que Lucas nunca tuvo.
Hendrik subió las escaleras a zancadas, pateando la puerta de la suite principal y cerrándola con llave tras de sí. En cuanto entraron en la habitación, el aire se volvió irrespirable. La fiebre de ambos estalló. Ya no había cámaras, ya no había protocolos, ya no había leyes familiares.
Solo quedaban dos Alfas en Rut, atrapados en una jaula de cristal, listos para entregarse a una tormenta que prometía destruirlos o unirlos para siempre.
—Hendrik... —jadeó Zen, sus manos buscando desesperadamente desabotonar la camisa del otro—. Hendrik, por favor...
—Estoy aquí, Zen. No vamos a parar hasta que el Rut se acabe —respondió Hendrik, lanzándolo sobre la cama y cayendo sobre él con toda la fuerza de su propia fiebre.
Afuera, Joel se sentó en una silla frente a la puerta del pasillo principal. Sacó un libro y empezó a leer, ignorando el primer rugido de deseo que escapó de la habitación. Por primera vez en décadas, Joel no era un guardia; era un cómplice.
Vayan a leer esta belleza, mis amores. ⬇️
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