Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 3: Cruzando los Límites
El amanecer en la superficie era una explosión de colores que Selene solo había imaginado en sus sueños más febriles. El agua aquí arriba era cálida, casi dulce, y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas era un ritmo violento y emocionante comparado con la calma monótona del abismo.
Selene sabía que estaba rompiendo la ley más sagrada de Mirthalia. Estaba a menos de diez metros de la superficie, escondida tras una formación rocosa cubierta de percebes. Su corazón latía con fuerza. El miedo a ser descubierta por la Guardia de Coral competía con el deseo irrefrenable de ver al ser que había respondido, aunque fuera en silencio, a su canto de la noche anterior.
Asomó la cabeza con extrema cautela. El aire golpeó su rostro por primera vez; era ligero, frío y llenaba sus pulmones con una sensación de ardor que la hizo toser. Se sumergió de nuevo, asustada, pero la curiosidad fue más fuerte. Volvió a emerger, esta vez con más calma.
Allí estaba él.
A unos metros, sentado sobre una roca plana que se adentraba en el mar, Marinus observaba el horizonte. Tenía el cabello alborotado por la brisa y sus ojos, del color del mar en tormenta, buscaban algo entre las olas.
Selene se quedó petrificada. Los humanos en las historias de las ancianas eran monstruos gigantes con manos de hierro y almas de fuego. Pero el joven frente a ella se veía... frágil. Había una tristeza en sus hombros que Selene reconoció de inmediato. Era la misma soledad que ella sentía en las profundidades.
De repente, una gaviota sobrevoló a Selene, emitiendo un graznido de alarma. Marinus giró la cabeza hacia la formación rocosa. Selene intentó sumergirse, pero su aleta golpeó una piedra, produciendo un chapoteo sonoro.
—¿Hola? —la voz de Marinus era profunda, áspera por la falta de uso—. ¿Hay alguien ahí?
Selene se pegó a la roca, conteniendo la respiración. Podía oír los pasos del humano sobre las piedras, acercándose. Su instinto le gritaba que huyera, que regresara a la seguridad del azul profundo, pero sus músculos no respondían.
Marinus llegó al borde de la roca y se asomó. Sus ojos se encontraron con los de Selene.
El tiempo pareció detenerse. Él no gritó. No corrió por un arma. Simplemente se quedó allí, con la boca entreabierta, observando a la criatura de piel iridiscente y ojos dorados que lo miraba desde el agua.
—Tú... eres la música —susurró él, arrodillándose en el borde de la piedra.
Selene, impulsada por una fuerza que no comprendía, no se hundió. En cambio, dejó que el agua la sostuviera, mostrando parte de sus hombros y su largo cabello que flotaba como seda oscura alrededor de ella.
—No deberías estar aquí —dijo ella. Su voz, aunque clara, sonó extraña en el aire, cargada de un eco melódico.
Marinus retrocedió un centímetro, sorprendido de que ella hablara.
—Lo sé. Dicen que estas aguas están malditas. Que nadie que entre regresa igual. Pero escuché tu voz. Llevo toda la noche buscándola.
—Es una voz de muerte para los de tu clase —advirtió Selene, aunque sus ojos no mostraban hostilidad, sino una curiosidad vibrante—. Mi pueblo te mataría si supieran que me has visto. Y mi padre... mi padre me encerraría en las fosas por el resto de mi eternidad.
Marinus extendió una mano, pero se detuvo antes de tocar el agua.
—Entonces ambos estamos en peligro. Yo tampoco encajo allí —señaló hacia la aldea que se veía a lo lejos—. Me llaman el "hijo del mar" como un insulto, porque prefiero las olas a la tierra.
Selene sintió una extraña calidez en el pecho.
—¿Cómo te llamas, humano?
—Marinus. ¿Y tú? ¿Tienen nombre las estrellas del mar?
—Selene —respondió ella, permitiéndose una pequeña sonrisa que iluminó su rostro—. Pero debes irte, Marinus. Las corrientes están cambiando y la Guardia patrulla al amanecer. Si te encuentran...
—Vendré mañana —la interrumpió él con urgencia—. A la misma hora. Por favor. Hay tanto que quiero preguntarte. Tanta belleza que no sabía que existía.
Selene dudó. Sabía que cada segundo en la superficie era una traición a su raza. Pero al mirar a Marinus, no vio a un enemigo. Vio un puente. Vio la posibilidad de entender por qué su madre había amado tanto este mundo como para sacrificarse por él.
—Mañana —consintió ella antes de sumergirse con un movimiento rápido y elegante.
Mientras nadaba de regreso hacia las profundidades, Selene sintió el peso del agua de manera diferente. El tira y afloja entre sus dos mundos acababa de comenzar, y sabía que, tarde o temprano, la cuerda se rompería, arrastrándolos a ambos a una guerra que ninguno de los dos deseaba, pero para la que ella empezaba a sentirse extrañamente preparada.