¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Maratón: 7/7
El gran comedor de la mansión parecía una puesta en escena de una obra de teatro trágica. El Príncipe Jarek, empecinado en "demostrar sus modales reales" y marcar territorio, había ordenado desplegar la vajilla de oro de la corona y vestir la mesa con manteles de lino imperial. Sentado en la cabecera, Jarek se enderezaba el cuello de su nueva chaqueta, mirándonos a Gideon y a mí con una sonrisa cargada de veneno diplomático.
La cena se convirtió en un campo de batalla desde el primer minuto.
—Es fascinante cómo cambian las costumbres en las provincias —comenzó Jarek, cortando su porción de faisán con una delicadeza exagerada mientras miraba a Gideon de reojo—. En la capital, un hombre de la alta nobleza aprende el arte de la conversación y la etiqueta antes de aprender a sostener una espada. Supongo que en los fríos páramos del norte, la falta de... refinamiento hace que los hombres se vuelvan más rústicos. Casi primitivos. ¿No le parece, Duquesa?
Gideon apretó el mango de su cuchillo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su mandíbula se tensó, pero antes de que el Duque de la Noche pudiera soltar una respuesta que iniciara una guerra civil, yo intervine con mi fiel estilo sin ningún tipo de filtro.
—¿Rústico? Pará un poco, ricitos —le solté, masticando una papa rústica con total desparpajo—. A mí me encanta lo rústico. El refinamiento de la capital me da una flojera terrible. Prefiero mil veces a mi duque, que es un hombre de verdad, rudo y con un lomo que es un monumento nacional, antes que a un fideo fino que se quiebra si el viento sopla muy fuerte.
Gideon soltó una tos seca, ahogándose a medias con el vino. El color rojo le subió a las mejillas a la velocidad de la luz, pero yo no había terminado el show de la falsa alianza.
Para rematar la jugada y desquiciar por completo al príncipe, pinché un trozo generoso de carne asada con mi tenedor, me incliné sobre la mesa hacia Gideon y le acerqué la comida a los labios con una sonrisa empalagosa.
—Dale, mi amor, abrí la boca que tenés que comer bien para mantener esos músculos —le dije en voz alta, ignorando el protocolo—. Vamos, haceme el avioncito. Aaaam.
Jarek casi se atraganta con su propia saliva, abriendo los ojos con una furia y unos celos que le hacían temblar las pestañas. Gideon, atrapado entre su dignidad militar y el compromiso de la estrategia psicológica, tragó saliva, cerró los ojos con resignación y aceptó el trozo de carne directamente de mi tenedor. Su rostro estaba tan encendido que parecía que iba a liberar vapor por las orejas.
—¡Esto es inadmisible! —exclamó Jarek, golpeando la mesa—. ¡Están cenando frente al heredero al trono como si estuvieran en una taberna de mala muerte!
—Ay, Jarek, bajale al volumen que me altera el sistema nervioso —le respondí, pinchando otro trozo de carne con el tenedor—. Tomá, duque, otra dosis de proteína para ese físico espectacular.
Intenté pasarle el nuevo pedazo de carne a Gideon. El problema fue que la comida pesada, el calor de las velas y el aburrimiento de escuchar los discursos de Jarek me pasaron factura en el peor momento. Justo cuando estiré el brazo con mi habitual mala puntería, un bostezo inoportuno e inevitable me partió la boca.
—¡Aaaahwfn! —bostecé, cerrando los ojos por un milisegundo.
Como ya era costumbre en estas vacaciones, mi magia pasiva reaccionó instantáneamente a mi relajación muscular. Un hilito de energía morada brotó de mis dedos, subió por el mango del cubierto y actuó como una catapulta mágica de alta precisión.
El trozo de carne salió disparado por el aire en línea recta, cruzó toda la mesa a la velocidad de una flecha y... ¡Plack!
Le pegó a Jarek con una fuerza descomunal justo en el medio de la frente, dejando una marca perfecta de salsa antes de resbalar y caer de golpe en su plato de sopa.
El comedor quedó en un silencio sepulcral. Jarek se quedó tieso, parpadeando con la frente chorreando grasa, completamente humillado en su propia cena de etiqueta. Gideon se tapó la boca con la mano, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se le escapara una carcajada.
Desde la esquina oscura del salón, donde simulaba hacer guardia, Félix no pudo contenerse. Se despegó de la pared, soltó una risa limpia y exclamó en voz alta con total orgullo:
—¡Uh, headshot! Jefa, venís con la puntería re facha hoy. Al ricitos le pusiste el bife antes de que termine el discurso.
Jarek pegó un grito de rabia contenido, tirando la servilleta al suelo mientras yo me refregaba los ojos, volviendo a sonreír. La cena de etiqueta había sido un fracaso para la corona, pero para mi entretenimiento, había sido un diez absoluto.
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Antes de que empiecen con que Félix es un reencarnado. Les aclaró que no lo es. Ya expliqué que son cosas que aprendé con Cassandra