Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 22
Llegó a la puerta de su penthouse.
La abrió.
Y él estaba frente a ella.
Sloan. Con su traje oscuro, su mirada fija, su presencia imponente. La esperaba como si supiera el minuto exacto en que ella iba a llegar.
Renata se quedó paralizada un segundo. El corazón le latía con fuerza. El hombro le dolía. El cansancio le pesaba en los huesos.
Él la recorrió con la mirada. La vio pálida, demacrada, con la ropa sucia del día del incidente. La blusa blanca aún tenía manchas oscuras de sangre seca. El pantalón negro estaba arrugado. Los zapatos, desgastados.
—Te ves fatal —le dijo.
Renata no respondió. Solo lo miró, con los puños apretados a los costados.
—¿Por qué te fuiste sin mi permiso? —preguntó él, con voz grave, sin rodeos.
—Tenía asuntos personales que atender —respondió ella, con frialdad.
Sloan arqueó una ceja. Dio un paso hacia ella.
—¿Qué asuntos? —preguntó, y su voz se volvió más peligrosa—. Si se puede saber... Cielo. O debería decir... ¿Renata?
El cuerpo de Renata se estremeció.
Sintió la adrenalina correr por su cuerpo como un electroshock. Las piernas se le activaron. Los brazos se le tensaron. Los ojos se le abrieron.
Él sabía su nombre.
Él sabía.
No esperó a pensar. No esperó a razonar. Su instinto de supervivencia se activó como un resorte.
Giró sobre sus talones, abrió la puerta que aún estaba entreabierta y salió corriendo al pasillo.
—¡ESPERA! —gritó Sloan, que salió detrás de ella sin dudar.
Sus pasos resonaron en el pasillo. Él era más grande, más fuerte, pero ella era más rápida. Más ágil. Más entrenada.
—¡Renata, no huyas! —decía él mientras corría detrás de ella—. ¡No voy a hacerte daño!
Ella no le creyó. No podía creerle.
Llegó al final del pasillo. El ascensor estaba demasiado lejos. La escalera de emergencia, a su derecha. Corrió hacia ella. Bajó los primeros escalones de dos en dos.
Pero él era rápido también.
La alcanzó en el cuarto escalón. Sus manos le rozaron el brazo. Ella reaccionó al instante.
Se giró, agarró el brazo de él con ambas manos, giró su propio cuerpo y aplicó una llave de defensa personal. Con un movimiento seco, lo desequilibró.
Sloan cayó al suelo. No con violencia. Pero cayó.
Renata retrocedió dos pasos. Se puso en guardia. Las piernas flexionadas. Los puños arriba. La mirada fija.
Respiraba rápido. El hombro le ardía. Pero no iba a rendirse.
Sloan se incorporó lentamente. No con furia. Con calma. Se puso de pie, levantó las manos en señal de paz.
—No voy a golpearte —dijo, con voz tranquila.
Renata lo miró con desconfianza. Sus puños seguían arriba.
—Haces muy mal —respondió ella.
Y le metió un derechazo.
El puñetazo impactó en el pómulo de Sloan. Su cabeza giró ligeramente por el golpe. No fue un golpe fuerte —ella estaba débil, herida, agotada—, pero fue certero.
Sloan se llevó la mano al rostro. Se tocó el pómulo. Miró sus dedos. No había sangre.
Luego levantó la vista hacia ella.
Y sonrió.
No era una sonrisa de burla. No era una sonrisa de enojo.
Era una sonrisa de admiración.
—¿Ya terminaste? —preguntó, bajando las manos—. ¿O quieres seguir pegándole a tu jefe?
Renata apretó los puños. No sabía qué hacer. No sabía qué esperar.
—Dime por qué huiste —dijo Sloan, dando un paso hacia ella—. Dime la verdad. ¿Quién eres?
Ella no respondió. Solo lo miró, con el pecho subiendo y bajando, con la adrenalina quemándose lentamente.
Sloan dio otro paso. Estaba a un metro de ella.
—No te voy a hacer daño, Renata —repitió, usando su nombre real otra vez—. Solo quiero saber.
Ella tragó saliva.
Y el silencio se hizo dueño del pasillo.