Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 8
El cementerio de Santa Cecilia era un oasis de silencio gélido, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido bajo el peso del mármol y los cipreses. No era un lugar para los vivos, y Madelyn Moral se sentía, en ese momento, más cercana a los que descansaban bajo tierra que a los que caminaban en la superficie.
Eran las seis de la mañana. Una neblina espesa se arrastraba por el suelo, envolviendo las lápidas como un sudario. Madelyn caminaba por el sendero principal, vestida completamente de negro, con una corona de rosas blancas en la mano. A cincuenta metros de distancia, Elías y sus hombres observaban desde las sombras, respetando el único espacio que Alan, en un inusual destello de prudencia, le había permitido visitar sin una escolta que le respirara en el cuello.
Se detuvo ante un mausoleo de granito gris, sencillo pero imponente. En la placa de bronce, el nombre rezaba: Elena Moral.
Madelyn sintió que el aire se volvía más pesado. Se arrodilló sobre la tierra húmeda, ignorando que el barro manchaba sus pantalones caros. Sus dedos rozaron las letras grabadas, y por un instante, la máscara de la "Princesa Letal" se agrietó, revelando a la niña que, quince años atrás, había visto cómo el mundo ardía.
—Hola, mamá —susurró, y su voz se quebró por la humedad del ambiente—. Ya casi estoy ahí.
El recuerdo regresó con la fuerza de un impacto de bala. El olor a humo, el crujido de las vigas de madera de la casa de campo colapsando, los gritos que se apagaron antes de que ella pudiera llegar. Habían dicho que fue un accidente eléctrico, un cortocircuito. Pero Madelyn había visto los casquillos de bala en el jardín y la sombra de un hombre con un tatuaje específico en la muñeca huyendo hacia el bosque.
Su padre, Vincenzo, había enterrado la verdad junto con el cuerpo de Elena, prefiriendo la paz con los carteles enemigos antes que la justicia para su esposa.
Madelyn apretó los puños, hundiendo las uñas en las palmas de sus manos. La rabia, ese fuego antiguo que la mantenía en pie, volvió a encenderse en su pecho.
—Creen que me han vendido a Alan Valerius —continuó, mirando fijamente la placa—. Creen que soy el sacrificio para salvar el imperio de papá. No entienden nada.
Se levantó, limpiándose las rodillas con un gesto brusco. Sus ojos ya no estaban empañados por la tristeza, sino afilados por una resolución gélida.
La verdadera razón por la que Madelyn había aceptado el matrimonio no era la lealtad familiar, ni el miedo a los Ivanov. Era una fría y calculada estrategia militar. El Grupo Moral era fuerte, pero estaba fragmentado por la corrupción interna. Los Valerius, por el contrario, poseían la maquinaria de guerra más sofisticada del inframundo: inteligencia de señales, un ejército de mercenarios disciplinados y, lo más importante, el acceso a los registros financieros globales que podrían rastrear hasta el último centavo de los asesinos de su madre.
—Necesito su ejército, mamá —dijo Madelyn, con una sonrisa que no tenía nada de dulce—. Necesito el control que Alan ejerce sobre el mundo. Voy a usar su nombre como un escudo y sus recursos como una espada. Y cuando haya terminado, cuando cada uno de los que estuvieron en esa casa esa noche esté bajo tierra, Alan descubrirá que el precio de su "esposa trofeo" fue entregarme las llaves de su propio arsenal.
Se giró para mirar hacia donde Elías la observaba. Él era un recordatorio constante de la vigilancia de Alan, pero Madelyn ya no lo veía como una molestia. Lo veía como un recurso. Cada hombre que Alan ponía a su disposición era un soldado más que ella aprendería a comandar. Cada sensor que instalaba en la casa era una lección de tecnología que ella usaría a su favor.
La sed de venganza era su motor, su única verdad en un mundo de mentiras. Alan buscaba poseerla para completar su tablero de ajedrez, pero Madelyn estaba jugando un juego diferente: uno donde el tablero terminaba empapado en sangre y ella era la única que quedaba en pie.
Regresó al coche con paso firme, dejando las rosas blancas sobre el mármol frío. Eran un símbolo de la paz que ella misma se negaba a tener hasta que su deuda estuviera saldada.
Al llegar a la mansión, Alan la esperaba en el comedor, desayunando mientras revisaba su tableta. La luz de la mañana resaltaba la perfección de su traje azul marino. Levantó la vista cuando ella entró, notando la mancha de tierra en su ropa y la mirada distante en sus ojos.
—Has estado fuera mucho tiempo —dijo Alan, dejando el café sobre la mesa—. Elías informa que pasaste casi una hora en el mausoleo. El duelo prolongado es una ineficiencia emocional, Madelyn.
Ella se sentó frente a él, ignorando el plato de frutas que el servicio le puso delante. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo el espacio personal de Alan con una confianza que lo hizo tensar los hombros.
—No era duelo, Alan —respondió ella, y su voz tenía una vibración profunda que lo puso en alerta—. Era una consulta estratégica.
Alan arqueó una ceja, intrigado.
—¿Y qué te ha dicho el mármol?
—Me ha recordado por qué estoy aquí —Madelyn estiró la mano y, en un gesto inesperado, ajustó el cuello de la camisa de Alan. Sus dedos rozaron su piel, y él sintió un escalofrío que no pudo procesar con lógica—. Estoy aquí para ganar, igual que tú. Solo que mis objetivos son... un poco más permanentes que los tuyos.
Alan la observó en silencio. Por primera vez, sintió que había algo en Madelyn que se le escapaba, una profundidad de propósito que no figuraba en ningún perfil psicológico que hubiera mandado a redactar. No era solo rebeldía; era un hambre devoradora.
—¿Qué es lo que realmente quieres, Madelyn? —preguntó Alan, bajando la voz. El orden de la mesa pareció desvanecerse ante la intensidad de la pregunta.
—Lo mismo que tú —mintió ella con una perfección aterradora, mientras se levantaba para ir a cambiarse—. Ver caer a nuestros enemigos. Solo asegúrate de que tus hombres estén listos, Alan. Porque cuando yo dé la orden, no quiero que ninguno de tus sensores falle.
Ella salió del comedor, dejándolo con la duda sembrada en su mente de cristal. Alan miró su tableta, pero los gráficos ya no tenían sentido. El pasado de Madelyn, ese que él creía haber analizado, era un volcán activo que él acababa de invitar a su propia casa.
Madelyn subió las escaleras, sintiendo el peso de la carpeta roja en su mente. Alan creía que la estaba vigilando, pero era ella quien lo estaba estudiando a él. Necesitaba su ejército, su tecnología y su nombre. Y si para conseguirlo tenía que dormir en su cama y fingir que aceptaba sus términos, lo haría con el mismo desapego con el que se limpia la sangre de un arma.
El pasado quemaba, pero Madelyn Moral estaba aprendiendo a caminar entre las llamas sin quemarse. Y muy pronto, Alan Valerius descubriría que no había comprado una esposa, sino que había financiado su propia destrucción o, quizás, la alianza más letal que el mundo jamás había visto. El trono de cristal estaba a punto de recibir una mancha de sangre que ninguna limpieza matemática podría borrar.