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La Chica Gorda de la Mafia

La Chica Gorda de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:17
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Ella no debía cruzarse en su camino.

Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.

Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.

Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.

Desde esa noche, se convirtió en otra persona.

El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

1- ISABELLA

Siempre supe que la vida no era un cuento de hadas.

Lo aprendí demasiado pronto, de la forma en que uno aprende las cosas que marcan para siempre: sin aviso, sin pedir permiso, directo al pecho cuando todavía no tienes huesos suficientes para aguantar el golpe. Tenía once años cuando mi mamá cerró los ojos por última vez en un cuarto de hospital que olía a medicamento y desesperación, y yo me quedé ahí parada, demasiado pequeña para entender y demasiado grande para fingir que no estaba viendo. Leucemia. Una palabra enorme para que una niña pequeña la trague. La tragué. No tuve opción.

Mi papá lloró ese día como los hombres de la mafia no lloran: en silencio, con la mandíbula apretada y los ojos rojos que él juraba que no lo estaban. Matteo Moretti, soldado de la Cosa Nostra, el hombre que cargaba un arma en la cintura y no agachaba la cabeza ante casi nadie, se derrumbó por dentro en aquel pasillo blanco y nunca volvió a ser el mismo. Yo lo vi. Lo guardé. Y fingí que no había visto porque él necesitaba que yo fingiera.

Después de eso se fue. No de golpe, no con maleta hecha, pero se fue. La mafia llama y el soldado responde; no hay término medio, no hay negociación, no existe eso de "mi hija me necesita". Había misión, había orden, había el Don por encima de todo y de todos. Y yo fui creciendo en los espacios que él dejaba vacíos, aprendiendo a arreglármelas con lo que tenía, aprendiendo a dormir sin escuchar pasos en el pasillo, aprendiendo que la nostalgia es un dolor sordo con el que aprendes a convivir porque no hay forma de curarlo.

No le guardo rencor. Nunca se lo guardé. Amo a mi papá con una intensidad que a veces me asusta hasta a mí, de ese amor que aprieta el pecho y no cabe bien en el cuerpo. Es el único que tengo en el mundo. Y es exactamente por eso que cada vez que sale por esa puerta contengo la respiración sin querer, porque un soldado de la mafia puede no volver. No es paranoia, no es drama: es la realidad desnuda y cruda del mundo donde crecí. Cualquier misión puede ser la última. Cualquier noche puede ser la que no aparezca por la mañana.

Aprendí a vivir con ese miedo instalado en el pecho como una piedra que nunca se disuelve.

Pero aprendí a vivir. Eso nadie me lo quita.

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Me llamo Isabella Moretti, tengo veintiún años, mido un metro sesenta y peso noventa y ocho kilos distribuidos de una manera que mi abuela llamaba abundancia y el mundo insiste en llamar problema. Tengo el cabello castaño ondulado que cae sobre los hombros cuando lo llevo suelto, piel clara, y una sonrisa que aparece fácil porque decidí hace tiempo que no iba a dejar que la vida me robara eso. Sonreír. La ligereza. Las ganas de encontrarle la gracia a las cosas.

No fue una decisión sencilla. Me costó mucho.

Terminé la preparatoria a los dieciocho años y mientras las chicas de mi generación pensaban en fiestas y en chicos, yo ya sabía lo que quería. Gastronomía. Repostería. La cocina siempre fue mi lugar en el mundo, el único lugar donde entraba y el ruido de afuera se callaba de verdad. Tomé cursos, me especialicé, estudié con una seriedad que sorprendía a todos los que me miraban esperando encontrar a una chica sin rumbo. Encontraban a una mujer con enfoque. La sorpresa en sus caras siempre me dio una satisfacción pequeña y honesta.

Porque el mundo nunca esperó mucho de mí. Y yo siempre me aseguré de entregar más de lo que el mundo era capaz de imaginar.

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El bullying empezó antes de lo que debería ser posible.

Los niños no nacen sabiendo ser crueles; alguien les enseña. Y les enseñaron bien a las que se cruzaron en mi camino. Gordita. Ballena. Esas palabras que parecen pequeñas escritas así, pero que caen encima de una niña de diez, once, doce años con un peso que tarda años en quitarse. Lloré a escondidas más veces de las que fui capaz de contar. Llegaba a casa con la sonrisa pegada en el rostro para no preocupar a mi papá en las pocas veces que estaba, y deshacía la sonrisa solo después de que él volteaba la espalda.

Crecí. El bullying no creció conmigo; solo cambió de forma. Se volvió más sofisticado, más disfrazado, ese tipo que viene envuelto en comentarios de buena voluntad. Tienes una cara tan bonita, imagínate si bajaras de peso.* Qué lástima que no cuidas tu cuerpo.* Serías mucho más linda si... Aprendí a reconocer el veneno por el olor antes de que terminaran la frase.

Y aprendí a responder.

No de la manera que mi abuela habría aprobado, con educación y silencio y eso de ignorar para no darle importancia. Aprendí a responder con la lengua que Dios me dio, afilada y sin ceremonia, porque había llegado un punto en mi vida en que había decidido que ya no iba a tragar callada lo que no tenía por qué tragar. Soy educada. Soy elegante cuando la situación lo pide. Soy graciosa, tengo buen humor, me gusta la gente, me gusta la buena conversación, me gusta la mesa llena y la risa fuerte.

Pero no agacho la cabeza. Nunca más.

Hay gente que me llama difícil. Yo le llamo amor propio, y la diferencia entre las dos cosas dice mucho más de quien habla que de mí.

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Mi vida transcurría entre la mansión del Don y los cursos que tomaba fuera de aquel mundo de corbata y sangre. Crecí en los márgenes de la Cosa Nostra sin pertenecer a ella: hija de soldado no es hija de Don, no carga un apellido que abra puertas, no se sienta a la mesa donde se toman las decisiones. Eso siempre me pareció una enorme suerte. Veía a las mujeres de aquel mundo, veía el precio que pagaban por existir dentro de él, y agradecía en silencio por mi libertad.

Era libre. Me reía cuando quería. Decía lo que pensaba. Y escondía el Kindle debajo de la almohada con la dedicación de quien guarda un secreto de Estado, porque las novelas que leía en ese aparato eran, digamos, considerablemente más calientes de lo que cualquier hija de soldado debería estar leyendo.

Soñaba con el amor. Del tipo real, del tipo que te elige entera sin pedir descuento en las curvas ni en el temperamento. Creía que algún día aparecería. Seguía creyéndolo.

La vida en la mansión tenía una rutina que me sabía de memoria. Me despertaba temprano, ayudaba en la cocina cuando me dejaban, me quedaba en mis rincones, observaba todo con ese ojo que había desarrollado de tanto crecer poniendo atención en lo que los demás no se daban cuenta de que estaban mostrando.

Era buena en eso. En ver.

Fue eso lo que me salvó más de una vez.

Y fue exactamente eso —esa mirada atenta, esa presencia que la gente subestimaba porque pensaban que la gordita callada en el rincón no procesa nada— lo que me hizo notar, aquel martes por la mañana común y corriente, que algo era diferente en la mansión.

CONTINUARÁ...

ISABELLA 22 AÑOS

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