Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 4
Regresar al penthouse fue una procesión de la vergüenza. Ethan Vance, el hombre cuyas decisiones hacían temblar a los inversores en la bolsa de valores, caminaba por el pasillo de su edificio arrastrando un enorme empaque de plástico de "Formato Familiar" que hacía un ruido escandaloso con cada paso. En el otro brazo, la canasta de mimbre colgaba como si fuera un balde de pintura, balanceándose con un bebé que, milagrosamente, se había quedado dormido por el movimiento del trayecto.
Al cruzar la puerta de su apartamento, el olor flotante le dio la bienvenida. El mármol de la cocina seguía decorado con la zona de desastre y su camisa de seda italiana ya estaba acartonada por los fluidos secos.
—Muy bien, mini-persona. Estamos en territorio seguro —susurró Ethan, dejando la canasta con una delicadeza extrema sobre el sofá, como si estuviera manipulando nitroglicerina—. No te muevas. No respires fuerte. No hagas nada.
El bebé solo soltó un ronquido ronco y se acomodó la manta rosa con un puño gordo.
Ethan corrió a la cocina y vació las bolsas del supermercado sobre la isla de mármol. Latas de fórmula de diferentes marcas, tres tipos de biberones con tetinas de colores chillones y cuatro paquetes de pañales de tallas distintas. Parecía que se estaba preparando para el fin del mundo apocalíptico, pero versión infantil.
—Paso uno: la alimentación. Si el estómago está lleno, la máquina de gritar no se activa —se dijo a sí mismo, dándose ánimos.
Agarró la lata de fórmula más cara y buscó la pestaña para abrirla. No tenía. Era una tapa metálica hermética. Buscó en los cajones hasta encontrar un abrelatas de diseño alemán que costaba doscientos dólares y que jamás había usado. Con manos torpes y el corazón latiéndole en las orejas, perforó el metal. Un polvo blanco y con un olor extraño a vainilla industrial saltó, cubriéndole la cara y las cejas.
Ethan tosió, limpiándose los ojos. Ahora parecía un fantasma con traje de etiqueta maltratado.
—Ok, polvo listo. Ahora las instrucciones —leyó la letra diminuta al reverso de la lata—. "Agregue una medida rasante de polvo por cada dos onzas de agua tibia previamente hervida".
Ethan parpadeó frente a la lata. ¿Onzas? Él manejaba millones de dólares, porcentajes de acciones y tasas de interés internacionales, pero su cerebro colapsó ante el concepto de una "onza" de agua. Miró el biberón de plástico. Tenía unas líneas con números: 30, 60, 90, 120. ¿Eso eran mililitros u onzas?
Desesperado, agarró su teléfono y abrió el convertidor de unidades. Mientras tanto, puso agua mineral en una costosa tetera eléctrica y la encendió. Dos minutos después, el agua estaba hirviendo. Con la prisa del pánico, vertió el líquido caliente dentro del biberón de plástico, pero como sus manos seguían temblando por la falta de sueño y la adrenalina, la mitad del agua hirviendo cayó directamente sobre su mano izquierda.
—¡Maldita sea! —chilló Ethan, soltando el biberón y saltando en un solo pie por toda la cocina, sacudiendo la mano quemada—. ¡Esto es un peligro para la salud pública! ¡Voy a demandar a la fábrica de botellas!
El grito, por supuesto, rompió el frágil hechizo del sueño del bebé. Desde el sofá, un quejido sordo se transformó rápidamente en el ya conocido llanto ensordecedor que hacía vibrar las ventanas de su penthouse.
—¡No, no, no! ¡Espera! ¡Ya casi está la cena de gala! —gritó Ethan, ignorando el dolor de su quemadura.
Echó tres cucharadas gigantescas de polvo dentro del agua caliente, le puso la tapa al biberón con desesperación y comenzó a agitarlo como si fuera un barman profesional preparando un martini en un club nocturno. El problema fue que, en su prisa, no había enroscado bien la tetina. Al primer movimiento violento, la tapa salió disparada por la presión del vapor y un chorro de leche hirviendo y pastosa voló por el aire, aterrizando directamente en su rostro y en su corbata de diseñador.
Ethan se quedó congelado en medio de la cocina, con la leche escurriéndole por la mejilla y goteando desde su barbilla. Parecía el sobreviviente de una explosión en una pastelería.
El bebé seguía gritando, ahora con más fuerza, probablemente indignado por la incompetencia de su captor.
Limpiándose la cara con el hombro, Ethan volvió a preparar la mezcla, esta vez cerrando la tapa con la fuerza de un hombre que se juega la vida. Probó la temperatura en su muñeca, tal como había visto en el video de YouTube de la mamá sonriente, y casi se arranca la piel del dolor. Estaba hirviendo. Tuvo que correr al baño, meter el biberón bajo el chorro de agua fría durante tres minutos eternos, rezando para que el niño no atrajera a la policía del consorcio por contaminación auditiva.
Cuando la temperatura pareció decente, corrió al sofá con el biberón en alto como si fuera una antorcha olímpica.
Sostuvo al bebé con la misma rigidez de antes, metiéndole la tetina de plástico en la boca casi a la fuerza. El milagro ocurrió. El llanto se detuvo en seco. El bebé se aferró al biberón con sus dos manos diminutas, succionando con un entusiasmo salvaje, haciendo ruidos de satisfacción que hicieron que a Ethan se le aflojaran las piernas del alivio.
El CEO se dejó caer en el suelo de la sala, apoyando la espalda contra el sofá, exhausto. Miró su reloj. Eran las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. En dos horas tenía una reunión virtual con la junta directiva de Londres para discutir la adquisición de una firma tecnológica. Y ahí estaba él, sentado en una alfombra de lujo, cubierto de leche evaporada, saliva y polvo blanco.
—Eres un monstruo manipulador, ¿sabías? —le dijo Ethan al bebé, que ni siquiera lo miraba, concentrado en su desayuno—. Me dejas en la bancarrota moral en una sola noche.
Pero la tregua duró poco. Veinte minutos después, el biberón estaba vacío. El bebé soltó la tetina, dejó salir un eructo que sonó ridículamente fuerte para su tamaño, y el horror regresó. Un nuevo aroma, fresco y devastador, inundó el espacio. El pañal improvisado con el que había vuelto del supermercado había colapsado oficialmente.
—No... otra vez no —suplicó Ethan, arrastrándose de rodillas.
Llegó el momento de abrir el paquete gigante de pañales. Ethan rompió el plástico con los dientes en un arranque de furia. Sacó el primer pañal que tocó. Al extenderlo, se dio cuenta de que era enorme. El dibujo del osito ocupaba toda la isla de la cocina. Decía "Talla 6: Formato Junior".
Miró al bebé, que era del tamaño de una sandía pequeña, y luego miró el pañal, que parecía un pantalón corto para un niño de cuatro años. En su desesperación en el supermercado, había agarrado la sección de niños grandes.
—Bueno... el exceso de espacio nunca es malo en los negocios. Mejor que sobre y no que falte —racionalizó Ethan, con la mente ya desvariando por el cansancio.
Acostó al bebé en la alfombra, le quitó el desastre anterior usando media caja de toallitas húmedas de lavanda, y le colocó el pañal gigante. Cuando cerró las cintas adhesivas, estas no se pegaron en los costados, sino que dieron la vuelta completa al cuerpo del bebé, cruzándose en la espalda. El pañal le llegaba literalmente hasta las axilas, haciéndolo parecer un astronauta atrapado en un traje espacial defectuoso. Las piernas del niño quedaban flotando dentro de los enormes huecos elásticos.
Ethan dio un paso atrás para evaluar su obra de arte. El bebé lo miró desde el fondo de ese colchón de pañal, movió los brazos con dificultad y, por primera vez en toda la noche, no lloró. En su lugar, soltó una pequeña risita sin dientes y estiró sus dedos hacia el aire.
Ethan se quedó mirándolo, con el corazón dándole un vuelco extraño que no pudo explicar con ninguna fórmula financiera.
—No te acostumbres a esto —le advirtió el CEO, apuntándolo con un dedo manchado de leche—. En cuanto amanezca, voy a llamar a una agencia, voy a contratar a la niñera más cara de este país y yo voy a regresar a mi vida perfecta. Tú y yo no somos socios, mini-persona. Esto solo fue una mala noche en la bolsa.
El bebé solo soltó un balbuceo feliz, ajeno por completo a las amenazas del hombre que, sin saberlo, ya no volvería a dormir una noche en paz por el resto de su vida.