Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 5: El perfume de las flores
¡Ay mirenl! ni las flores la quieren.
Las risas me persiguen aunque ya no estoy ahí, aunque ya no soy la misma, aunque ahora camino entre ellos y nadie me ve de verdad. Ese sonido, antes me rompía, ahora me guía.
La veo desde lejos.
-Lucía.
-La cuarta.
Siempre con flores, como si eso la hiciera distinta, como si el olor a pétalos pudiera tapar lo que era por dentro.
Espero.
No me acerco de inmediato.
Aprendí.
Tiene que estar sola.
Siempre sola.
Como yo lo estuve.
La sigo con la mirada mientras termina sus clases, mientras habla con sus amigas, mientras finge que todo sigue normal. Pero no.
Nada es normal.
No después de Mateo.
No después de Valeria.
No después de Ricardo.
El miedo ya vive aquí.
Y hoy, va a crecer.
La veo salir hacia la parte trasera de la escuela, cerca del pequeño jardín abandonado donde casi nadie va. Ahí, donde el silencio pesa más.
Perfecto.
Camino despacio, arrastrando el trapeador, asegurándome de que nadie esté cerca.
Nadie.
Solo ella.
Y yo.
- Niña.
Se gira de golpe.
- ¿Qué haces aquí?
Mira alrededor.
Ya no está segura.
Ya no se siente protegida.
- Vine a ver tus flores.
Me mira sospechoso
- ¿Qué?
Levanto un poco la mano.
- Siempre llevas flores.
Duda.
Pero su orgullo gana.
- Sí… ¿y qué?
Se acerca un poco.
Me muestra el ramo.
Blancas.
Delicadas.
Inocentes.
Sonrío apenas.
- Son hermosas.
Ella se relaja un poco.
- Obvio.
Da un paso más cerca.
¡Error!
- ¿Quieres olerlas?
Asiento lentamente.
- Pero primero tú.
Se queda mirándome.
Algo no le gusta.
Algo en el aire cambió.
- ¿Por qué?
Inclino la cabeza.
- Porque sí.
Silencio.
El viento pasa suave.
Ella duda.
Pero al final.
Lo hace.
Acerca las flores a su rostro.
Inhala.
Una vez.
Dos.
Se detiene.
Su expresión cambia.
- Están… raras…
Da un paso atrás.
- Me siento…
La observo.
Sin moverme.
- Veo que el efecto es inmediato, ¿No te acuerdas de mí?
Su mirada se fija en mí.
Confundida.
- ¿Qué dices?
Me acerco despacio.
- Mírame bien.
Su respiración empieza a alterarse.
- Tú…
Se lleva una mano a la cabeza.
- Tú no…
Sus ojos se abren.
- No, que hiciste, ¿ por que ?
Me inclino hacia ella.
- Mirame soy Daniela.
El mundo se le rompe en la cara.
- ¡No!
Retrocede.
Pero su cuerpo ya no responde igual.
- Tú te moriste…
Sonrío.
- Sí.
Traga saliva.
- Entonces… ¿qué eres?
Su voz tiembla.
- ¿Qué haces en ese cuerpo?
Sus ojos bajan a mis manos.
A mi cara, me mira de arriba a bajo con miedo, asombro, confusión.
- Esa no eres tú, no pue..
Respira con dificultad.
- ¿Cómo… cómo hiciste eso?
El aire se vuelve pesado.
Las flores caen un poco de sus manos.
Yo doy un paso más.
- No lo hice.
Sus cejas se fruncen.
- Entonces… ¿qué pasó?
Cierro los ojos un segundo.
Y lo recuerdo.
El golpe.
La oscuridad.
El vacío.
- Morí.
Los abro lentamente.
- Y desperté.
Levanto mis manos.
- Aquí.
Ella niega.
- Eso… eso no es posible…
- Yo tampoco lo entendí.
Mi voz baja.
Más fría.
- Pero lo acepté.
Se lleva las manos al pecho.
- ¿Aceptaste eso?
- Sí.
La miro fijo.
- Porque este cuerpo… me dio algo que nunca tuve.
Da otro paso atrás.
- ¿Qué?
Sonrío apenas.
- Poder.
Empieza a temblar.
- No.
- Antes nadie me escuchaba.
Mi voz se quiebra apenas, pero se vuelve firme.
- Nadie me ayudaba.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
- Yo no.
La interrumpo.
- Tú sí.
El aire le falta.
- Yo, solo.
Niego.
- Tu solo te reías, no hacías nada, cuando paso aquello también callaste.
Las flores caen al suelo.
El olor cambia.
Se vuelve más fuerte.
Más oscuro.
Ella intenta respirar.
- No puedo.
Se agarra la garganta.
- Me, me quema.
Me acerco más.
- Así se siente.
Cae de rodillas.
- Perdón.
Su voz apenas sale.
- Perdón Daniela.
La miro.
Y por un segundo.
Solo un segundo.
Recuerdo quién fui.
Pero desaparece rápido.
- Muy tarde.
Su cuerpo empieza a apagarse.
- Ayúdame.
Sus manos buscan apoyo.
Pero no hay nada.
Nunca hubo nada.
- Yo también pedí ayuda.
Sus ojos se pierden.
Su respiración se corta.
Y entonces.
Nada.
Silencio.
El viento vuelve a pasar.
Muevo el pie.
Las flores quedan aplastadas bajo mi zapato.
Respiro profundo.
- Cuatro.
Me enderezo.
Miro el lugar.
Vacío.
Como debía ser.
Tomo el trapeador.
Y me voy.
Como siempre.
Invisible.
Pero por dentro.
Ya no soy la misma.
Ya no soy la niña que lloraba.
Ahora soy.
Lo que ellos crearon.
Y todavía.
Faltan más.
El trapeador vuelve a arrastrarse por el suelo mientras me alejo.
Pero esta vez.
No estoy pensando en ella.
Estoy pensando en el siguiente.
Cierro los ojos un segundo.
Y lo veo.
Encerrado.
Desesperado.
Golpeando la puerta.
Pero no es un cuarto de limpieza.
Noooo.
Es peor.
Mucho peor.
Abro los ojos.
Y una sonrisa se dibuja en mi cara.
Vamos a ver cuánto puedes aguantar.
Sigo caminando.
Porque el siguiente.
Ya empezó.