⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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19: sacrificio
Al día siguiente, la suite del JW Marriott Marquis amaneció con una tensión palpable. Rubí, a pesar del dolor residual en la cintura, se levantó temprano y se sentó frente a su laptop con determinación. Mientras Zairo revisaba armas y preparaba mochilas de emergencia, ella empezó a rastrear posibles rutas de salida de los mercenarios rusos.
—Hay un vuelo privado programado desde el Aeropuerto Ejecutivo de Miami hacia San Petersburgo en tres días —dijo Rubí, señalando la pantalla—. Pero también hay movimientos sospechosos en el aeropuerto principal. La DEA está detrás de estos tipos. Al parecer, los rusos rentaban un apartamento en el centro. La DEA los emboscó anoche, pero escaparon.
Zairo se acercó, los ojos endurecidos por la rabia.
—Entonces no hay tiempo que perder. No podemos permitir que saquen la katana de Estados Unidos.
Se prepararon en minutos. Ropa oscura, chalecos ligeros, armas con silenciador y activando el rastreador que Zairo había incrustado en el estuche de la katana cuando la guardó por última vez. Salieron del hotel en dos autos negros idénticos: Rubí al volante de uno, Zairo en el otro. Las calles de Miami pasaban a toda velocidad mientras se comunicaban por intercomunicador.
—Rastreador activo —confirmó Zairo—. Están en un barrio bajo al oeste, cerca de Hialeah. Vamos.
Los dos autos negros rugieron por la autopista, cambiando de carriles con precisión letal. El atardecer teñía el cielo de naranja y rojo cuando llegaron a la zona de barrios bajos. Casas deterioradas, calles llenas de baches y un ambiente impredecible. Aparcaron a varias cuadras de distancia y se acercaron a pie, con cautela extrema, pegados a las paredes y usando las sombras del anochecer.
El lugar era un almacén abandonado convertido en escondite. Desde una posición elevada, contaron al menos quince personas armadas. Los dos mercenarios que habían escapado con la katana estaban en el centro, custodiando el estuche.
—No podemos esperar —susurró Zairo por el intercomunicador—. Entramos juntos.
La acción explotó en cuanto se acercaron lo suficiente. Zairo abrió fuego primero, derribando a dos guardias con disparos precisos. Rubí lanzó una granada de humo y entró por el flanco izquierdo, disparando mientras se movía. El almacén se convirtió en un infierno de balas, gritos y cuerpos cayendo. Las explosiones de las detonaciones iluminaban las paredes sucias.
En medio del caos, unos mercenarios lograron tomar la katana y corrieron hacia un auto negro estacionado afuera. Rubí se quedó atrás combatiendo contra los que quedaban, sus movimientos fluidos a pesar del dolor en la herida. Zairo persiguió a los tres que huían.
—¡Voy tras ellos! —gritó por el intercomunicador.
La persecución en autos fue brutal. Zairo aceleró su vehículo a fondo, chocando lateralmente contra el auto enemigo para obligarlo a reducir velocidad. Disparó a través de la ventanilla, acertando en la cabeza de uno de los ocupantes. El segundo recibió un tiro en la oreja y se desplomó.
Rubí apareció más atrás en su auto, disparando para distraer a los dos vehículos que los perseguían ahora. Zairo logró acercarse lo suficiente al auto enemigo. Abrió la ventanilla mientras el vehículo iba a toda velocidad, se impulsó y saltó al interior del otro auto en movimiento.
El conductor enemigo disparó a ciegas mientras intentaba mantener el control. Las balas impactaron en su propio compañero, que Zairo usó como escudo humano. Con un movimiento rápido, Zairo rodeó el cuello del conductor con el antebrazo y apretó con fuerza brutal hasta que el hombre dejó de moverse. Tomó el volante en cuestión de segundos, estabilizando el auto mientras la katana descansaba en el asiento trasero.
—¡La tengo! —gritó por el intercomunicador—. Rubí, ¿estás bien?
—Todavía los tengo detrás —respondió ella, la voz tensa por el esfuerzo.
Los dos autos perseguidores seguían pegados. De pronto, luces azules y sirenas de la DEA aparecieron en la distancia, acercándose rápidamente. Estaban tan cerca que era imposible escapar, si no hacían algo serían capturados.
Rubí, manejando atrás de Zairo, tomó una decisión en una fracción de segundo. Su voz sonó clara y tranquila por el intercomunicador:
—Zairo… te amo. He sido muy feliz a tu lado.
Zairo miró por el retrovisor justo a tiempo para ver cómo el auto de Rubí daba un brusco giro de 180 grados y aceleraba a toda velocidad hacia los vehículos perseguidores.
—¡Rubí, no! ¡No hagas ninguna locura! —gritó él desesperado por el intercomunicador.
Era demasiado tarde.
El auto de Rubí se estrelló con violencia brutal contra el primer vehículo de los perseguidores. El impacto fue ensordecedor. Autos volaron por los aires, metal retorciéndose, cristales explotando.
Los dos vehículos de atrás chocaron en cadena y uno de ellos explotó en una bola de fuego naranja. El auto de Rubí quedó completamente destrozado en la parte frontal, humeante y deformado.
Zairo frenó en seco, el corazón latiéndole en la garganta. dio un giro de 180 grados y regresó. Bajó del auto y corrió hacia los restos mientras los agentes de ,la DEA se acercaban. Cuerpos yacían tirados en el asfalto. Los autos restantes estaban a punto de explotar.
Sin dudarlo, Zairo rompió la ventana del lado del conductor con la culata de su pistola y abrió la puerta. Rubí estaba apenas consciente, cubierta de sangre por el impacto, pero el cinturón de seguridad le había salvado la vida. Nada roto, solo cortes y contusiones fuertes.
—Te tengo, amor… te tengo —murmuró Zairo mientras la sacaba con rapidez.
La subió a su auto. Rubí sonrió con dificultad, aturdida pero viva.
—Funcionó… —susurró.
Zairo arrancó a toda velocidad, alejándose de la escena mientras las sirenas de la DEA y las explosiones quedaban atrás. No podía llevarla a un hospital normal; dejaría demasiadas preguntas.
—Voy a buscar un médico —dijo, la voz ronca por la adrenalina y el miedo.
Condujo hasta una zona residencial tranquila, averiguo en donde vivía un medico. cuando lo encontró fue por él. Forzó la entrada con calma profesional, encañonó al hombre y le explicó la situación sin dar detalles. El médico, aterrado pero práctico, aceptó tratar a Rubí en su propia casa a cambio de una generosa suma en efectivo.
En la sala improvisada como quirófano, el médico revisó a Rubí. La herida de la cintura se había abierto un poco por el impacto, sangraba de nuevo. Tenía sangre en la nariz y la boca por el fuerte golpe, pero milagrosamente no había fracturas graves. Limpió, suturó y vendó con profesionalismo.
—Se recuperará —dijo el médico—. Necesita reposo y antibióticos. El impacto fue fuerte.
Zairo no soltó la mano de Rubí en ningún momento. Cuando el médico terminó, la llevó de vuelta al auto y condujo hasta un nuevo hotel seguro en las afueras de Miami.
Esa noche, con Rubí descansando en la cama, la katana recuperada a su lado, Zairo se sentó junto a ella y le acarició el cabello.
—Nunca vuelvas a hacer algo así —susurró, la voz temblando.
Rubí abrió los ojos con esfuerzo y sonrió débilmente.
—Valió la pena… para que tú siguieras vivo.
Zairo besó su frente y se quedó velando su sueño, la katana brillando tenuemente bajo la luz de la lámpara. Habían recuperado la pieza, pero el precio estaba subiendo demasiado alto. El camino hacia Asia se volvía cada vez más peligroso, y la promesa de una vida tranquila parecía más lejana que nunca.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣