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Mi Amor El Guachimán

Mi Amor El Guachimán

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:720
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El camino sin regreso

Narra Gregorio Giraldo

Después de todo lo que pasó en Santa Marta, después de perder a mi papá y a Mariana, yo quedé vacío por dentro, mi llave. Ya nada era igual. La casa estaba destruida, la gente del barrio estaba sufriendo, y el ambiente era puro dolor. Pero en medio de todo eso, yo sabía que no podíamos quedarnos ahí.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue decirle a mi familia:

—Nos tenemos que ir de Santa Marta.

Mi mamá me miró con los ojos llenos de lágrimas. Mi hermana Laura no entendía bien lo que estaba pasando, pero sí entendía que todo había cambiado. Ella no quería irse. Decía que no quería dejar su escuela, sus amigos, su vida.

—Gregorio, yo no quiero irme —me decía llorando—. Aquí está mi colegio, mis amigos…

Pero yo la miré serio, con el corazón partido.

—Laura, aquí ya no hay nada como antes… aquí solo hay dolor.

Ella bajó la cabeza, pero aún así no quería aceptar la idea.

También me sorprendió algo que dijo en medio de todo ese dolor.

—Y… mi novio… —dijo bajito.

Yo la miré confundido.

—¿Qué dijiste?

Ella se puso nerviosa y confesó que tenía novio en el barrio, un muchacho con el que salía a escondidas. Yo no sabía nada de eso. En ese momento me dio rabia, pero también entendí que ella solo estaba tratando de aferrarse a algo de felicidad en medio del caos.

El muchacho llegó a despedirse de ella. Era un pelao joven, con la cara llena de miedo, porque todo estaba destruido. Se acercó a Laura llorando.

—Por favor, no te vayas… quédate conmigo —le decía agarrándole la mano.

Laura lloraba también, pero lo miró y le dijo:

—No puedo… me voy con mi hermano.

El muchacho no la soltaba.

—No te vayas, por favor…

Pero ella finalmente se soltó y se fue conmigo y con mi mamá.

Ese momento me dolió, porque vi a mi hermana sufriendo, pero también vi que ya no había nada que nos amarrara a ese lugar.

Después de discutirlo mucho, tomamos la decisión: nos íbamos de Santa Marta.

No teníamos carro, no teníamos plata suficiente, no teníamos nada asegurado. Solo teníamos lo poco que logramos salvar entre los escombros y nuestras fuerzas.

Nuestro destino era Barranquilla, una ciudad que quedaba más o menos a tres horas caminando, pero para nosotros ese camino se sentía eterno.

Salimos temprano, antes de que el sol pegara duro. El ambiente todavía estaba lleno de polvo por el temblor. La ciudad estaba herida, como nosotros.

Íbamos caminando los tres: mi mamá adelante, mi hermana en el medio y yo atrás cuidando todo. Cada paso era pesado, como si la tristeza también pesara en los pies.

El silencio era duro. Nadie hablaba mucho. Solo se escuchaba el viento y los pasos en la tierra.

Mi mamá lloraba en silencio a ratos. Yo también, pero trataba de aguantarme. Mi hermana caminaba sin decir mucho, todavía en shock por todo lo que había pasado.

En el camino veíamos familias enteras caminando, gente con maletas improvisadas, otros sin nada, solo con lo que tenían puesto. Era como una migración de dolor.

A mitad del camino nos empezó a dar hambre. No habíamos comido bien desde el desastre. Pero no teníamos nada. Solo agua si acaso, y eso era poco.

Mi hermana decía que tenía hambre, pero yo no tenía qué darle. Eso me rompía por dentro, porque como hermano mayor yo sentía que debía protegerlas a ambas.

Seguimos caminando.

El sol empezó a ponerse más fuerte. El calor de la costa nos estaba quemando la piel. Los pies ya nos dolían. Pero no podíamos detenernos.

En un punto del camino nos sentamos bajo un árbol. Estábamos cansados, sin fuerzas. Mi mamá me miró y me dijo:

—Gregorio… ¿sí vamos a poder?

Yo no sabía qué responderle.

Solo le dije:

—Sí, mamá… tenemos que poder.

Pero la verdad es que yo no estaba seguro de nada.

Pasamos la primera noche en el camino. No teníamos dinero para hotel ni nada. Nos tocó dormir en el suelo, en un rincón cerca de la carretera. El frío de la noche en contraste con el calor del día era fuerte.

Mi hermana lloraba porque tenía hambre y miedo. Mi mamá la abrazaba fuerte, tratando de calmarla. Yo me quedé despierto cuidándolas, mirando la oscuridad, pensando en todo lo que habíamos perdido.

Esa noche no dormí bien.

Solo pensaba en mi papá… en Mariana… en todo lo que quedó atrás.

Al día siguiente seguimos caminando.

El cuerpo ya nos dolía más, el cansancio se sentía pesado. Pero poco a poco, después de horas, empezamos a ver señales de la ciudad.

Barranquilla.

Cuando finalmente llegamos, no fue como esperábamos. No había nadie recibiéndonos, no había comodidad, no había nada fácil. Solo una ciudad grande, desconocida, con gente pasando de un lado a otro como si nada.

Nos quedamos parados unos segundos mirando todo.

Yo respiré profundo y dije en voz baja:

—Llegamos…

Pero por dentro sabía que llegar no significaba estar bien.

Porque habíamos llegado a otro lugar… pero seguíamos cargando el mismo dolor.

Y así empezó nuestra nueva vida en Barranquilla… con hambre, con tristeza, pero con la única cosa que aún nos quedaba: la familia.

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