En una ciudad gris donde la lluvia parece no terminar nunca, dos chicos completamente distintos terminan cruzando caminos en un instituto marcado por el silencio, los rumores y la soledad.
Kai es un joven reservado y rebelde que suele escapar al techo del colegio para tocar su guitarra lejos del ruido del mundo. Detrás de su actitud fría guarda heridas, secretos y una tristeza que casi nadie nota.
Noah, en cambio, parece más tranquilo y observador. Es nuevo, callado y diferente al resto. Desde el primer momento siente que hay algo extraño en Kai… algo roto, pero también auténtico.
Mientras ambos comienzan a acercarse lentamente bajo cielos grises y luces nocturnas de la ciudad, empiezan a ocurrir situaciones inquietantes: sombras observándolos, rincones oscuros del instituto y presencias que parecen seguirlos cuando cae la noche.
Entre música, lluvia, conflictos escolares y emociones que ninguno sabe expresar, Kai y Noah descubrirán que algunas personas llegan a tu vida justo cuando es
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Las cosas que no decimos
Noah pasó toda la semana preguntándose por qué Kai seguía acercándose a él.
No tenía sentido.
La mayoría de las personas lo evitaban después de unos días.
O se cansaban.
O simplemente escuchaban los rumores y decidían mantenerse lejos.
Pero Kai no.
Kai seguía apareciendo a su lado como si fuera la cosa más natural del mundo.
Y eso empezaba a asustarlo más de lo que quería admitir.
La lluvia finalmente había parado esa tarde, aunque el cielo seguía cubierto de nubes grises.
Desde las ventanas del liceo, Montevideo parecía una ciudad apagada, llena de luces frías y calles húmedas.
Noah estaba guardando sus cosas cuando escuchó una guitarra sonar a lo lejos.
Suspiró automáticamente.
Ya sabía quién era.
Subió hasta la azotea encontrando la puerta entreabierta.
El viento frío movía las cadenas metálicas de la reja mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse abajo.
estaba sentado sobre la mesa de siempre.
Tocando.
Noah se quedó observándolo unos segundos antes de hablar.
—¿Nunca haces otra cosa?
Kai levantó la mirada y sonrió apenas.
—A veces duermo.
—Difícil de creer.
Kai soltó una risa suave y siguió tocando la guitarra.
La melodía era distinta esta vez.
Más tranquila.
Menos triste.
Noah caminó lentamente hasta apoyarse contra la reja.
—¿La escribiste tú?
Kai dejó de mover los dedos un segundo.
—¿Cómo sabes que no es una canción famosa?
—Porque suena demasiado personal.
Kai lo observó en silencio.
Después sonrió de lado.
—Sí. La escribí yo.
Noah bajó la mirada hacia las luces de la ciudad.
—Es buena.
—Eso casi sonó como un cumplido.
—No te acostumbres.
Kai volvió a reír.
Y otra vez ese sonido hizo que Noah sintiera algo extraño dentro del pecho.
Algo cálido.
Algo extraño.
El viento sopló más fuerte entre ellos.
Por un momento ninguno habló.
Solo existía la música, el ruido lejano de los autos y las luces reflejadas sobre las calles mojadas.
Hasta que Kai habló de repente.
—¿Por qué cambiaste de liceo?
Noah se tensó de inmediato.
Ahí estaba.
La pregunta que tarde o temprano todos hacían.
Kai notó el cambio en su expresión y desvió la mirada.
—No tienes que responder si no quieres.
Noah guardó silencio unos segundos.
Después suspiró cansado.
—Porque pelear era más fácil que explicar las cosas.
Kai dejó la guitarra sobre sus piernas sin apartar la mirada de él.
—¿Te metías en problemas?
Noah rió débilmente.
—Siempre.
Los recuerdos llegaron rápido.
Pasillos.
Golpes.
Profesores gritándole.
Personas mirándolo como si fuera algo extraño, como si no perteneciera a este mundo.
Noah apretó la mandíbula.
—La gente siempre espera que seas exactamente lo que dicen de ti.
Kai lo observó atentamente.
—¿Y qué dicen de ti?
Noah sonrió sin humor.
—Que soy problemático.
El viento movió el cabello oscuro de Kai mientras bajaba la mirada unos segundos.
—Entonces somos parecidos.
Noah frunció el ceño.
—¿Qué dicen de ti?
Kai tardó en responder.
Demasiado.
—Que soy raro.
Noah soltó una pequeña risa.
—Bueno… eso sí es verdad.
Kai sonrió apenas.
Pero esa sonrisa no llegó a sus ojos.
Y Noah volvió a notar lo mismo que había
visto el primer día.
Ese vacío escondido detrás de todas sus bromas.
Antes de que pudiera decir algo, voces aparecieron del otro lado de la puerta de la azotea.
Risas.
Pasos.
Kai se tensó de inmediato.
Su expresión cambió tan rápido que Noah lo notó enseguida.
Miedo.
La puerta se abrió bruscamente.
Los mismos chicos de siempre aparecieron riendo.
Uno de ellos miró a Kai y sonrió con burla.
—Mira dónde se estaba escondiendo.
Otro observó a Noah y soltó una carcajada.
—Ah, claro. El nuevo también está aquí.
Kai bajó la mirada sin decir nada.
Noah sintió la rabia subirle al pecho otra vez.
Pero antes de que pudiera hablar, uno de los
chicos tomó la guitarra de Kai bruscamente.
—¿Todavía sigues tocando esta basura?
Kai dio un paso adelante.
—Devuélvemela.
Por primera vez su voz sonó seria.
Casi desesperada.
Y Noah entendió inmediatamente algo importante.
Esa guitarra era lo único que Kai protegía de verdad.