¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 9: Operación "No dejarme intimidar" (o cómo derretir a un duque bajo el
Gideon Vance no era un hombre que huyera de las batallas. Había sitiado fortalezas en el norte, sobrevivido a emboscadas en terrenos pantanosos y mirado a los ojos a los monstruos más temibles del imperio sin pestañear. Por lo tanto, pasar dos días enteros con las orejas rojas y el pulso alterado por culpa de los comentarios desvergonzados de una mujer era, militarmente hablando, una humillación inaceptable.
Esa mañana, mientras se ajustaba las pesadas hombreras de su armadura oscura y se colocaba la clásica capa negra, Gideon trazó un plan estructurado de tres pasos:
Mantener una distancia de seguridad de exactamente dos metros.
Ignorar cualquier provocación con una mirada gélida de superioridad.
Demostrar que él, y solo él, tenía el control absoluto de la alianza.
—No me voy a dejar intimidar por sus delirios —se juró a sí mismo, subiendo a su caballo con porte majestuoso. Esta vez, la Duquesa Cassandra no lo tomaría desprevenido.
Cuando las puertas de la mansión del ducado se abrieron, Gideon avanzó con paso firme hacia el gran jardín trasero, donde los guardias le indicaron que se encontraba la señora de la casa. El duque iba con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y la voz lista para soltar un discurso autoritario sobre la disciplina militar.
Pero el plan estructurado de Gideon Vance se fue directo al demonio en cuanto pisó el césped.
En medio del lago artificial de la mansión, flotando pacíficamente sobre el agua, no estaba la temible líder del Ejército de las Sombras. Había una mujer tirada boca arriba en una reposera inflable de un color rosa chillón (cortesía de un extraño experimento mágico con telas). Llevaba unos anteojos oscuros, un sombrero de paja gigante y sostenía un vaso de cristal con un trago de colores que tenía un sombrerito de papel clavado en una rodaja de limón.
Por si fuera poco, a la orilla del lago, el imponente Dragón Celestial de Escamas Blancas —ahora del tamaño de un perro grande— movía una de sus alas gigantescas rítmicamente, creando una brisa perfecta y constante para abanicarla.
Gideon se detuvo en seco en el muelle de madera. Se quedó mirando la escena con la boca ligeramente abierta, perdiendo toda la postura marcial en un segundo.
—¿Cassandra...? —consiguió articular, con la voz un poco descolocada.
Me acomodé los anteojos oscuros con el dedo índice y bajé la vista. Al ver al duque parado ahí arriba, con el sol del mediodía pegándole de lleno, no pude evitar que una sonrisa gigante se me escapara.
—¡Uh, miren quién volvió! El prófugo de la pasión —exclamé, usando la magia pasiva para hacer que la reposera flotara lentamente hacia el muelle—. Pero che, viniste con la misma ropa negra de lana y cuero. ¿No te da calor? Estamos como a treinta grados a la sombra, hermano. Sacate la camisa, dale, haceme el favor que me baja la presión de solo verte tan tapado.
Gideon dio un paso atrás, sintiendo que el calor del sol se multiplicaba por mil en su rostro. Apretó el mapa táctico que traía en la mano, intentando desesperadamente recordar el paso número dos de su plan estratégico.
—Duquesa... he venido a... a exigir seriedad —declaró, forzando su tono más profundo y autoritario, aunque la voz le tembló un poquito al final—. Estamos en medio de una crisis política internacional. El Templo de la Luz se está movilizando, el Rey está presionando a Jarek y usted... usted está... ¡flotando en un objeto rosado incomprensible!
—Ay, Gideon, bajale al drama geopolítico un ratito y disfrutá de la vida —le respondí, subiéndome al muelle de un salto y acomodándome el vestido playero improvisado—. Además, te lo digo por tu salud. Te vas a ganar una insolación con esa capa. Mirá cómo estás transpirando, pobrecito. Si querés te ayudo a desabrocharte los botones, tengo los dedos re ágiles hoy.
Le guiñé el ojo con total desparpajo, dando un paso hacia él y rompiendo la distancia de seguridad de dos metros que él tanto había calculado.
Gideon miró mis manos, luego mi cara y luego el sombrerito del trago. El temible Duque de la Noche tragó saliva, completamente acorralado por mi falta de filtro. El rojo de sus mejillas ya le estaba llegando hasta el cuello de la camisa.
—Yo... yo tengo asuntos que atender en el cuartel —tartamudeó, dando media vuelta de golpe, olvidando por completo el paso tres de su plan—. Volveré... volveré cuando esté vestida con el uniforme oficial. ¡Buenas tardes!
Y una vez más, el líder de la rebelión del norte salió disparado hacia la salida del jardín, arrastrando la capa y casi tropezándose con una maceta de rosas negras en el proceso.
Desde la ventana del segundo piso de la mansión, dos siluetas observaban la escena con un nivel de entretenimiento digno de un estreno de cine.
—¡Te lo dije! ¡No duró ni tres minutos! —se rió Félix, guardándose en el bolsillo tres monedas de oro que le acababa de arrebatar a la doncella—. El Duque de la Noche es una máquina de matar, pero la jefa le tira un piropo y el tipo arranca como carro sin frenos.
Brigit suspiró, frotándose las sienes con pura resignación mientras veía a Gideon huir a caballo por el sendero principal.
—Esto es un sacrilegio... —murmuró la pobre doncella, aunque no pudo evitar mirar las monedas que le quedaban—. Pero la próxima vez apuesto cinco monedas a que no pasa de los dos minutos si la Duquesa le ofrece probar la pizza.
En el muelle, yo me descostillaba de la risa, dándole un trago a mi jugo y acariciando al dragón, que emitía un ronroneo feliz. Definitivamente, domar al duque iba a ser mi actividad favorita de estas vacaciones.