Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
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Capítulo 19 — Mi rol de padre
La cocina de la mansión estaba silenciosa y acogedora aquella noche.
La luz cálida que colgaba sobre la barra le daba al ambiente un aire más íntimo.
Clara ya estaba sentadita en su sillita de comer, con el babero rosa de pequeñas mariposas bordadas.
Los piececitos se balanceaban en el aire, entusiasmados.
Eduardo estaba frente a ella con el pequeño tazón de papilla de frutas en las manos.
Plátano machacado con papaya.
A un lado, Alana permanecía de pie, observando con discreción.
Todavía no sabía exactamente cómo reaccionar ante el cambio repentino de aquel hombre.
El mismo Eduardo frío y distante de días atrás ahora sostenía la cuchara con cuidado, concentrado.
— ¿Así? — preguntó, mirando a Alana.
Ella sonrió levemente.
— Sí. Solo un poquito a la vez.
Eduardo acercó la cuchara a la boca de su hija.
— Abre la boquita, princesa…
Clara abrió la boca de inmediato.
La papilla entró.
Un segundo de silencio.
Después, una risita.
Eduardo sonrió.
Una sonrisa genuina.
— Muy bien.
Alana sintió que el pecho se le llenaba de calidez al ver aquella escena.
Él realmente estaba intentándolo.
Era apariencia.
Era obligación.
Pero también era esfuerzo.
Después de unas cuantas cucharadas más, Eduardo levantó la mirada hacia ella.
La voz le salió firme, pero educada.
— Señorita…
Alana levantó los ojos.
— ¿Sí?
Él apoyó el tazón en la charola de la sillita y miró de nuevo a Clara.
— Si quiere irse a su casa, está en toda libertad de hacerlo.
La frase la tomó por sorpresa.
Eduardo continuó:
— Ahora voy a ejercer mi rol de padre.
El tono no fue arrogante.
Pero salió directo y decidido.
— Si necesito algo, le pido a Adelaide.
Por un instante, Alana se quedó en silencio.
Había algo hermoso en aquella frase.
Porque él por fin estaba asumiendo su lugar.
Pero también había un pequeño nudo en el pecho.
Como si, de pronto, su presencia ahí ya no fuera tan necesaria.
Aun así, sonrió con delicadeza.
— Claro.
La voz le salió amable.
— Me da gusto que quiera pasar este tiempo con ella.
Eduardo solo asintió.
Los ojos volvieron hacia su hija.
Alana se acercó a la barra, tomó la bolsa que había dejado ahí y se acomodó la correa en el hombro.
Antes de irse, miró una vez más a Clara.
La bebé se reía mientras Eduardo le limpiaba con delicadeza un poco de fruta de la comisura de la boca.
La escena era hermosa.
Casi conmovedora.
— Buenas noches, Clara.
La voz le salió dulce.
Clara aplaudió con las manitas.
— ¡Ma-ma!
Eduardo levantó la mirada rápidamente.
Sorprendido por lo que su hija acababa de balbucear.
Sus ojos encontraron los de ella por un breve instante.
— ¿Qué dijo?
— Al parecer cree que eres su mamá.
— D-disculpe, señor, y-yo no…
— Tranquila, no pasa nada. Buenas noches, Alana.
Dijo él, intentando calmarla.
El tono le salió más suave de lo habitual.
Ella asintió.
— Buenas noches, señor Eduardo.
Al salir de la cocina, se encontró con Doña Adelaide en el pasillo.
El ama de llaves sonrió.
— ¿Ya te vas, querida?
Alana respiró hondo.
— El señor Eduardo quiere quedarse con Clara esta noche. Y hay algo más… Acaba de decir "Ma-ma".
Adelaide abrió ligeramente los ojos, sorprendida.
Después sonrió, emocionada.
— Eso es maravilloso. Pero preocupante.
Alana intentó sonreír también.
— Sí que lo es.
Pero mientras caminaba hacia la puerta de la mansión, el corazón le latía confuso.
Feliz por Clara.
Feliz porque Eduardo estaba cambiando.
Y, al mismo tiempo… extrañamente vacía.
Como si, sin darse cuenta, aquella casa ya hubiera empezado a significar más para ella de lo que debería.
Afuera, la noche estaba fría.
Alana abrazó la bolsa contra su cuerpo y se encaminó hacia la parada de autobús.
Sin imaginar que, en ese momento, desde lo alto de la escalera de la mansión, Eduardo la observaba partir a través de la ventana.
En silencio y pensativo.
aunque parece q para el no va a ser tan fácil.
Elevó a Dios mis plegarias por iluminar su mente, es un buen trabajo.Felicitaciones y abundantes bendiciones. Gracias