Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 18: Lazos prohibidos
Mansión Cullen ocho de la mañana.Tres días después.
La mudanza de Jacob Black a la mansión Cullen fue menos dramática de lo que todos esperaban. Llegó con una mochila, una caja de herramientas heredada de su padre, y una camiseta de los Seattle Mariners tan desgastada que parecía un trapo. No trajo muebles. No trajo recuerdos. Solo trajo su olor a bosque mojado y su silencio.
Bella lo recibió en la puerta principal, con una taza de café en las manos (ya no temblaba tanto, pero seguía siendo torpe). Alice estaba a su lado, con los brazos cruzados y una expresión de curiosidad mal disimulada.
—¿Solo eso? —preguntó Alice, señalando la mochila.
—Los lobos no acumulamos cosas —respondió Jacob, encogiéndose de hombros—. Las cosas nos atan.
—Bonita filosofía.
—Es supervivencia.
Edward apareció detrás de ellos. Llevaba puesta una camisa blanca impecable y el pelo peinado hacia atrás, pero tenía una mancha de pintura en la mejilla. Había estado preparando la habitación de Jacob desde el amanecer.
—Te he hecho un sitio —dijo Edward, y su voz sonó más suave de lo habitual—. En el ala este. Da al bosque.
—No necesito un sitio. Necesito un suelo donde dormir.
—Los lobos duermen en el suelo. Los omegas que viven en mi casa duermen en camas.
Jacob arqueó una ceja.
—¿Tu casa? Esto es de Carlisle.
—Carlisle me la regaló en mi centésimo cumpleaños. Así que técnicamente, una parte es mía.
—Qué rico.
—No soy rico. Soy *antiguo*. Hay una diferencia.
Bella los dejó discutir y se adentró en el pasillo. La mansión Cullen era un laberinto de mármol, madera y secretos. Había habitaciones que nadie abría, retratos que parpadeaban cuando no los mirabas, y un sótano que Carlisle había prohibido terminantemente. Bella, por supuesto, había intentado abrirlo. La puerta no tenía cerradura. Pero tampoco tenía pomo.
—Ese sótano te va a comer si sigues mirándolo —dijo una voz a sus espaldas.
Era Rosalie. La vampira rubia estaba apoyada en la pared, con un vestido rojo que le llegaba hasta los muslos y el pelo suelto cayendo sobre sus hombros como una cascada de oro. Tenía los brazos cruzados y una expresión que podía matar.
—No miro el sótano —mintió Bella.
—Mientes. Tu olor cambia cuando mientes. Huele a menta.
—¿Siempre estás oliéndome?
—Siempre estoy oliendo *todo*. Es una bendición y una maldición.
Rosalie se separó de la pared y caminó hacia ella con una lentitud que parecía coreografiada. Sus tacones (de aguja, color negro) hacían un ruido seco contra el mármol.
—¿Qué quieres? —preguntó Bella, sin retroceder.
—Quiero que sepas que no confío en ti. Ni en Jacob. Ni en ningún lobo.
—Edward es un vampiro.
—Edward es un idiota enamorado. Eso es peor.
—¿Y Leah? ¿Leah también es una idiota enamorada?
Rosalie se detuvo. Por un segundo, su máscara de hielo se resquebrajó. Bella vio algo parecido al miedo en sus ojos.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes. Hueles a ella cada vez que está cerca. Hueles a *necesidad*. Y no me vengas con que es odio, porque el odio huele diferente.
Rosalie la miró fijamente. Luego, sin decir una palabra, se giró y se fue. El ruido de sus tacones se perdió en el pasillo.
Bella se quedó sola frente a la puerta del sótano.
—Ya hablaremos —murmuró, y se fue.
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Mientras tanto en la ala este de la mansión.
La habitación que Edward había preparado para Jacob era enorme. Tenía paredes de piedra vista, una cama de dos plazas con sábanas de franela (los lobos odian las sábanas de seda, según Edward), y una chimenea apagada en la esquina. El suelo era de madera oscura, y en el centro había una alfombra de piel de oso que Jacob miró con desaprobación.
—¿Mataste a un oso para esto?
—No. Lo compré en una tienda de segunda mano.
—¿Los vampiros compran en tiendas de segunda mano?
—Los vampiros antiguos compramos en tiendas de segunda mano. Nos gusta lo viejo.
Jacob dejó la mochila en el suelo y se dejó caer en la cama. El colchón crujió bajo su peso. Olía a lavanda, a limpio, a Edward.
—Aqui tiene el olor de tus fermonas como si hubieras dormido aquí —dijo Jacob.
—He pasado las últimas tres noches preparándola.
—¿Preparándola cómo?
—Pintando las paredes. Colgando las cortinas. Eligiendo las sábanas. —Edward se sentó a su lado en la cama—. Los vampiros no necesitan dormir, pero tú sí. Quería que durmieras bien.
Jacob se incorporó y lo miró. El vampiro tenía la mancha de pintura todavía en la mejilla. Sus ojos dorados brillaban con una luz que no era sobrenatural. Era ternura.
—Eres un tonto —dijo Jacob.
—Lo sé.
—Un tonto que pinta paredes por mí.
—También sé eso.
—¿Y si no funciona? ¿Y si la manada me busca? ¿Y si los Volturi nos matan a todos?
—Entonces habremos tenido esto. Y esto —Edward le rozó la mejilla con la punta de los dedos—. Vale la pena.
Jacob lo besó. No fue un beso suave. Fue de agradecimiento. Como si llevara años esperando que alguien hiciera algo así por él. Edward respondió con la misma intensidad, y por un momento, la habitación se llenó de un silencio que no era vacío, sino plenitud.
—Te quiero —murmuró Jacob contra sus labios.
—Yo también te quiero.
—Dímelo otra vez.
—Te quiero.
—Una más.
—Te quiero, Jacob Black. Aunque huelas a perro mojado.
Jacob rio. Edward también. Y la mañana se hizo más brillante.
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El bosque respiraba lento, cargado de humedad y electricidad contenida. Leah Clearwater permanecía inmóvil sobre la roca, pero su cuerpo no estaba en calma. Cada músculo estaba alerta. No por peligro… sino por ella. El olor de las fermonas de Rosalie se filtraba entre los árboles antes de que su presencia se hiciera visible.
—Si vas a seguirme, al menos deja de fingir que no lo haces. Llevo diez minutos oyendo cómo evitas pisar ramas, como si eso pudiera ocultarte de alguien que siente hasta tu respiración contenida.
Rosalie salió de entre los árboles sin prisa, como si cada paso estuviera medido. No parecía una intrusa. Parecía algo inevitable. (sus tacones de aguja colgaban de su mano izquierda). El vestido rojo se pegaba a sus curvas como una segunda piel.Sus ojos se fijaron en Leah con una intensidad que no era odio… pero tampoco algo que pudiera nombrarse sin consecuencias.
—No te sigo. Solo estoy donde tú estás. No es lo mismo, aunque quieras creerlo. Si quisiera ocultarme, no sabrías que estoy aquí. No soy torpe. Estoy… decidiendo no ser invisible.
El silencio que siguió fue más peligroso que cualquier ataque. Leah giró apenas el rostro, lo suficiente para verla. Demasiado cerca. El aire cambió. Más denso. Más caliente. Como si algo en sus naturalezas estuviera rompiendo reglas sin permiso.
—Esto está mal. Tú lo sabes. Yo lo sé. Y aun así sigues acercándote. ¿Por qué? ¿Qué estás buscando exactamente? Porque esto no termina bien para ninguna de las dos, y lo sabes perfectamente.
Rosalie no respondió de inmediato. Se acercó un paso más. Luego otro. La distancia desapareció sin que Leah se moviera. Su mano se alzó, pero se detuvo antes de tocarla. Dudó. Y esa duda… la traicionó más que cualquier palabra.
—Porque cuando estás cerca… todo lo demás deja de importar. Y odio eso. Odio no poder controlarlo. Odio que no me des asco. Odio querer tocarte sabiendo exactamente lo que eres.
Leah soltó una risa baja, amarga. Pero no se apartó.El conflicto no estaba en sus palabras.Estaba en que seguía ahí.
—Entonces vete. Ahora. Antes de que esto se convierta en algo que no puedas detener. Porque si cruzas esa línea… no hay vuelta atrás. Y yo no voy a detenerte.
Rosalie cerró la distancia.
Esta vez no dudó.
Pero tampoco fue impulso.
Fue decisión.
Su mano rozó finalmente la mandíbula de Leah. Fría. Contradictoria. Prohibida. Leah tensó el cuerpo… pero no se apartó. Sus ojos se encontraron. Y en ese instante, ambas supieron que ya habían cruzado demasiado.
—No quiero detenerme. Y eso es lo peor. Porque sé exactamente lo que va a pasar después… y aun así estoy aquí. Frente a ti. Eligiendo esto.
Leah respiró hondo.
Y cerró los ojos un segundo.
No para alejarse.
Sino para aceptar.
—Entonces no mientas más. No digas que esto es odio. No digas que es curiosidad. Llámalo por lo que es… aunque te rompa después.
Rosalie no respondió.
Pero la distancia desapareció.
No fue un beso violento.
Fue contenido.
Tenso.
Como si ambas estuvieran al borde de romper algo más que reglas.
Y cuando se separaron…
ninguna retrocedió.
Porque ya era tarde
Era como si ambas llevaran años esperando y de repente la presa hubiera aparecido. Los dientes de Rosalie mordieron el labio inferior de Leah. Las garras de Leah (porque se le habían alargado sin darse cuenta) rasgaron la tela del vestido de Rosalie
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Bella estaba en la cocina, intentando algo simple: freír huevos sin arruinarlos. El aceite chisporroteaba con un sonido constante, casi hipnótico. Pero su concentración se rompía una y otra vez. Su núcleo no respondía a su voluntad. Latía con fuerza, expandiéndose demasiado rápido, demasiado caliente, como si algo dentro de ella estuviera despertando sin control.
El aire a su alrededor comenzó a vibrar.
No era imaginación.
Era presión.
Invisible, creciente… peligrosa.
Como si la realidad misma estuviera empezando a resquebrajarse desde el centro de su pecho.
—Bella… —dijo Alice, tensándose al instante—. Detente. Tu pulso está descontrolado. Lo siento desde aquí. No lo fuerces. No ahora. No así. Vas a perder el control si sigues empujando eso.
Bella apretó los dientes con fuerza. El calor ascendió por su pecho como fuego líquido, extendiéndose sin permiso, devorando cada intento de contenerlo. Sus manos comenzaron a temblar. La sartén gimió bajo sus dedos, deformándose lentamente. El vidrio de la ventana vibró con un zumbido agudo, casi insoportable.
No era solo energía.
Era presión.
Algo vivo dentro de ella… empujando, creciendo, exigiendo salir.
—No puedo… —jadeó Bella, con la voz quebrándose—. Está creciendo solo. No lo estoy provocando. Se está saliendo… no puedo contenerlo. Alice… algo está mal… me está quemando por dentro… como si fuera a romperme.
El estallido no hizo ruido.
Pero el mundo tembló.
Una onda invisible explotó desde su cuerpo, barriendo la cocina. El fuego se apagó de golpe. El cristal estalló en fragmentos que no llegaron a caer. Alice fue lanzada contra la pared, el impacto seco rompiendo el equilibrio del momento.
Y luego…
silencio.
Pesado. Antinatural.
Bella cayó de rodillas, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo vacío.
—¡Bella! —la voz de Edward irrumpió como un ancla—. ¡Mírame! Quédate conmigo. No te vayas. Respira conmigo. No dejes que eso te arrastre. Estoy aquí. No estás sola. No dejes que te consuma.
Su piel ardía.
Sus venas latían como si fueran a desgarrarse desde dentro.
Cada pulso era dolor.
Cada segundo, un límite que se rompía.
Y por un instante…
Bella sintió miedo.
No de lo que venía.
Sino de lo que ya era.
Algo en su interior había cruzado una línea invisible.
Y no sabía cómo volver.
Entonces, tan abrupto como había comenzado…
todo se apagó.
El calor desapareció.
La presión colapsó.
El vacío llegó demasiado rápido.
Su cuerpo no estaba hecho para sostener algo así.
Y cedió.
Bella se desplomó.
Continuará 🔥
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