Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 22
El cementerio era demasiado silencioso para un corazón que cargaba años de nostalgia. La brisa de la mañana soplaba con calma entre las lápidas, arrastrando un aroma a tierra húmeda mezclado con el perfume de las flores de cananga. El cielo estaba nublado, como si también se inclinara en señal de respeto ante aquellas piedras erguidas que guardaban historias ya concluidas.
Erza y Elora caminaban despacio a cada lado de Azalea. Sus manitas se aferraban a los dedos de ella, como si temieran perder el agarre. Los ojos les recorrían todo: las lápidas, la hierba silvestre que brotaba entre las grietas.
Se detuvieron frente a tres sepulturas que ya conocían desde antes de salir de casa. No había más preguntas sobre quién yacía allí. Solo quedaba una curiosidad que llevaban largo tiempo albergando: cómo habría sido su madre, cómo habrían sido esos abuelos que solo existían en los relatos.
Azalea estaba de pie detrás de ellos, la mano temblorosa sujetando la bolsa de pétalos. Respiraba con dificultad. No por cansancio, sino porque cada paso sobre aquella tierra era como pisar sus propios recuerdos.
—Mami... —musitó Elora—. Ezta ez la tumba de Mami Jazmín, ¿veldad?
Azalea asintió; no habló de inmediato. Avanzó un paso y se arrodilló ante la lápida que llevaba el nombre de su hermana. Los dedos tocaron la piedra fría con reverencia y con un dolor que nunca había sanado.
—Sí, cariño —respondió Azalea al fin—. Esta es la tumba de su mamá Jazmín. Mi hermana.
Erza tragó saliva. Contempló las letras grabadas un rato largo, como si quisiera memorizarlas. —Nuestra mamá también era bonita, ¿verdad, Mami?
La pregunta inocente le apretó el pecho a Azalea. Asomó una sonrisa pequeña, pero tenía los ojos mojados.
—Sí, bonita —contestó Azalea apenas—. Por fuera y por dentro.
Azalea esparció los pétalos poco a poco. Las flores caían una a una, como los años que habían transcurrido.
—¿Saben? —continuó Azalea, sentándose entre Erza y Elora—. La mamá de ustedes era una persona llena de amor. No solo fue una buena madre, sino también una hermana excepcional.
Los dos escuchaban con seriedad. Sin risas, sin quejas. Solo un silencio cargado de respeto.
—Cuando Mami era chiquita —la voz de Azalea empezó a quebrarse—, perdimos a papá y mamá. Mami no había cumplido los ocho años. Su mamá Jazmín apenas tenía quince.
Erza se impresionó. —Entonces, de chiquita ya no tenías papás, Mami.
—Así es —Azalea asintió—. Pero desde aquel día, Jazmín tuvo que comportarse como una adulta. Se convirtió en todo para mí.
La brisa sopló con suavidad, meciendo las hojas secas alrededor de las tumbas, produciendo un susurro apacible.
—Para darnos de comer —prosiguió Azalea—, Jazmín trabajó en lo que fuera. Lavó ropa ajena, ayudó en la cosecha de otros, hasta hizo masajes. A veces volvía agotada, con las manos ásperas, pero siempre sonreía cuando me veía.
Erza cerró el puñito. —Mamá Jazmín era fuerte.
—Muy fuerte —Azalea le acarició la cabeza—. Cuando terminó la preparatoria, Jazmín consiguió empleo en un centro comercial. Quedaba lejos, decenas de kilómetros. Iba en bicicleta todos los días. En temporada seca se abrasaba de calor. Cuando llovía, se empapaba. Todo eso lo afrontó sin quejarse.
Azalea tomó aire; la voz se le hacía cada vez más tenue. —Cuando Mami entró a la preparatoria, Jazmín decidió irse a trabajar al extranjero. Dijo que quería que yo tuviera una vida mejor.
A lo lejos, Enzo permanecía inmóvil. Los ojos fijos en la tumba de Jazmín, los oídos aguzados captando cada palabra. Conocía parte de esa historia, pero nunca la había escuchado desde la perspectiva de Azalea: una perspectiva mucho más dolorosa.
—En Alemania —continuó Azalea—, Jazmín conoció al papá de ustedes.
Enzo no se movió. Se le apretó la mandíbula, pero siguió quieto.
—Su mamá se casó por amor —dijo Azalea con honestidad—. Fue feliz. Y ustedes nacieron de esa felicidad.
Elora agachó la cabeza. —Pelo Mami se fue...
Azalea abrazó a Elora con fuerza. —Sí. Dios quiso llevarse a Jazmín.
Se volvió hacia la lápida; la voz le temblaba intensamente. —Jazmín se fue demasiado pronto. Los dejó a ustedes y dejó una herida enorme.
Erza se limpió los ojos. —Mami, gracias por querernos.
Aquella frase golpeó a Azalea más que cualquier otra cosa. Abrazó a los dos al mismo tiempo; las lágrimas le corrían sin freno.
—Los quiero no por obligación —les susurró Azalea—. Sino porque ustedes son parte de Jazmín. Y porque Dios los puso en mis manos.
Detrás de ellos, Enzo se acercó por fin. Se colocó al lado de Azalea, inclinó la cabeza y rezó en silencio. El rostro tranquilo, pero los ojos enrojecidos de arrepentimiento, de pérdida y de gratitud, todo revuelto en uno.
Perdóname, Jazmín, pensó Enzo. Lamento mis errores, que reconocí demasiado tarde. Por eso todo esto ocurrió.
Enzo observó a Erza y a Elora: los niños que antes estaban llenos de rabia, que eran tercos y rebeldes. Ahora estaban sentados en calma, rezando con las manos alzadas, los labios suaves.
Después miró a Azalea. La mujer que no los trajo al mundo, pero que les devolvió el alma.
Aquella visita al cementerio no fue solo un acto de memoria. Fue un acto de amor que cambia de manos sin menguar jamás.