Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 9: La mañana después
La luz del sol se filtraba suavemente a través de las cortinas de la cabaña cuando Natalia abrió los ojos. Un fuerte dolor de cabeza la golpeó de inmediato, como si alguien estuviera martillando dentro de su cráneo. Gimió bajito y se llevó una mano a la frente.
Intentó incorporarse, pero una náusea violenta la obligó a correr al baño. Se arrodilló frente al inodoro y vomitó de nuevo, aunque ya casi no le quedaba nada en el estómago. Cuando terminó, se sentó en el suelo frío del baño durante unos minutos, respirando agitada.
Los recuerdos de la noche anterior llegaron de golpe, claros y sin piedad.
La fiesta. Las copas. Lindsay y Steven besándose. Ella bebiendo sin control. Alejandro apareciendo en la oscuridad. Sus besos. Sus manos. El dolor inicial… y luego el placer. Su cuerpo desnudo bajo el de él. Sus gemidos. Él entrando en ella. Su calor derramándose dentro.
Natalia se sonrojó intensamente y se cubrió el rostro con las manos.
—Dios mío… —susurró—. Realmente lo hice.
Se levantó con dificultad, aún vestida solo con la camisa blanca enorme de Alejandro, que le llegaba casi a las rodillas. Salió del baño y lo encontró en la pequeña sala de la cabaña. Alejandro estaba de pie junto a la encimera, sosteniendo un vaso de jugo de naranja recién exprimido. Llevaba pantalones oscuros y una camiseta negra ajustada. Su expresión era seria, casi tensa.
—Buenos días —dijo él con voz grave—. Toma esto. Te ayudará con la resaca.
Natalia se acercó lentamente y tomó el vaso. Bebió un sorbo pequeño, sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos.
—Gracias… —murmuró.
Se hizo un silencio incómodo. Alejandro se pasó una mano por el cabello negro, claramente buscando las palabras correctas.
—Natalia… sobre lo de anoche… —comenzó, pero se detuvo. No sabía cómo continuar. Era la primera vez que se sentía tan inseguro frente a alguien—. Estabas muy ebria. Yo… no debí dejar que llegara tan lejos. Lo siento si…
Natalia levantó la mirada por fin. Sus ojos azules aún estaban un poco hinchados por la resaca y las lágrimas de la noche anterior.
—No —lo interrumpió con suavidad pero firmeza—. No te disculpes. Yo fui quien te buscó. Yo te pedí que me hicieras tuya. Y… no me arrepiento de nada, Alejandro.
Él la miró sorprendido, con sus ojos verdes clavados en ella.
—¿De verdad no te arrepientes?
Natalia negó con la cabeza, aunque sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Fue… intenso. Y dolió al principio, pero después se sintió bien. Muy bien. Fue mi primera vez y… no la cambiaría. Pero —bajó la mirada al vaso— no puede volver a pasar. Tú eres el socio de mi padre. Esto complicaría todo. Además, seguro pronto regresarás a Italia, ¿verdad? No quiero que esto se convierta en un problema para ti… ni para mí.
Alejandro apretó la mandíbula. Quería decir muchas cosas, pero se contuvo. Finalmente asintió con seriedad.
—Tienes razón. Fue un error. Un error hermoso, pero error al fin. No volverá a repetirse.
El silencio volvió a caer entre ellos, pesado y cargado de cosas no dichas.
Natalia terminó el jugo y dejó el vaso sobre la mesa.
—Debo irme antes de que mis padres se den cuenta de que no dormí en casa —dijo, buscando su vestido negro del suelo.
Se cambió rápidamente en el baño, aunque la ropa de la noche anterior se sentía arrugada y fuera de lugar a plena luz del día. Cuando salió, Alejandro la esperaba junto a la puerta.
—Ten cuidado —le dijo en voz baja.
Natalia solo asintió y salió de la cabaña sin mirar atrás.
Al entrar a la mansión principal, su corazón latía con fuerza. Su madre Clara estaba en la cocina preparando el desayuno.
—Buenos días, mamá —saludó Natalia, intentando sonar normal.
Clara se giró y la miró con sorpresa.
—Natalia, ¿dónde estabas? Anoche no te escuché llegar.
—Me quedé a dormir en casa de Eloise —mintió Natalia con una sonrisa forzada—. Estuvimos estudiando para un examen y se nos hizo muy tarde. Lo siento por no avisar.
Clara frunció el ceño ligeramente, pero terminó aceptando la explicación.
—Está bien, pero la próxima vez avísanos. Tu padre estaba preocupado.
—Claro, mamá. Subiré a ducharme.
Natalia subió las escaleras casi corriendo y se encerró en su habitación. Apenas cerró la puerta, sacó su teléfono y marcó el número de Eloise.
Su amiga contestó al tercer timbre, con voz somnolienta.
—¿Nat? ¿Estás bien? ¿Cómo amaneciste?
Natalia se dejó caer sobre la cama y soltó un largo suspiro.
—Eloise… necesito que me cubras. Si mis papás te preguntan, di que me quedé a dormir en tu casa anoche, ¿sí? Por favor.
—Hecho. Pero cuéntame todo. ¿Cómo te sientes? ¿Qué pasó después de que te dejé con ese tal Alejandro?
Natalia se mordió el labio, nerviosa.
—Eloise… me acosté con él.
Hubo un segundo de silencio absoluto al otro lado de la línea.
—¡¿Qué?! —exclamó Eloise, ahora completamente despierta—. ¿Con el socio de tu papá? ¿El guapo de ojos verdes? ¡Natalia Harrison! ¿Estás hablando en serio?
—Sí… —Natalia se tapó la cara con la mano libre, avergonzada pero también con una extraña sonrisa—. Estaba muy borracha, pero recuerdo todo. Lo besé yo primero. Le pedí que me hiciera suya. Y… lo hicimos. Fue mi primera vez, Eloise.
—¡Madre mía! —Eloise soltó una risa nerviosa—. ¿Y cómo fue? ¿Te dolió? ¿Él fue bueno contigo?
—Dolió al principio… porque soy virgen, bueno, era. Pero después se sintió increíble. Él fue cuidadoso, aunque también intenso. Me puso una de sus camisas para dormir… —Natalia suspiró—. Pero ya le dije que no puede volver a pasar. Él es el socio de mi papá y seguramente se va pronto a Italia. No quiero complicar las cosas.
Eloise se quedó callada un momento antes de hablar con tono bromista pero preocupado:
—O sea que la niña buena y obediente por fin se soltó… y nada menos que con un hombre mayor, guapo y peligroso. Estoy orgullosa y asustada al mismo tiempo. Pero Nat, ten cuidado. Esto puede terminar muy mal si tus padres se enteran.
—Lo sé… —susurró Natalia—. Por eso necesito que me cubras. Y oye… —añadió con tono juguetón— te reclamo en broma, ¿eh? Me dejaste beber como loca. Si no hubieras llamado al chofer, tal vez nada de esto habría pasado.
Eloise soltó una carcajada.
—¡Claro, échame la culpa a mí! Tú fuiste la que decidió ahogar las penas en vodka. Pero en serio, Nat… ¿estás bien? ¿No te arrepientes?
Natalia se quedó mirando el techo de su habitación, recordando los ojos verdes de Alejandro y la forma en que la había tocado.
—No me arrepiento… pero tengo miedo de lo que pueda pasar ahora.
En la cabaña de invitados, Alejandro estaba de pie frente a la ventana, mirando hacia la mansión con expresión pensativa. Todavía podía sentir el aroma de Natalia en las sábanas.
—Esto se va a complicar… —murmuró para sí mismo.