Después de dos años viviendo un amor que creía verdadero, Yasemin ve su mundo desmoronarse al descubrir que nunca fue más que una sustituta. Herida y sin mirar atrás, toma una decisión que cambiará por completo su destino: regresar a casa… y aceptar el matrimonio arreglado que alguna vez rechazó.
Lo que nadie sabe es que Yasemin no es solo otra mujer con el corazón roto.
Es la heredera de un imperio.
Criada entre Londres, Milán, Tokio y Zúrich, preparada para liderar y dominar el juego del poder, Yasemin eligió el amor —y pagó un precio muy alto por ello. Ahora, decidida a no volver a ser subestimada, está lista para ocupar el lugar que siempre le correspondió.
Pero el pasado no desaparece tan fácilmente.
Cuando Vicent se cruza de nuevo en su camino, ya no encuentra a la mujer que dejó atrás… sino a alguien a quien ya no puede controlar. Al mismo tiempo, un poderoso y enigmático italiano surge de las sombras, interesado no solo en el apellido que lleva Yasemin, sino en la mujer en la que se está convirtiendo.
Entre secretos, poder, venganza y sentimientos no resueltos, Yasemin tendrá que decidir:
hasta dónde está dispuesta a llegar para no volver a ser rota jamás.
Y si aún queda espacio para el amor… después de todo.
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Capítulo 7
Yasemin extendió la mano y tomó un vaso de jugo de la mesa junto al sofá.
Levantó el vaso despacio y dio un pequeño sorbo, como si nada a su alrededor fuera lo suficientemente importante para apresurarla.
Después miró alrededor del salón.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
— ¿Qué pasa? —preguntó con naturalidad—. ¿Por qué me miran así?
La reacción fue inmediata.
Las personas desviaron la mirada casi al mismo tiempo.
Algunas volvieron a beber sus tragos.
Otras fingieron estar concentradas en conversaciones al azar.
Risas artificiales surgieron aquí y allá.
Todos actuaban como si absolutamente nada hubiera pasado.
Como si Vicent no acabara de salir corriendo detrás de otra mujer delante de todos.
💭 Yasemin
Qué curioso…
Hasta ahora nadie se ha dado cuenta.
Quien acaba de perder a alguien fue Vicent.
Ella dio otro sorbo al jugo.
El líquido dulce bajó por su garganta, pero no refrescó. Parecía beber hiel, porque el jugo dulce en realidad se había vuelto amargo. Porque por dentro estaba sangrando.
Durante dos años, Yasemin siempre creyó conocer a Vicent.
En el recuerdo que guardaba de él, era un hombre frío, distante y extremadamente controlador.
Un hombre que rara vez mostraba emociones. Pero cuando lo hacía, era simplemente perfecto.
Pero esa noche había visto algo diferente. Una versión de él que nunca se había mostrado ante ella.
💭 Yasemin
Así que es así como ama.
Sin cuestionar, sin controlarse y sin medir las consecuencias.
Intensamente.
Pero no era por mí.
Cuando terminó el jugo, Yasemin dejó el vaso sobre la mesa.
Se levantó.
Caminó con calma hacia el baño del salón.
Sus pasos eran tranquilos, casi demasiado elegantes para alguien que acababa de ser humillada en público.
En cuanto abrió la puerta, escuchó voces.
Algunas chicas estaban reunidas cerca del lavabo. Conversaban animadamente.
O mejor dicho, comentaban el espectáculo que acababa de ocurrir.
— Vicent enloqueció hoy.
— Yo nunca lo había visto así.
— Simplemente dejó a su novia aquí y salió corriendo detrás de Summer.
— Eso ya lo dice todo, ¿no?
Otra chica soltó una risa corta.
— Claro que sí. Él se preocupa mucho más por Summer.
— ¿Vieron la cara que puso cuando ella iba a besar a Ricardo?
— Parecía que iba a matar a alguien.
— Fue aterrador.
— La novia se quedó ahí… calladita.
— Qué humillación.
— Hasta me da lástima.
— ¿Lástima? —respondió otra, con una sonrisa cruel—. Ella solo es una idiota cornuda.
Yasemin se detuvo cerca de la puerta. Su respiración se hizo más lenta. Pero no había lágrimas. Había un leve temblor y silencio.
— Escuché a Vicent hablar de eso una vez en el club.
— ¿En serio?
— Sí.
— Dijeron que Yasemin se parece mucho a Summer.
— Ahora todo tiene sentido.
— Dudo que esa relación dure mucho.
— Hasta un ciego se da cuenta de que Vicent ama a Summer.
La última frase quedó suspendida en el aire.
Porque en el espejo apareció el reflejo de Yasemin.
Ella estaba parada detrás de ellas.
Observando en silencio.
La chica que hablaba tragó en seco. Las otras dos también se dieron cuenta.
La vergüenza se apoderó del ambiente.
Sin decir nada más, agacharon la cabeza y salieron rápidamente del baño.
La puerta se cerró. El silencio regresó.
Yasemin caminó lentamente hasta el lavabo.
Abrió la llave.
El agua corrió fría entre sus dedos.
Se lavó las manos con calma.
Sin prisa.
💭 Yasemin
Sí.
Tienen razón.
Esta relación realmente se acabó.
Pero no sería Vicent quien tomara esa decisión.
Sería ella.
Porque en ese momento, por primera vez, se dio cuenta de algo que le tomó dos años entender.
Ya no lo amaba de la misma manera. El dolor que sentía era de pura frustración por haber sido engañada y no haberse dado cuenta.
Cuando Yasemin volvió a la casa que compartía con Vicent en Chicago, ya eran casi las once de la noche.
La ciudad estaba en silencio.
La iluminación de los edificios se reflejaba en las ventanas del apartamento.
Entró sin hacer ruido.
Se dio un baño largo.
Dejó que el agua caliente cayera sobre sus hombros como si estuviera lavando no solo el cansancio del cuerpo, sino también los últimos vestigios de esa relación.
Después se acostó.
Y se quedó dormida casi de inmediato.
El sueño llegó pesado.
Sin sueños.
Sin recuerdos.
Vicent volvió recién al día siguiente.
Ya pasaba de media tarde cuando entró al apartamento.
Al abrir la puerta del cuarto se detuvo abruptamente.
Una maleta abierta estaba sobre la cama.
Ropa y zapatos esparcidos.
Y varias cajas abiertas.
Objetos organizados en pequeñas pilas.
Su expresión se llenó de confusión.
— ¿Qué estás haciendo?
Yasemin apareció de detrás del armario.
Lo miró con tranquilidad.
— Volviste.
Hizo una pequeña pausa.
Después habló con naturalidad.
— Voy a volver a mi ciudad por un tiempo.
A mi ciudad natal.
Durante dos años ella vivió en esa casa.
Tenía muchas cosas ahí.
Ropa.
Zapatos.
Diversos objetos y muchos recuerdos.
Alguna ropa podía quedarse.
Otra podía donarse.
Pero lo esencial se lo llevaría.
Porque cuando se fuera no dejaría nada que fuera realmente suyo atrás.
Mientras hablaba, la mirada de Yasemin subió involuntariamente y se detuvo en el cuello de Vicent. Había una marca roja.
Pequeña. Pero imposible de ignorar. Por un segundo, Yasemin se quedó helada.
Después desvió la mirada como si no hubiera visto nada. Porque, en realidad, ya no importaba.
💭 Yasemin
Entonces pasó la noche con ella.
Claro que la pasó.
Pero eso ya no importa.
Ya no cambia absolutamente nada.
Vicent escuchó todo en silencio. Y cuando se dio cuenta de que ella realmente pretendía irse, su rostro se endureció y frunció lentamente el ceño.
💭 Vicent
¿Irse?
¿A Londres?
¿Por qué? Ella nunca va ni habla de su casa.
¿Por qué ahora?
¿Por qué de repente, por qué esto me molesta?
Finalmente habló.
— ¿Por qué, de repente, quieres volver a tu ciudad? —preguntó, observándola con atención—. ¿Todavía estás enojada por lo que pasó ayer? ¿Vas a volver para evitarme?
Su voz parecía calmada.
Pero había impaciencia escondida ahí.
Yasemin siguió doblando una blusa sobre la cama antes de responder.
Sus movimientos eran lentos.
Demasiado cuidadosos.
Como si cada doblez de la ropa la ayudara a organizar también sus propios pensamientos.
— No… no es eso —respondió finalmente, sin levantar la mirada—. Solo extraño a mi papá. Quiero verlo.
La respuesta fue simple y natural.
Pero para Vicent esas palabras tuvieron un efecto inmediato, pues sus músculos tensos se relajaron.
Soltó un pequeño suspiro.
Como si acabara de librarse de una preocupación.
— Entiendo —respondió—. Está bien que vuelvas a ver a tu padre.
Durante los últimos dos años, Yasemin nunca había vuelto a Londres.
Ni siquiera en las fechas más importantes.
Navidad.
Año Nuevo.
Mientras muchas personas viajaban para estar con sus familias, Yasemin siempre pasaba esas fechas sola.
Vicent nunca la acompañaba.
Nunca podía.
No podía simplemente abandonar a su familia para pasar esas fechas con ella.
Mucho menos llevarla a la casa de los Constantini.
Eso era imposible. Así que celebraban un día antes o un día después e intercambiaban regalos.
Él conocía muy bien la reacción de su madre; la señora Lucía Constantini jamás aceptaría a una chica como Yasemin.
Una chica sin apellido de peso, sin familia influyente y sin posición social.
Para los Constantini, la tradición y el estatus eran innegociables.
Después de algunos segundos en silencio, Vicent volvió a hablar.
— Solo que últimamente estoy muy ocupado —dijo en tono práctico—. No voy a poder acompañarte hasta tu ciudad.
Cruzó los brazos.
— ¿Cuándo es tu vuelo? Puedo mandar al chofer a llevarte al aeropuerto.
Mientras él hablaba, Yasemin elegía algunas prendas del armario.
Piezas que realmente le gustaban, y las colocó sobre la cama. Empezó a doblarlas cuidadosamente antes de meterlas en la maleta.
— No te preocupes —respondió con tranquilidad—. Yo puedo pedir un auto.
Cerró una de las maletas.
— Ya tengo a alguien que puede llevarme.
💭 Vicent
¿Alguien?
¿Quién?
¿A quién conoce ella en Chicago además de mí?
Y, por primera vez desde que entró al cuarto, Vicent empezó a sentir algo extraño. Una pequeña incomodidad.
Como si algo se le estuviera escapando de las manos.
¿Pero qué?