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Alma De Esmeralda

Alma De Esmeralda

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Mujer poderosa
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Delenis Valdés Cabrera

"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?

NovelToon tiene autorización de Delenis Valdés Cabrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

La llegada a la isla no fue menos traumática que el viaje en el barco. El helicóptero privado de Renzo Cavalli aterrizó en una pista iluminada por antorchas que daban a la propiedad un aspecto de templo pagano. Mía, con las manos aún atadas por esa seda roja que se sentía como una quemadura constante, fue escoltada por dos hombres de traje oscuro. No eran los típicos matones de barrio; estos eran profesionales, máquinas de matar que ni siquiera la miraban a los ojos.

—Camina, gatita —murmuró Renzo detrás de ella. Su voz era lo único que lograba sacarla de su estupor—. No querrás que te lleve cargada. Mis hombres tienen órdenes de no tocarte, pero yo no tengo ninguna restricción.

Mía se detuvo en seco y lo miró por encima del hombro. El viento del helicóptero despeinaba su cabello, dándole un aire salvaje.

—Preferiría que me tiraras por el acantilado antes de dar un paso más en tu propiedad.

Renzo no se inmutó. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Mía tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Él metió una mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una navaja de plata, pequeña y exquisita. Con un movimiento rápido, pasó la hoja por el cuello de la camiseta de Mía, apenas rozando la piel.

—Esa ropa apesta a miedo y a gasolina —dijo él, mientras el tejido se rasgaba con un siseo—. En mi casa, no entrarás pareciendo una huérfana. O caminas, o te desnudo aquí mismo, frente a mis hombres y bajo la luna. Tú decides cuánta dignidad quieres conservar esta noche.

Mía apretó los dientes tanto que le dolió la mandíbula. El brillo de lujuria en los ojos de Renzo era evidente; él deseaba que ella dijera que no. Deseaba tener una excusa para arrancarle la ropa. Con un gruñido de pura rabia, Mía reemprendió la marcha hacia la gigantesca estructura de mármol negro.

Al entrar, el lujo la abofeteó. Suelos de obsidiana, obras de arte que probablemente valían más que todo su barrio, y un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el eco de sus pasos. Renzo la guió hasta un ala de la mansión que parecía una fortaleza dentro de otra.

—Este será tu mundo —dijo Renzo, abriendo una puerta doble de madera tallada—. Tu habitación, tu vestidor, tu baño. Tienes todo lo que una mujer podría soñar.

—No soy una mujer, Cavalli. Soy una prisionera a la que compraste como si fuera un coche usado —replicó ella, entrando en la habitación. Era enorme, con una cama con dosel que parecía un altar al pecado—. ¿Y qué se supone que haga aquí? ¿Sentarme a esperar a que decidas cuándo usarme?

Renzo cerró la puerta tras de sí y caminó hacia ella. El sonido de la cerradura electrónica activándose fue como un disparo en la habitación. Mía retrocedió hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama.

—No eres un coche usado, Mía —dijo él, su voz bajando a un susurro peligroso. Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Eres una inversión a largo plazo. Y me gusta cuidar mis inversiones. Pero tienes razón en algo... voy a usarte. Pero no hoy. Hoy estás demasiado llena de odio, y yo quiero que cuando te entregues, sea porque tu cuerpo no pueda soportar un segundo más sin mi toque.

Renzo extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, desató el nudo de seda de sus muñecas. La piel de Mía estaba roja y sensible. Él no soltó sus manos; las mantuvo sujetas con una sola de las suyas, elevándolas por encima de la cabeza de ella contra el poste de la cama.

—Mírame —ordenó él.

Mía lo hizo. Sus ojos verdes estaban empañados por la furia, pero también por una chispa de traición de su propio cuerpo: su respiración se había vuelto errática. Renzo bajó la cabeza, su nariz rozando la de ella. Podía oler su perfume, una mezcla de tabaco, whisky y algo puramente masculino que la mareaba.

—Te he dejado un vestido en el baño —continuó Renzo, sus labios rozando la oreja de ella, enviando escalofríos por toda su columna—. Báñate. Quita cada rastro de tu vida anterior de tu piel. Quiero que huelas a mí. Si cuando regrese en una hora no estás lista, usaré mis propias manos para restregarte el jabón. Y te aseguro, pequeña insolente, que no seré delicado.

Él soltó sus manos y retrocedió, dándole una última mirada posesiva que recorrió su cuerpo como si ya la estuviera desnudando.

—Ah, y una cosa más —añadió Renzo antes de salir—. No intentes usar los cristales para cortarte o para atacarme. Son blindados. Aquí, incluso tu dolor me pertenece.

Renzo salió de la habitación, dejando a Mía temblando, no de miedo, sino de una rabia impotente mezclada con una tensión sexual tan oscura que la hacía sentir sucia. Se giró hacia el baño de mármol blanco, donde una tina gigante ya estaba llena de agua caliente y sales que olían a rosas y sangre.

Mía se miró en el espejo. Estaba despeinada, con la camiseta rota por la navaja de Renzo, mostrando el inicio de sus pechos. Se tocó el cuello, donde el frío del metal había estado hace un momento.

—Disfruta mientras puedas, Cavalli —susurró ella al espejo—. Porque voy a convertir este palacio en tu propio infierno.

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Elena Yobany Santacruz Alejandria
jjjajaja te desafía cavalli ...🤭🤭es una pequeña diablilla..
Elena Yobany Santacruz Alejandria
waooo una guerra de seducción..hermosa... excelente escritora.
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