Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 17 Destierro
Irina se enteró por Kira.
Estaba caminando por el pasillo —la caminata de las nueve, como Catalina la llamaba, como si fuera un evento de agenda y no una tortura disfrazada de rehabilitación— cuando lo sintió. Un tirón en el pecho. No de dolor. De anticipación. Kira se erizó dentro de ella como un gato al que le pisan la cola.
¿Qué pasa?, preguntó Irina.
Huelo serpientes, dijo Kira. Las Vólkov se están moviendo.
Irina se detuvo en el pasillo. Escuchó voces viniendo del salón del trono. Una de ellas era la de su padre.
No lo pensó. Caminó hasta las puertas del salón, que estaban entreabiertas, y se asomó.
Theron estaba de pie frente al trono. No sentado. De pie. Lo cual significaba que no estaba recibiendo a nadie. Estaba echando a alguien.
Viktor y Astrid estaban frente a él. Viktor con su traje arrugado después de días de confinamiento y esa expresión de indignación contenida que usan los hombres poderosos cuando alguien les recuerda que no lo son tanto. Astrid a su lado, pálida, sin maquillaje por primera vez desde que Irina tenía memoria, con los ojos hinchados y el pelo platinado recogido a las apuradas.
—No puedes hacer esto —decía Viktor—. Tenemos un acuerdo firmado. Un pacto de sangre. Si nos echas, rompes el tratado y...
—El tratado se mantiene —cortó Theron con esa voz que no necesitaba volumen para aplastar—. Las tierras son tuyas. El dinero es tuyo. Irina se queda. Pero tú y tu hija se van de mi territorio antes de que caiga la noche.
—¿Sin juicio? ¿Sin pruebas? ¿Así, por decreto?
—Así, por decreto. Soy el rey. Puedo.
—¡Esto es una injusticia!
Theron dio un paso hacia Viktor. Solo uno. Pero fue suficiente para que el Alfa Vólkov retrocediera medio paso por instinto.
—¿Injusticia? —La palabra le salió como un trozo de vidrio—. Tu hija fue secuestrada de mi castillo. Torturada por brujas. Le extrajeron esencia vital hasta casi matarla. Una sirvienta que participó murió con un sello de brujería en el cuello antes de revelar quién la mandó. Y la única persona en este castillo con motivo, oportunidad y acceso a magia oscura es la que está parada a tu derecha fingiendo que no sabe de qué hablo.
Astrid abrió la boca.
—Yo no tuve nada que...
—No he terminado —dijo Theron sin mirarla—. No tengo pruebas. Todavía. Y es la única razón por la que tu hija sigue respirando. Pero mi paciencia tiene un límite y lo cruzaron hace cinco días cuando encontré la cama de Irina vacía y las cadenas de plata en un sótano de brujas. Así que van a tomar sus cosas, van a subirse a la camioneta que Ezra les tiene preparada, y van a salir de mi territorio. Hoy.
Viktor apretó la mandíbula. Miró a Theron buscando una grieta, una duda, algo que pudiera usar. No encontró nada.
—¿Y las manadas aliadas? —intentó—. Cuando se enteren de que echaste al linaje Vólkov sin pruebas, van a...
—Van a enterarse de que una ofrenda fue secuestrada y torturada bajo mi techo mientras los Vólkov dormían cómodamente a tres pasillos de distancia. ¿Quieres que esa sea la historia que cuente, Viktor? Porque puedo contarla con mucho detalle.
Silencio.
Irina empujó la puerta y entró.
Los tres giraron. Theron la miró con una expresión que decía no deberías estar aquí. Irina le devolvió una que decía desde cuándo hago lo que debería.
—Irina —dijo Viktor, y tuvo la audacia de sonar como un padre preocupado—. Hija, dile al rey que esto es un malentendido. Tu hermana y yo solo queremos...
—No me llames hija.
La frase cayó como un bloque de hielo. Viktor cerró la boca.
—Me vendiste en una fiesta delante de doscientas personas —dijo Irina, caminando hacia él con pasos que todavía le dolían pero que no iba a dejar que temblaran—. No te despediste cuando me fui. No preguntaste si llegué viva. Viniste a cobrar con una sonrisa. Y ahora me llamas hija porque necesitas que te salve. ¿Así funciona tu paternidad? ¿Solo existo cuando te sirvo para algo?
Viktor no respondió.
Irina miró a Astrid. Su hermana la miraba desde detrás de su padre con esos ojos azules que el mundo adoraba y que Irina conocía vacíos.
—¿Y tú? ¿No tienes nada que decir? ¿Ningún consejo de hermana? ¿Ningún hermanita, qué bien te ves?
Astrid apretó los labios. Por primera vez en su vida, no tenía respuesta preparada. El vestido blanco manchado de saliva de la bestia, la pared explotando a centímetros de su cabeza, los colmillos a un centímetro de su garganta: esas imágenes le habían borrado el libreto.
—Yo no hice nada —dijo Astrid, pero la voz le salió sin fuerza.
—Puede ser —dijo Irina—. O puede que hayas hecho todo y simplemente seas lo suficientemente lista para no dejar pruebas. De cualquier forma, ya no me importa. Lo que me importa es que te vayas de este castillo y no vuelvas.
—¿Tú me estás echando a mí? —Algo del viejo fuego de Astrid asomó—. ¿Una omega que hace un mes fregaba platos me está echando a mí?
—Una omega que sobrevivió a cadenas de plata y tres brujas te está diciendo que se largue. Sí. Eso está pasando.
Astrid la miró. Irina le sostuvo la mirada. Y por primera vez, Astrid fue la que apartó los ojos.
Catalina apareció en la puerta lateral del salón. Nadie la había visto llegar. Nadie la veía nunca llegar.
—La camioneta está lista —dijo con la tranquilidad de quien anuncia que el té está servido—. Ezra los acompañará hasta la frontera del territorio. Después están solos.
—¿Solos? —Viktor giró hacia ella—. ¿Sin escolta? ¿Sin protección? Hay forajidos en las rutas, manadas hostiles...
—Qué lástima —dijo Catalina—. Deberían haber pensado en eso antes de morder la mano que los alimentaba.
Viktor la miró con un odio que no se molestó en disfrazar. Después miró a Theron. Después a Irina. Tres personas que le estaban cerrando la puerta en la cara y ninguna iba a cambiar de opinión.
—Vámonos, Astrid —dijo, agarrando a su hija del brazo.
Caminaron hacia la puerta. Irina los miró pasar. Cuando Astrid pasó a su lado, se detuvo. Se acercó a su oído.
—Esto no ha terminado —susurró.
—Lo sé —respondió Irina en el mismo tono—. Pero la próxima vez que vengas por mí, no voy a estar encadenada. Y Kira tiene muy buena memoria.
Astrid salió del salón. Los tacones resonaron por el pasillo, cada vez más lejos, hasta que el sonido se perdió y lo que quedó fue silencio.
Irina se quedó mirando la puerta. Le temblaban las piernas. No de miedo. De agotamiento, de rabia procesada, de algo parecido al cierre que no terminaba de cerrarse.
Catalina se acercó y se puso a su lado.
—Bien hecho —dijo.
—No se sintió bien.
—Las cosas correctas rara vez se sienten bien. Pero se sienten necesarias.
Desde la ventana del salón vieron la camioneta salir del patio del castillo. Viktor adelante con Ezra. Astrid atrás, mirando por la ventana trasera hacia el castillo con una expresión que Irina conocía demasiado bien.
No era derrota.
Era promesa.
—Volverá —dijo Irina.
—Lo sé —dijo Catalina—. Las serpientes siempre vuelven.
—¿Y qué hacemos?
—Prepararnos. —Catalina le puso una mano en el hombro. Un gesto breve, firme, que pesaba más que un abrazo—. Pero hoy, descansa. Te lo ganaste.
Se fue. Irina se quedó sola en el salón, mirando la camioneta desaparecer por el camino de montaña.
¿Kira?
¿Sí?
¿Crees que hice bien?
Creo que la dejaste ir cuando podías haberla destrozado. Eso te hace mejor persona que ella. Y más estúpida. Pero mejor.
Gracias por el voto de confianza.
Para eso estoy.
Irina sonrió. Le dolía todo. Pero sonrió.
Theron apareció a su lado. No dijo nada. Solo se quedó de pie junto a ella, mirando la ventana, con el hombro casi rozando el suyo.
Casi.
—Gracias —dijo Irina sin mirarlo.
—¿Por qué?
—Por creerme. Por echarlos. Por no pedirme pruebas.
—No necesito pruebas. Necesito que estés viva. El resto es secundario.
Irina giró la cabeza. Lo miró. Él la miró.
—Estás mejorando con las palabras —dijo ella.
—Tengo buena maestra. Me insulta cada mañana y me obliga a ser mejor persona.
—Eso suena a Catalina.
—Suena a ti.
Kira, cállate antes de que digas algo.
No iba a decir nada. Solo iba a ronronear.
Es lo mismo.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA