Sandra, una joven diseñadora floral con un pasado que la persigue, se aferra a la idea de reencontrarse con Guillermo, su primer amor. La vida los separó abruptamente años atrás, dejándola con un vacío y preguntas sin respuesta. Ahora, el destino los cruza de nuevo en la vibrante escena artística de la ciudad. Guillermo, un exitoso arquitecto, carga con sus propias cicatrices y la culpa de una partida inesperada. A medida que sus caminos se entrelazan, el deseo de revivir su pasión es innegable.
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Capitulo 3
El primer impulso de Sandra, al despertar a la mañana siguiente, fue llamar a Leondra. Las horas de insomnio, plagadas de recuerdos y preguntas, la habían dejado exhausta y con una necesidad urgente de desahogarse. Marcó el número de su mejor amiga antes de siquiera preparar el café.
"¡Dime que no estoy soñando y que anoche no te encontraste con el fantasma de tu primer amor!", exclamó Leondra al contestar, su voz animada y ya familiar. Apenas Sandra había podido balbucear un "hola". La amistad de años les había dado una telepatía casi mágica.
"No, no estás soñando, Leondra", respondió Sandra, su voz aún ronca por la falta de sueño. "Fue real. Estaba allí. Guillermo."
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, algo inusual en la siempre parlanchina Leondra. "Santo cielo, Sandra. ¿Cómo estás? ¿Qué pasó? ¡Cuenta, cuenta hasta el último detalle!" El tono de Leondra se tornó de inmediato en una mezcla de preocupación genuina y expectación dramática.
Sandra, con el teléfono pegado a la oreja, comenzó a relatar el encuentro en la galería: la silueta familiar, la mirada de sorpresa, el tenso intercambio de palabras, la promesa de una conversación pendiente. No se guardó nada, ni la punzada de dolor, ni la chispa de ira, ni la peligrosa sensación de querer respuestas.
"¿Y te atrevió a decirte 'necesitamos hablar'?", Leondra casi escupió las palabras, indignada. "¡Pero qué cinismo! Después de todos estos años de silencio radiofónico, de esfumarse como un vampiro al amanecer, ¿ahora quiere hablar?"
"Lo sé, es... es absurdo", admitió Sandra, sintiéndose validada por la indignación de su amiga. "Pero, Leondra, lo vi. Y... y sentí tantas cosas. La rabia, claro, pero también... una parte de mí quiere saber."
Leondra suspiró, el sonido de su preocupación resonando a través del auricular. "Mira, mi querida Sandra. Mi primer instinto es decirte que salgas corriendo en la dirección opuesta y no mires atrás. Ese hombre te hizo mucho daño y te costó un mundo volver a armarte."
"Lo sé", interrumpió Sandra, "lo sé perfectamente."
"Pero", continuó Leondra, suavizando un poco su tono, "también te conozco. Y sé que esa pregunta sin respuesta te ha estado carcomiendo por dentro todos estos años. Como una astilla clavada que nunca te sacaste del todo."
Sandra guardó silencio. Leondra siempre la había entendido mejor que nadie. Su amistad era un refugio seguro, un lugar donde podía ser completamente ella misma, vulnerable y fuerte a la vez.
"Entonces, ¿qué hago?", preguntó Sandra, una súplica apenas contenida en su voz.
Leondra hizo una pausa pensativa. "Aquí está mi consejo de amiga que te quiere como a una hermana y que está dispuesta a sacarle los ojos a Guillermo si te vuelve a hacer sufrir", dijo con un matiz amenazante que Sandra reconoció. "Enfréntalo. De una vez por todas. No por él, sino por ti. Porque te mereces esas respuestas. Te mereces la verdad. Y te mereces cerrar ese capítulo de una vez, como sea. Para que puedas seguir adelante sin fantasmas."
"¿Enfrentarlo?", repitió Sandra, la idea sonaba aterradora y liberadora a la vez.
"Sí, enfrentarlo. Con la cabeza bien alta, mi reina. Con esa seguridad que te ha costado años construir. Ve y pregúntale, sin rodeos, por qué te dejó. Exígele la verdad. Y si no te la da, o si no te convence, entonces ya sabes. Bloqueas ese número, borras ese recuerdo de tu disco duro y vives feliz para siempre", concluyó Leondra con su habitual mezcla de dramatismo y sensatez. "Pero no te quedes con la duda, Sandra. Que la duda es peor que cualquier verdad."
Sandra tomó una respiración profunda. Las palabras de Leondra eran un bálsamo y un acicate. Tenía razón. La incertidumbre había sido el veneno lento que había consumido su paz durante años. Tal vez era hora de purgarlo.
"Está bien", dijo Sandra, sintiendo una punzada de nerviosismo y una extraña determinación. "Lo haré. Lo voy a enfrentar."
"Esa es mi chica", dijo Leondra con un tono de orgullo. "Pero con cuidado, ¿eh? Y si el muy... bueno, ya sabes, si intenta pasarse de listo, me llamas. Tengo un bate de béisbol con tu nombre."
Sandra sonrió por primera vez desde el encuentro. Leondra siempre sería su escudo, su voz de la razón y su protectora incondicional. Con su apoyo, tal vez podría reunir el valor para enfrentar no solo a Guillermo, sino también a los fantasmas que él había desenterrado.