Ella renace decidida a cambiar su futuro, sin perder su sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Herederos Dempster
Cuando se acercaban los días del parto, todo en el ducado cambió.
El duque ya no negociaba.
Ya no administraba.
Ya no recibía visitas.
Todo… absolutamente todo fue cancelado.
—Nada es más importante que ella.
Y lo decía en serio.
Rebecca prácticamente fue “secuestrada” por su propio esposo otra vez, pero esta vez sin escapatoria.. descanso, cuidados, vigilancia constante.
Amber, por primera vez en mucho tiempo…
respiró.
[…tengo tiempo]
No demasiado.
Pero lo suficiente.
Y sabía exactamente en qué lo iba a usar.
Sus encuentros con Baxter dejaron de ser breves.
Dejaron de ser solo momentos robados.
Ahora eran… espacios.
Momentos que se extendían.
Que se buscaban.
Que se esperaban.
Y la intensidad… creció con ello.
Había algo distinto en la forma en que se tocaban ahora.
Menos duda.
Más necesidad.
Más reconocimiento del otro.
Como si cada encuentro fuera una continuación del anterior.
Como si no quisieran soltar ese hilo que los unía.
Una tarde, en una de las salas menos transitadas del ala norte, Amber apenas alcanzó a cerrar la puerta cuando sintió la presencia de Baxter detrás.
—Llegó tarde —murmuró él cerca de su oído.
Amber soltó una pequeña risa, sin girarse aún.
—Tengo responsabilidades.
—Y yo paciencia limitada.
Eso fue lo último que dijo antes de girarla suavemente hacia él.
Y besarla.
Esta vez sin pausas.
Sin tanteos.
Un beso profundo, que hablaba más de todo lo acumulado que de un simple impulso.
Amber respondió de inmediato.
Sus manos buscaron apoyo en él, acercándolo más.
[…esto ya no es ligero… esto es otra cosa]
El contacto era más intenso, pero no descontrolado.
Había ritmo.
Había complicidad.
Sus respiraciones se mezclaban, cortándose por momentos, retomándose en otros.
Los silencios entre besos ya no eran incómodos.
Eran… necesarios.
Para mirarse.
Para sentir.
Para volver a acercarse.
A veces hablaban poco.
O nada.
Porque no hacía falta.
El lenguaje entre ellos ya no dependía de palabras.
Un gesto.
Una mirada.
Un leve roce.
Y ambos entendían.
Amber notaba cómo su propio cuerpo reaccionaba antes de que pudiera pensar demasiado.
Cómo su cercanía la desarmaba más rápido de lo que le gustaría admitir.
Y aun así… no se detenía.
[…ya no quiero detenerme]
Pero tampoco se perdía.
Seguía siendo consciente.
Siempre.
De lo que era.
De lo que no era.
Después de esos momentos, el silencio volvía.
Pero no era vacío.
Era lleno.
Cálido.
Como si el tiempo se detuviera un poco antes de volver a la realidad.
Una noche, mientras apoyaba la frente contra la de él, Amber cerró los ojos un instante.. habían estado a punto de entregarse por completo.. a punto de pasar ese limite que marcaria un antes y un despues en su relación..
[…esto es intenso… más de lo que esperaba]
Pero no se arrepentía.
Ni un poco.
Porque aunque sabía que todo tenía un límite… también sabía que lo estaba viviendo plenamente.
Sin mentirse.
Sin exagerarlo.
Solo… sintiéndolo.
Y eso, en el fondo… era lo que hacía que cada encuentro se volviera más profundo.
Más cercano.
Más difícil de ignorar.
El día del parto llegó envuelto en tensión.
No caótica… pero sí intensa.
Todo el ducado parecía contener la respiración.
Amber no se había separado de la duquesa en horas. Revisaba todo, coordinaba, observaba cada detalle con precisión casi obsesiva.
[…todo debe salir bien]
Y, por primera vez en mucho tiempo… no pensaba en nada más.
Días antes, Baxter había hablado con ellas con total naturalidad.
—Si el duque se pone demasiado… intenso, puedo dormirlo.
Amber había tenido que contener una sonrisa.
Rebecca no.
—No te atrevas —había dicho, divertida.
Pero el comentario quedó ahí.
Como una opción.
[…probablemente necesaria]
Sin embargo, cuando llegó el momento… no fue necesario.
El duque estaba ahí.
Cerca.
Pero distinto.
Silencioso.
Contenido.
Sus manos apenas se separaban de Rebecca, pero no interfería.
No daba órdenes.
No se desesperaba.
Solo… estaba.
Completamente enfocado en ella.
—Estoy aquí.
—Respira.
—Todo está bien.
Y Amber, entre una indicación y otra, lo notó.
[…no está mirando nada más]
Ni siquiera cuando el primer llanto llenó la habitación.
Ni cuando el segundo.
Ni cuando el tercero.
Tres vidas.
Tres pequeños cuerpos.
Dos niños.
Una niña.
Todos con esa presencia inconfundible del duque.
Y, según Baxter ya había explicado… con magia.
Pero él no miró.
No de inmediato.
Su atención siguió en Rebecca.
—¿Estás bien?
—¿Te duele?
—¿Necesitas algo?
Solo cuando estuvo completamente seguro… cuando vio que ella respiraba tranquila…
que estaba bien… recién entonces giró.
Y miró a sus hijos.
Por primera vez.
El ambiente cambió.
La tensión se rompió.
Y en su lugar quedó algo más cálido.
Más ligero.
Más… humano.
Amber, que había estado firme todo el tiempo, finalmente exhaló.
[…salió bien]
Miró a la duquesa.
Cansada.
Pero sonriendo.
Y eso… le bastó.
[…valió la pena todo]
Una emoción suave le llenó el pecho.
Porque no era solo trabajo.
Nunca lo había sido del todo.
Y ver a Rebecca así… feliz… completa… la hacía feliz a ella también.
Los días siguientes fueron más tranquilos.
Más suaves.
Llenos de pequeños momentos.
Los bebés.. los herederos Dempster
Las visitas limitadas.
El duque… aún más devoto que antes.
Si eso era posible.
Amber organizaba todo, como siempre.
Pero ahora había una ligereza distinta en el ambiente.
Como si todo hubiera encajado.
Y entonces… lo notó.
No de golpe.
No con una frase.
Sino con una sensación.
[…esto termina]
Baxter.
Su presencia ya no era necesaria de la misma forma.
Su trabajo… estaba hecho.
La duquesa estaba bien.
Los bebés también.
No había urgencia.
No había motivo para que se quedara mucho más.
Amber sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
Apenas.
Pero lo suficiente.
[…claro… esto era así… siempre lo fue]
Sabía esto desde el inicio.
Lo había aceptado.
Lo había elegido.
Pero ahora… no era teoría.
Era real.
Y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Un leve estremecimiento.
Un suspiro que no pudo contener..
Se quedó quieta un momento.
Mirando a lo lejos.
[…ya sabía… solo que ahora…]
Cerró los ojos un segundo.
[…se siente distinto]
Pero no se quebró.
No se arrepintió.
No cambió de idea.
Solo… sintió.
Y eso también era parte de vivirlo.
Como había decidido desde el principio.
Sin ilusiones falsas.
Pero tampoco… sin negar lo que realmente significó.
Raphael sintió los celos por su hija y hay no fue divertido😆😆😆