Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
NovelToon tiene autorización de Lina Garizao para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3
A las seis de la mañana, Valentina ya estaba en la cocina, moviéndose con cuidado para no hacer ruido. Había despertado antes que nadie, animada por la idea de preparar un desayuno especial que hiciera sentir bienvenida a la familia. Había comprado pan recién horneado en la panadería del pueblo, hecho café colombiano como le gustaba a Alejandro, y preparado tostadas con mermelada casera de durazno que su madre le había enviado desde Sevilla.
Cuando doña Elena bajó las escaleras una hora después, encontró la mesa de la cocina cubierta con mantel blanco, platos de porcelana y jarrones con flores silvestres que había recogido en el jardín.
—Buenos días, señora —dijo Valentina, sonriendo mientras servía el café en una taza de porcelana azul—. Preparé un poco de todo, por si querían elegir.
Doña Elena se quedó de pie en la puerta, mirando la mesa con una expresión impasible. Luego se acercó y probó el café con la cuchara, frunciendo el ceño de inmediato.
—El café está demasiado fuerte, Valentina —dijo, dejando la taza sobre la mesa sin tomar más sorbos—. Los Montesinos tomamos el café suave, con muy poca azúcar. Además, las flores silvestres no deben estar en la mesa de la cocina – dan una imagen descuidada.
Valentina sintió cómo se le caía la sonrisa, pero se recuperó rápidamente.
—Lo siento, señora. Mañana prepararé el café más suave y quitaré las flores.
Mientras doña Elena tomaba unas tostadas con mantequilla, Carolina entró en la cocina, estirándose y bostezando.
—¿Has limpiado los platos de ayer? —preguntó Carolina, dirigiéndose directamente al fregadero—. Mi madre dijo que algunos estaban manchados.
Valentina fue a ver lo que ella señalaba. Había dejado unos platos de vidrio secando sobre el escurridor, y efectivamente había algunas marcas de agua en la superficie.
—Creí que estaban bien —murmuró, cogiendo un paño de algodón para limpiarlos de nuevo—. Lo siento, volveré a secarlos con más cuidado.
—Claro que sí —dijo Carolina, sentándose a la mesa y tomando una rebanada de pan—. En esta casa las cosas se hacen bien, o no se hacen.
Después del desayuno, Valentina subió al estudio de Alejandro para ordenar su armario. Había visto que algunas camisas estaban arrugadas y que sus corbatas no estaban bien colocadas en el perchero. Pasó casi dos horas doblando la ropa con cuidado, ordenando los zapatos y limpiando el polvo de los libros que había sobre su escritorio. Cuando terminó, se sintió orgullosa del resultado – todo estaba en su lugar, impecable.
Doña Elena la encontró cuando bajaba las escaleras con un cesto de ropa sucia.
—He estado en el estudio de Alejandro —dijo la madre de su marido, con una voz seria—. Las camisas están bien dobladas, pero las has colocado en el armario de forma incorrecta. Los Montesinos guardamos las camisas de color claro en el lado izquierdo y las oscuras en el derecho. Además, no debes tocar sus libros – algunos son de primera edición y son muy valiosos.
Valentina asintió con la cabeza, sujetando más fuerte el cesto.
—Entendido, señora. Mañana lo arreglo.
Por la tarde, decidió ayudar con el jardín. Había visto que algunas macetas estaban llenas de malas hierbas y que el césped del estanque necesitaba ser cortado. Cogió unas guantes y una azada del cobertizo y pasó horas trabajando bajo el sol, sacando malas hierbas y regando las plantas. Cuando doña Elena salió a tomar el aire, Valentina esperaba una palabra de aliento, pero solo escuchó:
—El jardín sigue sin estar lo suficientemente cuidado, Valentina. Las macetas deben estar alineadas de forma simétrica, y el césped necesita ser cortado con más precisión. Mañana vendrá el jardinero – mejor dejas ese trabajo en manos de profesionales.
Cansada y con las manos llenas de callos, Valentina entró en la casa y se fue a su habitación a cambiarse de ropa. Mientras se quitaba la ropa sucia, se acordó de su antiguo trabajo en la editorial de Sevilla – de cómo pasaba las mañanas leyendo manuscritos, discutiendo con sus compañeros sobre portadas y títulos, sintiéndose útil y valorada. Un impulso la hizo buscar a doña Elena en la sala de estar.
—Señora —dijo, con voz un poco temblorosa—. Quería preguntarle algo. Me gustaría volver a trabajar, quizás en alguna editorial de Madrid. Tengo experiencia en el área, y creo que me haría sentir más... realizada.
Doña Elena levantó la vista del periódico que estaba leyendo y la miró con sorpresa – o quizás con fastidio.
—Trabajar? Valentina, las esposas de los Montesinos no necesitan trabajar —dijo, dejando el periódico sobre el sofá—. Alejandro gana más que suficiente para mantenerte cómodamente. Tu único deber es cuidar de él cuando regrese, mantener la casa en orden y representar bien a nuestra familia en los eventos sociales. Trabajar es para mujeres que no tienen la suerte de estar casadas con hombres exitosos.
Valentina sintió cómo se le encogía el corazón. Quiso explicarle que no se trataba de dinero, que quería hacer algo por sí misma, pero vio la expresión en el rostro de doña Elena y supo que no habría caso.
—Lo entiendo, señora —dijo, bajando la cabeza—. No volveré a mencionarlo.
Al irse a su habitación, se sentó en la cama y cogió su teléfono móvil. Tenía ganas de llamar a Alejandro, de contarle cómo la trataban, de decirle que quería volver a trabajar. Pero luego pensó en lo ocupado que debía estar en Nueva York, en los contratos que tenía que cerrar, y decidió no molestarlo. Se guardó el teléfono en el cajón del tocador y se fue a la cocina a preparar la cena, pensando que si seguía esforzándose, algún día la familia la aceptaría. Por Alejandro, estaría dispuesta a callar cualquier cosa, incluso sus propias aspiraciones.