Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 4
No dejaba de escuchar el disco.
Una y otra vez.
Como si repetir las canciones pudiera traerlo de vuelta. Como si su voz pudiera hacer la distancia menos dolorosa.
—Hija, pon otro disco —dijo mi mamá con suavidad.
Negué apenas.
—Solo… esta última.
Mentí.
Siempre era “la última”.
Tomé el control con las manos temblando. No por frío. Por él.
—Antes de cambiarlo… quiero ver el video.
Nadie respondió. Pero sabía que mis papás entendían.
La pantalla se iluminó.
Y ahí estaba Robert.
Sentado con su guitarra entre las manos. Mirándome como si realmente pudiera verme desde ahí.
“Sé que estás viendo esto…”
Mi respiración se cortó.
“Y sé que estás llorando… porque yo también lloré cuando lo grabé.”
La primera lágrima cayó antes de que pudiera detenerla.
“Tú me cambiaste.”
Cerré los ojos un segundo.
“Yo no tomaba nada en serio. Jugaba con todos… hasta que llegaste tú.”
Mi pecho se apretó.
“Por ti decidí ser alguien mejor.”
El coche quedó completamente en silencio.
Nadie hablaba. Nadie se movía.
“Gracias por todo… esto es para ti.”
Entonces empezó a cantar.
Su voz no era perfecta. Y quizá por eso dolía más.
Porque era real.
La primera canción me quebró.
La segunda terminó de hacerlo.
Cuando pensé que el video había acabado… él volvió a aparecer en pantalla.
“Si estás llorando… tranquila. Yo también lo hice.”
Solté una pequeña risa entre lágrimas.
—Idiota… —susurré.
“Nunca olvides que fui tu primer amor verdadero.”
Sentí el corazón detenerse por un instante.
“Y no te digo adiós… porque sé que el destino va a volver a juntarnos.”
Silencio.
“Mejor… hasta luego, amor.”
La pantalla se apagó.
Pero su voz se quedó conmigo.
Guardé el disco con cuidado. Como si todavía quedara algo de él ahí dentro.
—Te toca manejar, cielo —dijo mi papá.
Asentí y tomé el volante.
Y por primera vez… no tenía miedo de conducir.
Tenía miedo de pensar.
Las horas pasaron entre carretera, música baja y silencios incómodos.
Paramos varias veces para comprar comida, café y bebidas energéticas. Cosas que mantuvieran el cuerpo despierto… aunque el corazón quisiera rendirse.
Tomé una bebida. Luego otra.
Y aun así seguía sintiéndome agotada.
—Cris… —dijo mi papá desde atrás—. ¿Estás bien?
—Sí.
Otra mentira más.
Para distraerme, abrí mi libro. Mi refugio de siempre. El único lugar donde mi cabeza dejaba de doler por un momento.
Leí rápido. Demasiado rápido.
Como si las palabras pudieran callar todo lo que sentía.
—Si quieres apago la música —ofreció mi mamá.
Negué sin apartar la vista de la carretera.
—No… déjala.
Porque el silencio era peor.
Terminé el libro justo antes del siguiente cambio de conductor. Perfecto. O eso intenté creer.
—Descansamos quince minutos y seguimos —recordó mi papá.
Asentí.
Todo estaba planeado. Todo bajo control.
Excepto yo.
Volví a conducir mientras el cielo comenzaba a oscurecer.
Y esta vez… ya no pude sostenerme más.
Las lágrimas empezaron a caer en silencio. Lentas. Constantes.
Porque Robert ya no estaba. Porque no podía llamarlo. Porque no podía regresar.
Mis papás terminaron quedándose dormidos. Y eso me dio permiso para romperme.
Lloré durante kilómetros enteros.
Sin hacer ruido. Sin intentar detenerme.
Porque hay dolores que nadie puede aliviar por ti.
Solo aprender a soportarlos.
—Ya llegamos… —murmuré horas después, con la voz cansada.
Estacioné el coche lentamente. Perfecto. Tal como mi papá me había enseñado.
—Muy bien, hija —dijo orgulloso.
Pero yo no sonreí.
Porque llegar no se sentía como avanzar.
Se sentía como dejar atrás la última parte de mi vida.
El viaje continuó durante horas.
Kilómetros y kilómetros de carretera… y dentro de mí, el mismo nudo creciendo cada vez más.
Algo no estaba bien.
Lo sentía.
Mis papás hablaban en voz baja. Demasiado baja.
Como si intentaran esconder algo.
—¿Por qué susurran? —pregunté sin dejar de mirar el camino.
Mi mamá respondió demasiado rápido.
—Nada importante, hija.
Y eso solo empeoró todo.
Seguimos avanzando. Pero ahora ya no pensaba solo en Robert.
También pensaba en ese silencio. En ese secreto.
En la sensación horrible de que algo estaba a punto de romperse.
Paramos una vez más.
Gasolina. Baño. Más café. Más excusas para retrasar algo que claramente nadie quería decir.
Cuando regresé al coche, mi papá ya no estaba en el asiento delantero.
Estaba atrás.
Mirándome.
Sentí un vacío extraño en el estómago.
—¿Papá…?
Él sonrió apenas.
—Maneja. Yo voy contigo.
Algo dentro de mí se tensó de inmediato.
Arranqué otra vez, aunque mis manos ya no estaban tan firmes sobre el volante.
El silencio duró demasiado.
Hasta que finalmente habló.
—¿Sabes por qué nos vinimos tan rápido?
Tragué saliva.
—No…
Pausa.
—Pero quiero saber.
El aire dentro del coche cambió por completo.
Pesado. Difícil de respirar.
—Se trata de tu abuela.
Sentí el corazón golpearme el pecho.
No.
No quería escuchar eso.
—¿Está… grave?
Mi papá no respondió enseguida.
Y ese silencio dijo más que cualquier palabra.
—Papá…
Él bajó la mirada un segundo.
—Sí, hija.
Y entonces todo se rompió.
—¿POR QUÉ NO ME DIJERON? —mi voz tembló—. ¿Por qué esperaron tanto…?
Las lágrimas comenzaron a caer sin control. La respiración se volvió inestable.
—Tranquila, Cris —dijo tomando mi brazo con cuidado—. Respira…
—¡No puedo respirar!
Sentía el pecho cerrarse. Como si todo estuviera pasando demasiado rápido.
Robert. La despedida. El viaje.
Y ahora esto.
—No queríamos que cargaras con más dolor —dijo mi papá con la voz quebrada—. Ya estabas sufriendo demasiado.
Eso me destruyó todavía más.
—Pero era mi derecho saberlo…
Mi voz salió pequeña. Rota.
Me orillé a un lado de la carretera porque ya no podía seguir manejando así.
Y entonces lloré de verdad.
No en silencio. No intentando verme fuerte.
Fue un llanto desesperado. Incontrolable.
Mi papá me abrazó sin decir nada.
Solo sosteniéndome mientras me rompía entre sus brazos.
Y ahí… por primera vez desde que salimos de casa…
me sentí niña otra vez.
—Tengo miedo… —susurré.
—Lo sé, hija.
—No quiero perderla…
Mi papá cerró los ojos un instante antes de responder.
—Aún no la has perdido.
Pero ambos entendimos lo mismo.
Que podía pasar.
Y muy pronto.
Cuando llegamos al hospital…
supe que nada volvería a sentirse igual.
El olor. Las luces blancas. El silencio extraño de los pasillos.
Todo se sentía frío.
Como si el mundo entero hubiera perdido color.
Caminé detrás de mis papás intentando mantenerme firme. Pero cada paso pesaba más que el anterior.
Hasta que llegamos a la habitación.
Y la vi.
Mi abuela.
Tan pequeña. Tan frágil.
Por un segundo no pude moverme.
Porque esa no era la mujer que yo recordaba.
Ella levantó la mirada lentamente al verme entrar. Y aun así…
sonrió.
—Abuela… —mi voz se rompió al instante.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mi niña…
Corrí hacia ella y tomé su mano con cuidado.
Estaba fría.
Demasiado fría.
—Te extrañé mucho… —susurré.
Ella acarició mis dedos apenas.
—Yo también te extrañé, corazón.
Las lágrimas comenzaron a caer otra vez.
—Vas a estar bien… ¿verdad?
La mentira salió sola. Porque necesitaba creerla.
Mi abuela guardó silencio unos segundos.
Luego me miró con una tristeza tranquila. Como si ya hubiera aceptado algo que yo todavía no podía entender.
—Voy a estar… en paz.
Negué de inmediato.
—No… no digas eso.
—Escúchame, Cris —dijo con un poco más de fuerza—. Hay cosas que necesito que recuerdes.
Sentí miedo. Muchísimo miedo.
—Cuida a tu abuelo.
Asentí entre lágrimas.
—Lo haré.
—No dejes que se quede solo.
—No lo voy a dejar… te lo prometo.
Ella sonrió apenas.
—Y cuídate tú también.
Mi garganta ardió.
—Siempre fuiste fuerte… pero no olvides que incluso las personas fuertes también se rompen.
Ahí fue donde terminé de quebrarme.
—No quiero perderte…
Mi voz apenas salió.
Ella apretó mi mano débilmente.
—No me estás perdiendo.
Lloré todavía más.
—Entonces no te vayas…
Mi abuela levantó la mirada hacia mi pecho.
—Siempre voy a estar aquí.
Cerré los ojos con fuerza.
Porque si seguía mirándola… iba a aceptar que realmente podía irse.
—Dile a tu papá que pase —susurró después.
Asentí lentamente.
Le di un beso en la frente. Largo. Tembloroso.
Como si intentara detener el tiempo con eso.
—Te amo…
Ella sonrió por última vez.
—Y yo a ti, mi niña hermosa.
Salí de la habitación sintiendo que algo dentro de mí se había quedado ahí.
Mi mamá me abrazó apenas crucé la puerta.
Y entonces… solo esperamos.
Minutos. Horas.
Ya no lo sabía.
Solo sentía el peso del silencio creciendo cada vez más.
Hasta que, a las cinco de la mañana…
sonó el teléfono.
Nadie quería contestar.
Pero mi papá lo hizo.
Y lo vi.
Vi cómo su expresión se quebraba. Cómo sus ojos se apagaban lentamente.
No necesitó decir nada.
Lo entendí antes de escucharlo.
—No… —susurré.
Y salí corriendo.
El aire frío me golpeó apenas crucé la puerta del hospital.
El patio estaba vacío. Oscuro.
Igual que yo.
Caí de rodillas mientras el llanto me atravesaba por completo.
No era como llorar por Robert.
Esto era diferente.
Esto era definitivo.
—Se fue… —dije entre sollozos—. Se fue de verdad…
Mi papá me abrazó fuerte desde atrás.
—Lo sé, hija…
—Duele mucho…
Su voz también se rompió.
—Sí… muchísimo.
Y por primera vez…
no intentó arreglarlo.
Porque hay dolores que nadie puede reparar.
Solo aprender a vivir con ellos.
El funeral pasó como un borrón.
Gente entrando y saliendo. Abrazos. Voces bajas. Palabras que apenas escuchaba.
Todo se sentía distante. Como si yo estuviera ahí solo físicamente.
Pero hubo un momento que jamás voy a olvidar.
Cuando comenzaron a bajar el ataúd.
Sentí que algo dentro de mí se iba con ella.
Me aferré al brazo de mi papá con fuerza. Como si también pudiera perderlo a él.
Y fue ahí cuando entendí algo por primera vez:
La vida no avisa.
No espera. No pide permiso.
Simplemente cambia.
Y tú tienes que aprender a seguir… aunque no quieras. Aunque duela. Aunque todavía no estés lista.
Esa noche, cuando regresamos a casa…
ya no me sentía igual.
Algo dentro de mí había cambiado para siempre.
Los días siguientes avanzaron lentos. Demasiado lentos.
Como si el tiempo también estuviera de luto.
La casa de mis abuelos ya no sonaba igual.
Sin la voz de mi abuela… todo parecía vacío.
La cocina estaba impecable. Demasiado silenciosa.
Ya no olía a café recién hecho. Ya no se escuchaban sus pasos por las mañanas. Ya no preguntaba si ya había comido.
Y fue ahí cuando entendí algo horrible:
La ausencia también tiene sonido.
Uno pesado. Uno que llena cada rincón sin hacer ruido.
Mi abuelo casi no hablaba.
Pasaba horas sentado frente al televisor apagado. Como si todavía esperara verla entrar en cualquier momento.
Eso me destruía.
Porque él también estaba rompiéndose.
Solo que en silencio.
Intenté mantenerme fuerte. Por él. Por mis papás. Por todos.
Pero cada vez que me quedaba sola…
todo volvía.
Robert. Mi abuela. La despedida. El vacío.
Demasiadas pérdidas juntas para alguien que apenas estaba aprendiendo a crecer.
Una noche encontré a mi abuelo sentado en la cocina.
La luz estaba apagada. Solo entraba el brillo de la luna por la ventana.
—¿Abuelo?
Él levantó la mirada lentamente y sonrió apenas.
Pero esa sonrisa ya no tenía vida.
—No podía dormir —dijo en voz baja.
Me senté junto a él.
Durante unos segundos ninguno habló.
Hasta que finalmente rompió el silencio.
—La extraño mucho, Cris.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo también.
Él bajó la mirada.
Y entonces vi algo que jamás había visto en él.
Miedo.
—No sé cómo hacer esto sin ella… —confesó en voz baja.
Y esa simple frase…
me partió el alma.
Porque mi abuelo siempre había sido fuerte. El hombre que arreglaba todo. El que nunca parecía romperse.
Y ahora estaba ahí…
perdido.
Tomé su mano con cuidado. Igual que había hecho con mi abuela en el hospital.
—No estás solo.
Mi voz tembló un poco.
—Nos tienes a nosotros.
Él cerró los ojos durante unos segundos. Como si estuviera luchando por mantenerse firme.
—Tu abuela estaría orgullosa de ti.
Sentí el pecho apretarse otra vez.
Porque eso era lo peor del duelo.
Los momentos pequeños. Las frases simples. Las cosas que llegan sin avisar… y vuelven a romperte.
Esa noche me quedé con él hasta que se quedó dormido sobre la mesa.
Y mientras lo cubría con una manta…
entendí algo que nunca había entendido antes.
Crecer no era cumplir años.
Era esto.
Aprender a sostener a otros… aunque tú también estuvieras rota.
Los días siguieron avanzando.
Lentos. Pesados.
Pero avanzaban.
Y yo también tuve que hacerlo.
Aunque cada parte de mí quisiera quedarse atrapada en el pasado.
A veces todavía escuchaba el disco de Robert por las noches.
Muy bajito. Como si fuera un secreto.
Y sí… seguía doliendo.
Pero ya no de la misma forma.
Porque después de perder a mi abuela… entendí que existen despedidas mucho más grandes que un corazón roto.
Aun así…
seguía pensando en él antes de dormir.
Imaginando qué estaría haciendo. Si todavía me extrañaba. Si alguna vez pensaba en volver.
Y aunque intentaba convencerme de seguir adelante…
había una parte de mí que seguía esperando.
Esperando una llamada. Un mensaje. Cualquier señal.
Pero nunca llegó.
Y tal vez eso fue lo que más me hizo cambiar.
Entender que la vida no siempre te da cierres.
A veces simplemente arranca cosas de tus manos… y te obliga a continuar.
Aunque todavía ames. Aunque todavía duela. Aunque no entiendas nada.
Una tarde, mientras ayudaba a guardar las cosas de mi abuela…
encontré una caja pequeña dentro de su clóset.
Mi nombre estaba escrito arriba. Con su letra.
Sentí un escalofrío recorrerme por completo.
—Cris —dijo mi mamá desde la puerta—. Creo que eso era para ti.
Tomé la caja lentamente.
Como si abrirla pudiera cambiar algo.
O romperme otra vez.
Pero aun así…
la abrí.
Y lo primero que encontré fue una carta.
Una carta escrita por ella.
Para mí.
Y en ese momento…
supe que todavía quedaba algo más por descubrir.
Me quedé mirando la carta durante varios segundos.
Sin abrirla.
Solo observando mi nombre escrito con la letra de mi abuela.
Eso bastó para que el pecho volviera a dolerme.
Porque era real.
Ella ya no estaba. Y aun así… seguía encontrando formas de llegar hasta mí.
Mis manos temblaron al romper el sobre.
Respiré hondo antes de sacar la hoja doblada cuidadosamente.
Y entonces empecé a leer.
“Mi niña hermosa:
Si estás leyendo esto, significa que ya no pude decirte todo lo que quería en persona.”
Las lágrimas regresaron al instante.
“Primero quiero que recuerdes algo: nunca estuviste sola. Ni siquiera en tus peores momentos.”
Tuve que detenerme un segundo.
Porque sentía su voz en cada palabra.
“Sé que estás sufriendo. Y también sé que ahora mismo crees que el dolor nunca va a terminar.
Pero sí cambia.
No desaparece por completo… solo aprende a vivir contigo.”
Me cubrí la boca para no llorar más fuerte.
“Hay personas que llegan a nuestra vida para enseñarnos a amar. Y otras para enseñarnos a soltar.
Ambas son importantes.”
Robert apareció en mi mente de inmediato.
Y eso hizo que todo doliera todavía más.
“Vas a cometer errores. Vas a romperte más de una vez. Y habrá momentos donde sentirás que ya no puedes seguir.
Pero quiero que prometas algo, Cris: no dejes que el dolor te convierta en alguien que deje de amar.”
Las lágrimas cayeron sobre la hoja.
“Porque incluso después de las pérdidas más grandes… la vida siempre encuentra una forma de continuar.”
Respiré profundo intentando mantenerme firme.
Pero era imposible.
“Y cuando llegue alguien que haga sentir paz a tu corazón… no huyas por miedo a sufrir otra vez.”
Fruncí un poco el ceño.
Como si, de alguna forma… ella supiera algo que yo todavía no entendía.
“La vida cambia más rápido de lo que imaginas. Y a veces, las personas destinadas a encontrarse… terminan volviendo incluso después de perderse.”
Sentí un escalofrío recorrerme completa.
Seguí leyendo con el corazón latiendo demasiado rápido.
“Quiero que seas feliz. Que vivas. Que ames sin miedo.
Y que nunca olvides que la parte más bonita de ti… es tu corazón.”
Mis lágrimas ya no me dejaban leer bien.
Pero aun así continué.
“Siempre voy a estar contigo, mi niña hermosa.
Con amor, Abuela.”
Cuando terminé… abracé la carta contra mi pecho.
Y lloré.
No solo por haberla perdido.
Sino porque, incluso después de irse… seguía cuidándome.
Levanté la mirada lentamente hacia la ventana.
La noche estaba completamente en silencio.
Pero esta vez… ya no se sentía vacío.
Porque por primera vez desde que llegué…
sentí que quizá todavía podía seguir adelante.