"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 5
Renzo no la llevó al comedor. La arrastró por un pasillo de piedra fría, lejos del lujo reluciente de la planta principal, hacia el sótano de la mansión. Mía, con el vestido verde esmeralda todavía manchado de grasa y desgarrado, intentaba zancadillearlo cada tres pasos.
—¿Qué pasa, Cavalli? —se burló ella, aunque su pulso se aceleraba al ver la pesada puerta de hierro al final del corredor—. ¿Te asustó que casi hiciera estallar tu colección de carritos? ¿O es que el gran multimillonario no sabe lidiar con una chica que no se arrodilla?
Renzo se detuvo frente a la puerta y la miró de reojo. Sus ojos estaban inyectados en una oscuridad que no era humana.
—No me asusta que destruyas mis cosas, Mía. Me excita. Pero como toda fiera que muerde la mano que la alimenta, necesitas recordar dónde termina tu libertad y dónde empieza mi propiedad.
Abrió la puerta. La habitación estaba sumergida en una luz carmesí. No había camas, solo estructuras de acero, ganchos en el techo y una pared llena de instrumentos que Mía no quería ni imaginar para qué servían. El aire olía a cuero viejo, sándalo y algo más... algo que gritaba sumisión.
—¡Oh, qué original! —exclamó Mía, fingiendo un bostezo aunque sus manos sudaban—. Una mazmorra de Cincuenta Sombras. ¿Ahora vas a sacar un látigo y decirme que he sido una niña mala? Eres un cliché andante, Renzo.
Dante soltó una carcajada que resonó en las paredes de piedra. Se quitó el cinturón con una lentitud tortuosa, pero no lo hizo para golpearla. Lo dejó sobre una mesa de madera oscura.
—El látigo es para los que tienen falta de imaginación —susurró él, acercándose a ella—. Yo prefiero algo más... psicológico.
Renzo la agarró por las muñecas y, con una fuerza abrumadora, la empujó contra una de las estructuras de madera. En un segundo, sus manos estaban encadenadas a unos aros de hierro sobre su cabeza. Mía quedó estirada, su vestido corto subiéndose peligrosamente debido a la postura.
—¡Suéltame, pedazo de mierda! —Mía le lanzó una patada al estómago, pero él la bloqueó con su muslo, metiéndose entre sus piernas de nuevo—. ¡Voy a escupirte en la cara hasta que te ahogues!
—Hazlo —retó él, su rostro a centímetros del de ella—. Me encanta cuando peleas. Hace que el momento en que te quiebras sea mucho más dulce.
Renzo sacó un pequeño frasco de su bolsillo. Era un aceite transparente. Con una perversidad absoluta, empezó a verter gotas sobre el escote de Mía. El líquido estaba frío, pero al contacto con su piel empezó a arder levemente, provocando una sensación de hormigueo insoportable.
—Es un extracto de canela y mentol —explicó Renzo, su voz bajando a un susurro que la hizo estremecer—. Tu piel se volverá tan sensible que incluso el aire te dolerá... o te dará placer. No te tocaré, Mía. Solo te dejaré aquí, bajo esta luz roja, hasta que ruegues que mis manos apaguen el fuego que te acabo de poner.
Mía, a pesar de la quemazón creciente, le dedicó una sonrisa llena de colmillos.
—¿Eso es todo? He tenido quemaduras de tercer grado soldando motores en agosto. Tu aceitito de masajes me hace cosquillas.
Para demostrar su punto, Mía empezó a contonearse rítmicamente contra las cadenas, haciendo que el metal chocara con un sonido estridente.
—¡Mira, Cavalli! ¡Estoy bailando! ¿No vas a echarme unos billetes? Oh, espera, no puedes, porque estás demasiado ocupado mirando mis piernas con cara de perro hambriento. ¿Quién es el que está sufriendo aquí, eh?
Renzo apretó los puños. Su posesividad estaba llegando al límite. Verla ahí, encadenada, provocándolo con ese humor ácido mientras su cuerpo reaccionaba al aceite, lo estaba volviendo loco. Se acercó y le agarró el mentón, obligándola a besarlo, pero Mía no se dejó. En lugar de eso, le soltó un mordisco en el labio inferior tan fuerte que el sabor metálico de la sangre llenó la boca de ambos.
Él se separó, limpiándose la sangre con el pulgar. Sus ojos brillaban con una furia demente, pero también con una adoración perversa.
—Me vas a matar de ganas, pequeña zorra —gruñó Renzo.
—Esa es la idea —respondió ella, jadeando—. Pero primero, vas a tener que decidir si vas a seguir jugando al maestro de escuela o si vas a admitir que eres mi esclavo. Porque el que está encerrado en esta habitación conmigo... eres tú.
Renzo se desabrochó los botones de la camisa, arrojándola al suelo. La tensión sexual en la habitación roja era tan espesa que parecía que el aire mismo iba a estallar en llamas. Él no iba a dejarla ir, y ella no iba a dejar de provocarlo hasta que uno de los dos terminara destruido.