Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.
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La cancha, la voz y las palabras que el mundo necesitaba
...Almas en Distinto Cielo...
...✦ ✦ ✦...
...Capítulo XII...
...La cancha, la voz...
...y las palabras que el mundo necesitaba...
...— Porque a veces el destino manda a un hijo por delante —...
◆
...Frente al Hotel Palermo Grand — Tarde de octubre★ ★ ★...
Sebastián
Corría todos los días que podía. No era disciplina — era necesidad. El cuerpo de Sebastián Rhys había aprendido, después de años de trabajo sedentario e intelectualmente extenuante, que sin movimiento físico algo se tensaba en él que no se resolvía de ninguna otra manera. Corría sin música. Sin auriculares. Con ese silencio intencionado de quien quiere escuchar lo que el mundo tiene que decir.
Esa tarde tomó la vuelta habitual: tres cuadras hacia el norte, doblar por la plaza, volver por el lateral del parque. Ya conocía el recorrido. Había aprendido a leer Buenos Aires de esa manera — en fragmentos de veinte minutos, a la velocidad de las piernas.
Fue al pasar por la cancha lateral del parque que lo escuchó.
El sonido de una pelota. El golpe seco y preciso de quien no la tira — la pone. Sebastián redujo el paso sin decidirlo. Se detuvo. Miró.
La cancha — Casi las siete de la tarde
...Un chico solo. Quince años, tal vez. Alto para la edad, con esos ojos claros —azules, increíblemente azules— que no terminaban de pertenecer a su cara morena y argentina....
...Tiraba desde el fondo. Entraba. Tiraba desde la esquina. Entraba. Tiraba desde una distancia que no tenía ningún sentido para la edad que aparentaba. Entraba igual....
...Sebastián, que había jugado básquet en su adolescencia con una seriedad que su padre le había regalado como la única actividad que lo alejaba de los libros, reconoció en ese chico algo que no se aprende: la relación con la pelota que tienen los que nacen con ella....
Se acercó a la reja. El chico lo vio. Lo evaluó con esa rapidez que tienen los adolescentes para clasificar a los adultos: peligro, irrelevante, o interesante. Sebastián debió haber caído en la tercera categoría porque el chico no se alejó.
"¿Jugamos?" preguntó Sebastián.
El chico lo miró de arriba abajo con una franqueza que Sebastián encontró completamente refrescante.
"Mire que soy bueno," dijo. Ni advertencia ni fanfarronada — simple información. "No vaya a enojarse si le gano, anciano."
Sebastián tardó un segundo. Luego hizo algo que no recordaba haber hecho en mucho tiempo: se rió. De verdad. Desde adentro.
"Anciano," repitió.
"Usted dijo que jugamos, yo le aviso cómo termina." El chico se encogió de hombros. "¿Entra o no?"
Entró.
Jugaron con esa intensidad que tiene el básquet cuando los dos que juegan son buenos de verdad y se reconocen mutuamente. Sebastián era más alto, más experimentado. El chico era más rápido, más intuitivo, con una lectura del juego que en alguien de quince años era casi inexplicable. Se empujaron. Se rieron. El chico hacía comentarios en voz alta mientras jugaba — "eso no va", "ahora sí", "uh, casi anciano" — con esa naturalidad desinhibida que Sebastián no encontraba en ninguna sala de reuniones del mundo.
Fue la media hora más liviana que Sebastián Rhys había tenido en años.
El momento que cambió todo
Estaban en pleno partido —Sebastián con dos puntos de ventaja que el chico estaba recuperando con una velocidad inquietante— cuando llegó la voz.
Desde la vereda. Desde el otro lado de la reja. Una voz que llamaba un nombre.
..."Mateo. Vamos, se hace tarde."...
Sebastián no la vio. Estaba de espaldas a la reja, con los ojos en la pelota. Pero la voz lo atravesó de la misma manera en que lo habían atravesado el aroma del pasillo y el sabor del postre: desde adentro hacia afuera, sin pedir permiso, sin importarle que él no estuviera preparado.
Era ella.
No tenía ninguna manera racional de saberlo. No había escuchado esa voz nunca. Pero su cuerpo la reconoció con la misma certeza con que reconocía el aroma — anterior a la lógica, anterior a la explicación, anterior a todo lo que puede verificarse.
El chico —Mateo— recogió la pelota de un salto, le extendió la mano a Sebastián con una formalidad improvisada y encantadora.
"Estuvo bueno, anciano. La próxima le gano por más."
Y salió corriendo hacia la reja.
Sebastián giró.
La vio de espaldas. Pequeña. El cabello oscuro. El saco que ya había visto antes — esa espalda que había mirado alejarse por la vereda el primer día, sin poder seguirla.
La conozco.
Ese cabello. Esa estatura. Ese paso — firme, hacia adelante, siempre hacia adelante.
Dio un paso. Dos. Quiso llamar. Quiso correr.
Su teléfono vibró. Luego vibró de nuevo. Luego el auricular que llevaba en el bolsillo empezó a sonar con la señal de urgencia que su equipo usaba solo cuando algo no podía esperar.
Mateo y Valeria doblaban la esquina. Desaparecían.
Sebastián miró el teléfono. El set de filmación. Problema con la música. Urgente.
Miró la esquina. Vacía.
Apretó los dientes. Y atendió.
...Set de filmación — Minutos después★ ★ ★...
Sebastián
Park Jinho lo esperaba en el hall con esa expresión que tenía cuando algo fallaba en el proceso creativo: no enojado sino angustiado, que era peor. A su lado, la compositora del proyecto — una mujer coreana de cincuenta años que había ganado tres premios internacionales — miraba sus notas con el ceño de quien no entiende qué salió mal.
"La música y la letra no coinciden," explicó Jinho sin preámbulo. "Es la canción principal. La que cierra el primer arco de la historia. Tenemos la melodía. Tenemos la estructura. Pero las palabras no sirven."
"¿Qué quiere decir que no sirven?"
"Que suenan bien pero no sienten. Que son correctas pero no son verdad." Jinho lo miró con esa franqueza de los artistas que no saben disimular cuando algo les duele. "Necesitamos palabras que el mundo no haya escuchado todavía. Palabras que vengan de alguien que haya sentido de verdad."
La compositora levantó los ojos. "Yo tengo la música. Pero yo no tengo esas palabras. Las mías suenan a técnica. Esta canción necesita sangre."
Sebastián los miró a los dos. Pensó en el nombre que cargaba desde la noche anterior. Pensó en lo que el abuelo había dicho — es buena escribiendo, tiene palabras que el mundo no escuchó todavía. Pensó en el postre. En el aroma del pasillo. En la espalda que acababa de ver doblar la esquina por segunda vez.
Y pensó, con esa lógica que no era del todo lógica pero que siempre le había funcionado mejor que la otra, que tal vez el universo no era tan sutil como parecía. Que a veces simplemente ponía todo en fila y esperaba a que uno juntara los puntos.
"¿Cuánto tiempo tienen?" preguntó.
"Tres días," dijo Jinho. "Después la filmación de esa escena tiene que estar grabada o perdemos la locación."
Sebastián asintió despacio. "Denme la melodía. Quiero escucharla."
Se la dieron. La escuchó dos veces con los ojos cerrados. Era exactamente lo que Jinho había dicho: perfecta técnicamente. Y completamente vacía de eso que hace que una canción se quede.
Esa noche, en la suite, Sebastián no durmió en mucho tiempo. Pensó en todo lo que sabía de ella sin conocerla: cocinaba con memoria, escribía en secreto, tenía un hijo que jugaba básquet como los ángeles y una voz que atravesaba paredes y certezas y años de distancia sin el menor esfuerzo.
Tenía que encontrarla. No solo para él. Ahora también para la canción que el mundo necesitaba y que solo ella podía escribir.
Pero esa noche, mientras la ciudad dormía afuera, sacó un papel y escribió él mismo lo que sentía — no como letra de canción sino como ensayo, como borrador de algo que no sabía exactamente para qué era:
Lo que Sebastián escribió esa noche
..."Hay alguien en esta ciudad que no sé cómo encontrar....
...La conozco por el aroma. Por el sabor de lo que cocinó....
...Por la voz que llamó a su hijo....
...Por la espalda que se aleja dos veces sin dejarme llegar....
...Dos hombres que ya no están en este mundo...
...me pidieron que la ayude a ser feliz....
...Y yo, que no le temo a nada,...
...tengo miedo de que la próxima vez que doble esa esquina...
...no haya nadie que me llame por teléfono....
...Y entonces no tenga excusa...
...para no ir detrás."...
...Había jugado básquet con su hijo sin saberlo. Había escuchado su voz sin verla. Había comido su comida. Había sentido su aroma....
Tenía su nombre. Tenía la voz. Tenía el sabor de lo que sus manos hacían.
Y ella, del otro lado de la ciudad, dormía sin saber que alguien la buscaba. Que dos personas que ella amaba habían cruzado para pedirle a ese alguien que la encontrara.
Que el próximo encuentro ya no dependería del azar.
...✦ ✦ ✦...
Continuará en el Capítulo XIII