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Bilogía Rivales

Bilogía Rivales

Status: En proceso
Genre:Atracción entre enemigos
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

1 - El Juego Prohibido de los Rivales:

En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.

2 - El Juego Mortal de los Rivales:

Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.

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Capítulo 10: El Último Movimiento

Perder para ganar fue la lección más dolorosa de este juego prohibido. Ahora, con el eco de la caída de los Sterling y los Vane aún resonando en cada rincón del planeta, nos enfrentábamos al movimiento final. No era un movimiento en un tablero de ajedrez de mármol, sino una lucha real por la vida en los muelles industriales de Nueva Jersey, donde el rastro de Sofía, la hermana de Alistair, finalmente había emergido.

La mañana era gris, una continuación de la tormenta de la noche anterior. El aire olía a hierro y a desesperación. Alistair conducía un coche robado, sus manos apretando el volante con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Yo iba a su lado, con una pistola que él me había enseñado a usar apenas unas horas antes. El peso del arma en mi regazo era un recordatorio constante de que la Elena que bailaba valses ya no existía.

—Está en el almacén 44 —dijo Alistair, su voz era una línea plana de pura determinación—. Mi padre envió a sus últimos hombres allí. No quieren rescatarla, Elena. Quieren usarla como palanca para que les devuelva el acceso a las cuentas bloqueadas.

—No vamos a dejar que eso pase —respondí, mi propia voz sorprendiéndome por su firmeza.

Llegamos a la zona industrial. Los almacenes se alzaban como colosos oxidados contra el cielo plomizo. Alistair detuvo el coche a dos manzanas de distancia. Nos movimos entre las sombras, esquivando los charcos de agua aceitosa. Mi corazón latía con una fuerza que parecía querer romperme las costillas.

—Elena, quédate aquí —susurró Alistair cuando llegamos a la entrada trasera del almacén 44—. Si escuchas disparos y no salgo en diez minutos, vete. Tienes los pasaportes y el dinero en la mochila.

—No —le tomé de la chaqueta, obligándolo a mirarme—. No voy a ser la que espera otra vez. Entramos juntos, Alistair. O no entramos.

Él me miró durante un largo segundo. Vi la duda en sus ojos, el deseo de protegerme luchando contra la realidad de que ya no podía hacerlo. Finalmente, asintió.

—Mantente detrás de mí. Y si te digo que corras, corres.

Entramos por una puerta metálica que chirrió levemente. El interior del almacén era inmenso, lleno de cajas de madera y maquinaria abandonada. Al fondo, bajo una única luz amarillenta que oscilaba, vi una figura pequeña atada a una silla. Sofía.

Tenía el rostro pálido y los ojos cerrados, pero estaba viva.

Tres hombres estaban alrededor de ella. No eran los típicos matones de alquiler; eran hombres de confianza de Arthur Vane, antiguos agentes de seguridad corporativa que no tenían nada que perder ahora que sus cuentas también habían sido congeladas.

—¡Alistair! —gritó uno de ellos, su voz rebotando en las paredes metálicas—. ¡Sabíamos que vendrías! Deja el arma y entrega el código maestro, o la niña no verá el sol mañana.

Alistair salió de las sombras, con las manos en alto, pero sin soltar su pistola. Yo me mantuve oculta tras una pila de contenedores, apuntando con mano temblorosa hacia el hombre que hablaba.

—Arthur está acabado, Miller —dijo Alistair, su voz resonando con una autoridad gélida—. La policía está de camino. No hay dinero, no hay imperio. Solo quedáis vosotros y un montón de cargos por secuestro. Suelta a mi hermana.

—¡Mientes! —rugió Miller—. Vane siempre tiene un plan. Solo necesitamos ese código para mover los fondos a Singapur. ¡Dámelo!

—El código está muerto —respondió Alistair, dando un paso adelante—. Igual que el legado de nuestros padres. Lo borré anoche. No queda nada, Miller. Solo cenizas.

La mención de las cenizas pareció desatar la locura en el hombre. Levantó su arma hacia Sofía.

—¡Entonces ella no sirve para nada!

No lo pensé. No hubo duda, solo un instinto primario que se apoderó de mí. Apreté el gatillo.

El estruendo del disparo fue ensordecedor. La bala impactó en el hombro de Miller, haciéndole retroceder. En un abrir y cerrar de ojos, Alistair se lanzó al suelo, disparando contra los otros dos hombres. El almacén se convirtió en un infierno de detonaciones y gritos.

Me quedé paralizada por un segundo, viendo cómo el hombre que yo había disparado caía al suelo, su sangre manchando el hormigón. Pero el llanto de Sofía me sacó del trance.

—¡Elena, a cubierto! —gritó Alistair.

Me agaché justo cuando una ráfaga de balas impactaba en los contenedores sobre mi cabeza. Alistair se movía con una eficiencia aterradora, flanqueando a los hombres restantes. Era el depredador que siempre había ocultado tras sus trajes caros. En pocos minutos, el silencio volvió al almacén, un silencio roto solo por los sollozos de la niña y el sonido metálico de los casquillos cayendo al suelo.

Alistair corrió hacia Sofía y cortó sus ataduras. La niña se lanzó a sus brazos, llorando desconsoladamente.

—Ya está, Sofía. Ya pasó. Estás a salvo —le susurraba él, besando su frente con una ternura que me hizo nacer un nudo en la garganta.

Me acerqué lentamente, bajando mi arma. Miré mis manos; estaban temblando. Había disparado a alguien. Había cruzado una línea de la que no se podía regresar.

Alistair se levantó, todavía sosteniendo a Sofía, y me miró. En sus ojos no había reproche, solo una gratitud inmensa y un dolor compartido.

—Has salvado a mi hermana, Elena —dijo en voz baja.

—Solo he terminado el juego, Alistair.

Salimos del almacén justo cuando las primeras luces azules de la policía aparecían en la distancia. Pero no nos quedamos. Alistair conocía los puntos ciegos de la zona. Nos subimos al coche y desaparecimos en el laberinto de carreteras secundarias que llevaban hacia la costa.

Horas después, estábamos en un pequeño puerto pesquero en Connecticut. Un barco nos esperaba para llevarnos a aguas internacionales, donde un contacto de Alistair nos proporcionaría las nuevas identidades.

Nos detuvimos un momento en el muelle. El viento soplaba con fuerza, trayendo el aroma del océano abierto. Sofía dormía en el asiento trasero del coche, agotada por el trauma.

Alistair se acercó a mí y me tomó de las manos.

—Este es el último movimiento, Elena. A partir de aquí, dejamos de ser quienes somos. No habrá lujos, no habrá sirvientes, no habrá poder. Solo seremos nosotros.

—Es todo lo que siempre quise —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro.

Miramos hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo violáceo. A lo lejos, podíamos ver el resplandor de Nueva York, la ciudad que habíamos incendiado con la verdad.

—¿Crees que alguna vez nos perdonarán? —pregunté.

—No —respondió él, con una sinceridad brutal—. Pero tampoco nosotros necesitamos su perdón. Hemos hecho lo necesario.

Tomó mi mano y caminamos hacia el barco. Antes de subir, saqué el anillo de zafiro de mi bolsillo. Aquella joya que simbolizaba mi esclavitud, mi dolor y el precio de mi obsesión. Lo miré por última vez y lo lancé al agua. El destello azul desapareció rápidamente bajo las olas oscuras.

Alistair hizo lo mismo con su reloj de oro y su placa de identificación.

Subimos a la cubierta y el barco empezó a alejarse del muelle. Me quedé en la popa, viendo cómo la silueta de la costa americana se hacía más pequeña. Pensé en mi madre en su celda, en mi padre enfrentándose a sus propios demonios, en la destrucción de un legado que nunca debería haber existido.

El odio, la ambición, la traición... todo se sentía tan lejano ahora. Como si perteneciera a otra vida, a otro par de personas que ya no existían.

Alistair se situó detrás de mí y me rodeó con sus brazos, protegiéndome del frío del mar. No dijimos nada. No hacía falta. Habíamos ganado la libertad, pero el precio había sido nuestra propia existencia tal como la conocíamos.

Mientras el barco se adentraba en la noche, me sentí en paz. El juego prohibido había terminado. El tablero estaba roto. Y en medio del océano infinito, rodeada por el silencio y el amor del único hombre que realmente me conocía, sentí que el fuego finalmente se había extinguido, dejando paso a algo nuevo, algo puro.

Fue allí, sobre las olas que borraban nuestro rastro, donde el odio finalmente se convirtió en cenizas.

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