⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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Romper tu preciosa regla número dos
La luz del sol se filtraba de manera despiadada por los ventanales automáticos de la suite, anunciando que la primera mañana de su "condena" había llegado. Zen Grimhand fue el primero en abrir los ojos. Por un segundo, su mente analítica intentó registrar dónde estaba, pero el peso de un brazo macizo sobre su cintura y el intenso aroma a abedul que impregnaba las sábanas le dieron la respuesta antes de que pudiera procesarla.
Se quedó inmóvil. El Alfa frío y calculador que dirigía reuniones de millones de dólares estaba atrapado bajo el cuerpo del hombre que juró odiar.
Zen observó a Hendrik mientras dormía. Sin la mirada feroz y la sonrisa arrogante, Hendrik parecía casi humano, aunque las cicatrices en sus nudillos y la fuerza de su agarre, incluso en sueños, recordaban que era un depredador. Zen sintió un nudo en la garganta. Lo que había pasado anoche no fue un error estratégico; fue una rendición total de sus instintos.
Con cuidado, Zen se zafó del abrazo y se levantó. Su cuerpo protestó; cada músculo le recordaba la intensidad del encuentro. Se vistió en silencio, recuperando su máscara de acero. Cuando Hendrik finalmente despertó, Zen ya estaba en la cocina de la planta baja, de espaldas, preparando café con precisión.
Hendrik bajó las escaleras minutos después. Solo llevaba unos pantalones deportivos grises, dejando su torso al descubierto. Las marcas de las uñas de Zen todavía eran visibles en su espalda y hombros, un mapa de la batalla nocturna.
El silencio en la cocina era tan denso que el burbujeo de la cafetera sonaba como una explosión.
—¿Ni siquiera un "buenos días", Grimhand? —la voz de Hendrik era profunda y áspera por el sueño, llenando el espacio y haciendo que Zen apretara los dedos alrededor de su taza.
Zen se giró lentamente, apoyándose en la encimera. Sus ojos estaban gélidos, como si anoche nunca hubiera ocurrido.
—Los buenos días son para la gente que tiene algo que celebrar, De Vries. Nosotros solo tenemos un contrato que cumplir y una resaca biológica que gestionar.
Hendrik soltó una carcajada amarga y se acercó a la barra, invadiendo el espacio de Zen. El aroma de ambos volvió a chocar: la ginebra cortante de Zen contra el humo denso de Hendrik. Pero esta vez, el sistema de la casa parecía estar filtrando la tensión, obligándolos a mantener una calma artificial que resultaba irritante.
—¿"Resaca biológica"? —Hendrik se inclinó hacia adelante, obligando a Zen a sostenerle la mirada—. Anoche me gritaste que no te soltara. Me marcaste la espalda como si fueras a morir si me alejaba. No le eches la culpa a las hormonas ahora que salió el sol. Ten un poco de honor.
—El honor no paga las facturas de mi familia —respondió Zen, aunque su pulso lo traicionaba—. Lo de anoche fue una válvula de escape. La casa nos obligó a liberar la presión y lo hicimos. Ahora, sugiero que desayunemos como los socios que somos y nos preparemos para la videollamada con la junta.
Hendrik tomó la taza de café que Zen había servido para sí mismo y le dio un sorbo largo, sin dejar de mirarlo.
—Eres un cobarde, Zen. Te escondes detrás de tus trajes y tus palabras elegantes porque te aterra aceptar que el único lugar donde te sientes vivo es bajo mi cuerpo.
Zen sintió que la sangre le hervía. Dejó su propia taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Y tú eres un animal básico, Hendrik. Crees que porque puedes dominar físicamente a alguien, ya posees su voluntad. Esto no es el internado. No estamos en un gimnasio oscuro. Aquí afuera, si esta relación se filtra, ambos lo perdemos todo.
—Nadie tiene por qué saberlo —dijo Hendrik, suavizando un poco el tono, aunque su postura seguía siendo territorial—. Pero no pretendas que vamos a vivir aquí seis meses como si fuéramos extraños. Mi Alfa ya te reconoció. No puedo simplemente "apagar" lo que huelo cuando entras en una habitación.
El desayuno transcurrió en un silencio incómodo y cargado de palabras no dichas. Zen intentaba concentrarse en su tableta, revisando informes financieros, mientras Hendrik devoraba unos huevos revueltos con la energía de quien se prepara para una guerra.
Cada vez que sus cubiertos chocaban o sus pies se rozaban por accidente bajo la mesa, una chispa eléctrica recorría el aire. La "paz" de la casa era una mentira. La inhibición de agresividad solo estaba logrando que la tensión sexual se acumulara en los rincones, esperando el próximo estallido.
—Tenemos que establecer reglas —dijo Zen finalmente, sin levantar la vista de la pantalla.
—Te escucho, "profesor" —se burló Hendrik, aunque prestaba atención.
—Regla uno: lo que pase en la habitación se queda en la habitación. En la oficina y frente a los empleados, somos rivales obligados a cooperar. Regla dos: nada de tocamientos en áreas comunes. Y regla tres... —Zen hizo una pausa, tragando saliva—... no volvemos a hablar de lo que pasó en la escuela. El pasado está muerto.
Hendrik se levantó de la silla, rodeando la mesa hasta quedar justo detrás de Zen. Se inclinó, apoyando las manos en el respaldo de la silla de Zen, encerrándolo.
—Acepto las dos primeras —susurró Hendrik al oído de Zen, haciendo que este se estremeciera—. Pero la tercera es imposible. El pasado no está muerto, Zen. El pasado está sentado en esta cocina, intentando convencerme de que no te bese ahora mismo solo para ver cuánto tardas en romper tu preciosa regla número dos.
Zen cerró los ojos, inhalando el aroma de Hendrik. Odiaba lo mucho que le gustaba. Odiaba que, a pesar de sus reglas y su lógica, una parte de él quería que Hendrik tirara la mesa al suelo y le demostrara que las reglas no sirven de nada cuando dos Alfas deciden reclamarse.
—Vete a vestir, Hendrik —logró decir Zen con voz firme—. La reunión empieza en diez minutos. Y ponte una camisa que te cubra el cuello. No quiero que mi padre piense que te peleaste con un gato.
Hendrik sonrió, una sonrisa de victoria, y le dio un ligero apretón en el hombro antes de alejarse.
—No fue un gato, Zen. Fue un príncipe de hielo que finalmente se derritió. Nos vemos en la oficina.
Zen se quedó solo en la cocina, con el corazón frenético. Miró su café frío y se dio cuenta de que los próximos seis meses no serían una convivencia; serían un asedio constante. Y lo peor de todo era que no estaba seguro de querer ganar esa guerra.
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