Descripción
Betina nunca tuvo nada. Criada en una hacienda de Minas Gerais, dormía en el establo mientras su madrastra y hermanastra se paseaban por la casa como reinas. La única herencia que recibió de su padre fue callarse y trabajar.
Hasta que un accidente lo cambió todo.
Carlos Eduardo Schmidt —Edu para quienes se lo ganaban— era el heredero de una de las familias más ricas de São Paulo. Joven, arrogante y acostumbrado a conseguir lo que quería. Hasta que un accidente lo dejó en silla de ruedas y le arrancó todo lo que creía que era él.
Cuando Betina llega a la mansión Schmidt como cuidadora, ninguno de los dos espera que algo cambie. Él la mira como a otra empleada más. Ella lo mira como al hombre más difícil con el que ha tenido que lidiar en su vida.
Pero entre los cuidados del día a día, los roces que ninguno de los dos sabe cómo nombrar, y los secretos que empiezan a salir a la luz dentro de esa familia, algo crece que ninguno de los dos puede detener.
Él aprendió que el dinero no compra lo que más necesitaba. Ella descubrió que el campo que la definía no era una limitación, sino su mayor fortaleza.
Una historia de amor entre dos mundos opuestos. Con todo lo que eso implica: pasión, celos, conspiraciones familiares, secretos enterrados que salen a la superficie... y un romance que empieza donde nadie lo esperaba.
Para quienes disfrutan de romances con tensión, personajes de verdad y esa sensación de no poder soltar el libro hasta saber cómo termina.
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Desembarco en São Paulo
Puse mis cosas donde los patrones me indicaron y entré al avión. Estaba bastante nerviosa, pero no tenía miedo. Me senté y el señor Sulivan me puso el cinturón del avión. Le agradecí.
Vanessa-para vivir en São Paulo necesitas mejorar tu forma de hablar.
Betina-no sé muchas palabras, señora, y solo sé hablar así.
Sulivan-vas a aprender, Betina. Podemos pagar una escuela.
Vanessa-ella va a trabajar para pagarnos, amor, y no vamos a pagar nada. Hay escuelas públicas.
Betina-estudio on.......
Dije mal la palabra y la señora se murió de risa. El señor Sulivan la miró feo.
Sulivan-se estudia on-line.
Betina-eso, señor. Los exámenes también son aquí, en el aparato.
Sulivan-se llama celular, Betina.
Asentí con la cabeza. Sé que no sé muchas cosas ni palabras. Siempre fui del campo y nunca salí de ahí. Nací y crecí allí, iba a la escuela ahí mismo, y me sacaron cuando terminé cuarto grado. Así que ni siquiera había aprendido a leer bien. Faltaba mucho a las clases para ayudar a mi padre en el campo.
El avión despegó y sentí un frío en el estómago. Me agarré del asiento del avión y cerré los ojos. Cuando dejó de temblar, miré por la ventana. Parecía un montón de algodón debajo del avión.
El vuelo duró una hora y media. Cuando descendió, cerré los ojos de miedo. Se detuvo y me solté el cinturón con dificultad. Bajamos y tomé mis cosas. Un muchacho me ayudó, y fui con la caja de mamá en el regazo, en otro carro. El de los patrones era diferente.
La ciudad de São Paulo era hermosa y muy grande. Cuando los carros se detuvieron en una residencia lujosa, bajé y miré lo que sería mi nuevo trabajo.
El chofer tomó dos bolsas y me dijo por dónde debía entrar. Lo seguí y dejé mis cosas en el área de empleados.
Chofer-Berta, ella va a esperar las órdenes del patrón.
La señora Berta me mira de arriba abajo y sonríe.
Berta-mucho gusto. ¿Cuál es tu nombre?
Betina-mucho gusto, soy Betina, señora.
Berta-¡vaya! Hablas igual que la difunta patrona, bien caipira.
Betina-¿la señora no habla como yo?
Berta-ella no. La señora Mel. Ella era de la hacienda.
Betina-creo que nunca la conocí. Era muy bebé cuando mis padres trabajaban para el señor Sulivan.
La señora Vanessa aparece y los empleados se alejan. Se detiene mirándonos a todos y me manda a buscar mis cosas.
Vanessa-trae tus bolsas. Te voy a mostrar dónde vas a quedarte.
La seguí con la ayuda de doña Berta. Ella cargó dos de mis bolsas. Nos detuvimos frente a un cuarto de puertas grandes. Vanessa le dio instrucciones a Berta y se fue. Berta toca la puerta y una voz grave le ordena entrar.
Berta-hijo, traje a la chica que va a cuidarte.
Cadu-mándala de vuelta al infierno de donde salió.
Se me erizó toda la piel con la voz áspera del hombre dentro del cuarto. Cuando Berta me llama, entro sosteniendo mis cosas, y él empieza a reírse.
Cadu-¿de dónde sacaron a esta niña mal vestida?
Berta-vino de la hacienda.
Me miró de arriba abajo y despidió a Berta. Ella sale dejándome en el cuarto. Él va a la terraza.
No sabía dónde me iba a quedar, así que esperé en silencio hasta que volvió, media hora después.
Cadu-pon tus cosas ahí en el rincón y vas a dormir en el sofá. Vas a quedarte como una estatua en la puerta.
Puse mis bolsas al lado del sofá y mi caja, y me quedé esperando órdenes.
Cadu-¿cuál es tu nombre?
Betina-me llamo.....
Soltó una gran carcajada y después se quedó en silencio total.
Betina-me llamo Betina, señor.
Cadu-hablas muy caipira.
Betina-sí, señor.
Cadu-no hables cerca de personas importantes para mí. Ellos no necesitan oír tu voz. Y me vas a ayudar a cambiarme, solamente eso. No quiero intimidades. Solo me vas a acompañar si te lo pido. No me gusta la suciedad en mi cuarto.
Betina-sí, señor.
Él sale del cuarto y yo me siento. Enseguida vuelve.
Cadu-oye, caipira, ven. Te voy a mostrar qué quiero que limpies.
Lo sigo hasta un cuarto lleno de aparatos de rehabilitación y me manda quitarles el polvo a todos. Volvemos al cuarto. Me dice que quiere todo limpio y lavado, y acepto. Por la noche él fue a bañarse. Doña Berta trajo su cena y la puse en la bandeja frente a él. Me senté a esperar que comiera.
Cadu-¿por qué te trajeron?
Dejé de comer la comida que doña Berta me había dado, que era diferente de la de él.
Betina-fui acusada de robo, señor, y vine a trabajar aquí para pagar la deuda.
Cadu-¿y qué robaste en la hacienda?
Betina-dijeron que fue un collar.
Cadu-¿ni sabes qué robaste?
Negué con la cabeza.
Cadu-empleados, ninguno es confiable. Y estás aquí para pagar.
Confirmé con la voz entrecortada.
Betina-¿dónde puedo bañarme, señor?
Cadu-en mi baño. Solo no dejes nada sucio ni resbaloso.
Betina-sí, señor.
Berta entra y me mira.
Berta-no tocaste la comida, niña.
Betina-no tengo hambre, doña Berta.
Ella toma mi plato. Agarro la bolsa, saco una muda de ropa y voy a bañarme. Cerré la puerta y no sabía cómo prender la regadera. Tenía tres llaves y no sabía de cuál salía el agua. Miré todo el baño. En la esquina había un inodoro diferente, con una ducha.
Me agaché ahí y me bañé ahí mismo, con la ducha. Me tardé un buen rato en lavarme. Salí con una toalla en la cabeza. Berta lo había llevado a bañarse. Cuando él salió solo en traje de baño, Berta se fue.
Cadu-mi ropa, caipira.
Señala dónde y fui.
Betina-¿usted duerme con qué?
Cadu-pijama.
Tomé una que estaba en medio de otras, en un clóset gigante para una sola persona. Salí y él me esperaba. Me acerqué y fui a ponerle la ropa. Era la primera vez que veía a un hombre sin ropa, casi desnudo. Mi cara entera se puso roja.
Le puse la ropa. Ni agradeció. Me pidió que lo pusiera en la cama. Él se posicionó en la cama y yo sostuve la silla. Él mismo hizo el esfuerzo de pasarse a la cama.
Cadu-ahora acomódame en la almohada.
Lo ayudé, lo jalé y se recostó en las almohadas suaves. Fui a taparlo, bajé de la cama y puse la silla en su lugar. Su teléfono sonó con una alarma.
Cadu-los medicamentos, dámelos.
Los tomé y le di todos los que señaló. Traté de memorizar el orden que me indicó. Después de que los tomó, arreglé el sofá y puse mi cobija en él. Él se quedó en silencio.
Betina-¿puedo bajar un momentito, señor?
Cadu-ve, solo no hagas ruido en el cuarto.
/Scare/