Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 14
Pasaron varios días.
Las simulaciones de citas se volvieron una rutina. Milo y Abril se encontraban cada tarde en algún café, alguna plaza, algún lugar tranquilo donde nadie los conociera.
Él le enseñaba a mantener la mirada. A sonreír sin miedo. A pedir lo que quería sin disculparse.
—No digas "lo siento" por todo —le corregía Milo—. No es tu culpa existir.
Abril asentía y lo intentaba. Pero a veces se le escapaba.
Y Milo la miraba. Y su corazón se rompía un poco más cada vez.
Porque cada día que pasaba ayudándola a ser más segura, más fuerte, más ella... él se daba cuenta de que ella nunca lo miraría como quería.
Para Abril, él era solo su mejor amigo. El popular. El que le daba consejos.
Nada más.
Mientras tanto, en la mansión de Abril
Pablo seguía viviendo allí.
Se levantaba temprano y entrenaba con ella en las mañanas. Le corregía la postura, la animaba cuando quería rendirse, celebraba cada pequeño avance.
—¡Lo lograste! —gritó una mañana, cuando Abril logró correr diez minutos seguidos sin detenerse.
Ella se tiró al suelo, agitada, pero sonriendo.
—Duele todo —jadeó.
—Eso significa que está funcionando —dijo Pablo, sentándose a su lado.
Abril giró la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó—. ¿Por qué me ayudas?
Pablo la miró. El sudor en su frente. Sus mejillas rosadas. Sus ojos brillantes a pesar del cansancio.
—Porque me pediste que no me riera —dijo, evadiendo—. Y cumplo mis promesas.
Abril sonrió. No presionó.
Pero Pablo sí que pensó en la respuesta verdadera.
Te ayudo porque verte esforzarme me hace querer ser mejor persona.
Te ayudo porque, sin querer, me estás enseñando lo que significa ser bueno.
Te ayudo porque...
No terminó la frase.
Ni siquiera en su cabeza.
El conflicto de Milo
Una noche, Milo llamó a Abril.
—¿Cómo vas con tus entrenamientos? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Pablo se lo contaba todo. Sin querer. Sin saber que él escuchaba.
—Bien —dijo Abril, emocionada—. Pablo dice que he mejorado mucho.
Milo apretó el teléfono.
Pablo.
Ese nombre le quemaba.
—¿Y él sigue viviendo ahí? —preguntó, con fingida indiferencia.
—Sí. Es buena compañía —respondió ella—. Es más divertido de lo que parece.
Milo cerró los ojos.
Buena compañía.
Divertido.
Pablo.
—Me alegro —mintió—. Mañana tenemos simulación, ¿no?
—Sí. Nos vemos.
Colgaron.
Y Milo se quedó en la oscuridad de su habitación, sintiendo que poco a poco perdía a Abril.
No porque ella se fuera.
Sino porque él nunca fue lo suficientemente valiente para quedarse.
Capítulo 33: El beso
Abril llegó al café con Milo. Era otro lugar tranquilo, otro rincón escondido donde nadie los conocía. Pero esa tarde, el destino tenía otros planes.
Al entrar, Milo la tomó del brazo.
—Mira —dijo, señalando hacia una mesa al fondo.
Pablo estaba allí. Sentado con Viviana, una porrista de cabello largo y sonrisa arrogante.
—Te lo dije —murmuró Milo, con una mezcla de satisfacción y amargura.
Abril lo miró. Su rostro no mostró sorpresa. No mostró dolor.
—Lo sé —dijo, encogiendo un hombro—. Y está bien. Nosotros solo somos amigos.
Hizo una pausa.
—Él puede hacer lo que quiera con quien quiera.
Se sentaron en una mesa lejana, de espaldas a ellos. Pero Abril no pidió nada. Solo miraba la taza vacía frente a ella.
En la otra mesa
—Ya te dije que no voy a volver contigo —dijo Pablo, con la voz cansada—. Ya tengo a alguien más.
Viviana soltó una risa burlona.
—No te creo —respondió, cruzando los brazos—. Siempre dices lo mismo y siempre vuelves.
Pablo apretó la mandíbula. Estaba harto. Harto de ella, harto de las mentiras, harto de todo.
Entonces volteó.
Y vio a Abril.
Sentada en una mesa al fondo, con la espalda rígida, las manos sobre la taza vacía. No lo miraba. Pero él sabía que ella lo había visto.
Y algo dentro de él se rompió.
No pensó.
Se levantó de su silla. Caminó hacia ella con pasos firmes. Ignoró a Milo, que lo miraba con odio. Ignoró las miradas de los otros clientes.
Llegó frente a Abril.
—¿Pablo, qué...? —alcanzó a decir ella.
Pero no terminó la frase.
Pablo la tomó del rostro con ambas manos y la besó.
Sin permiso.
Sin explicación.
Sin nada más que la urgencia de demostrarle que no era verdad. Que Viviana no era nada. Que ella era la única que le importaba.
Abril se quedó inmóvil. Sus labios congelados. Sus ojos abiertos.
Milo se quedó helado.
La taza vacía de Abril cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
Como todo lo que Milo creía saber.