Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 9: “Me sacaron… pero ya estaba perdiendo todo
Narra Brando
Yo salí bajo fianza.
El jefe mandó la plata con un abogado de él, un man serio, de esos que uno sabe que no hablan mucho, solo hacen lo que tienen que hacer y ya.
La fianza fue de 80 millones de pesos colombianos.
Una plata dura, de esas que uno normal no ve ni en sueños, pero allá arriba eso es como mover una ficha más.
No hubo mucho más.
Firmé unos papeles, recogí mis cosas y ya.
Me entregaron el celular.
Y apenas salí, lo primero que hice fue llamar a Violeta.
Yo necesitaba escucharla.
Sonó.
Y contestó.
—¿Aló? —dijo ella.
Pero su voz no era la misma.
Era fría.
Seca.
Como si no me conociera.
—Violeta… soy yo —le dije.
Silencio.
—Ajá —respondió ella.
Yo me quedé quieto un segundo.
—Ya salí… —le dije.
Otro silencio.
—Sí, ya sé —me respondió.
Eso me pegó duro.
Porque no había emoción, no había alivio, no había nada.
Solo distancia.
—Mami… —le dije bajito—. Escuchame.
—¿Qué querés, Brando? —me dijo fría.
Yo respiré hondo.
—Yo estoy afuera… te estoy llamando apenas salí —le dije.
Ella soltó una risa sin sentimiento.
—Saliste porque te sacaron —me respondió.
Silencio.
Yo apreté el celular.
—Yo no te estoy llamando por eso… —le dije.
—Entonces por qué —me cortó.
Yo tragué saliva.
—Porque te quiero ver —le dije.
Ahí ella se quedó callada unos segundos.
Pero no era el silencio de antes.
Era otro.
Más duro.
Más distante.
—Brando… —dijo al fin— yo ya te vi.
Yo cerré los ojos un segundo.
—Sí… —respondí.
—Y me prometiste que ibas a cambiar —me dijo.
Yo apreté la mandíbula.
—Yo intenté…
—No —me interrumpió—. Vos no intentaste nada.
Silencio.
Otra vez.
Yo no sabía qué decir.
Porque tenía razón en muchas cosas.
—Yo te llamé apenas salí —le dije bajito.
—No me llames para eso —me respondió fría.
Eso me dejó quieto.
—Violeta… —le dije—. Yo te quiero.
Ella tardó en responder.
Y cuando habló, su voz cambió otra vez.
—Yo también te quise —dijo.
“Quise”.
Pasado.
Yo me quedé helado.
—¿Qué estás diciendo? —le pregunté.
Ella respiró fuerte.
—Que estoy cansada, Brando —me dijo—. Cansada de vos.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Yo sentí el pecho apretado.
—No me hagás esto… —le pedí.
Pero ya no era la misma.
—Necesito tiempo —me dijo.
Yo sentí que todo se me venía abajo.
—Violeta, no… —le dije rápido.
Pero ella ya estaba lejos.
—Hablamos después —dijo.
Y colgó.
Yo me quedé con el celular en la mano.
Mirándolo.
Sin decir nada.
Afuera yo estaba libre…
pero con ella, sentía que ya lo había perdido todo.Yo me quedé con el celular en la mano, mirando la pantalla apagarse, sintiendo como si algo se me hubiera cerrado por dentro. Afuera ya estaba libre, sí… pero con ella todo se sentía en contra. El aire de Pereira me pegaba frío en la cara, pero lo que más me helaba era esa voz de Violeta, tan distante, tan distinta a la que yo conocía.
Caminé sin rumbo un rato por el barrio, pensando en todo lo que había pasado. En cómo la calle me había vuelto a jalar otra vez justo cuando estaba intentando hacer las cosas diferente. Y en ella… en Violeta, que ya no me hablaba igual, que ya no me miraba como antes, que ahora me hablaba con rabia y decepción.
Yo sabía que la había herido. No una vez, varias. Y lo peor es que no era con palabras solamente, era con hechos. Pero también sabía otra cosa… yo la amo. Y eso no se me había ido. Aunque todo estuviera mal, aunque ella estuviera fría conmigo, yo seguía sintiendo lo mismo por ella.
Me senté en una esquina, respiré hondo y me pasé la mano por la cara. No iba a rendirme así. No después de todo lo que habíamos vivido. Si ella todavía sentía algo, aunque fuera poquito, yo iba a agarrarme de eso. Porque Violeta no era una más… ella era diferente para mí.
Y ahí mismo me lo juré en voz baja, como para mí mismo: iba a hacer lo que fuera necesario para volver a conquistarla. Sin presión, sin orgullo, sin la actitud de la calle. Esta vez iba a ser distinto. Porque esta vez no era por juego… era por ella.