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Mi Amor El Guachimán

Mi Amor El Guachimán

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:720
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: El día que todo se rompió

Fecha: 16 de septiembre de 2026

Ese día empezó como cualquier otro en Santa Marta, mi llave. El sol estaba fuerte, el calor pegaba duro como siempre, y la gente andaba en su vida normal, sin imaginarse lo que venía. Yo me fui a trabajar temprano, como siempre, buscando lo que saliera pa’ ayudar en la casa. Ese día me tocó ayudar en un local y también hacer mandados por el barrio.

Todo estaba tranquilo… hasta que de un momento a otro, la tierra empezó a moverse.

Al principio pensé que era algo leve, como cuando pasa un camión pesado. Pero no, mi llave… eso no era normal. El suelo empezó a temblar más duro, las paredes crujían, los postes de luz se movían como si fueran de papel. La gente empezó a gritar.

“¡Está temblando! ¡Está temblando duro!”

Y en cuestión de segundos, todo se convirtió en caos.

El temblor se volvió más fuerte, tanto que parecía que el mundo se iba a partir en dos. Yo corría de un lado a otro sin saber qué hacer. Veía a la gente desesperada saliendo de las casas, algunos cayéndose, otros llorando, otros buscando a sus hijos.

Yo solo pensaba en una cosa: ayudar.

Empecé a ayudar a sacar personas de lugares peligrosos, a sostener a señoras que no podían caminar bien, a gritarle a la gente que saliera a la calle abierta. El ruido era horrible, como si la tierra estuviera rugiendo con rabia.

Las casas se empezaban a agrietar, algunas se caían parcialmente, otras quedaban en ruinas. El polvo llenaba todo el ambiente, y el cielo se veía gris, como si hasta el sol se hubiera apagado.

Santa Marta nunca se había sentido tan triste.

Después de varios minutos que parecieron eternos, el temblor empezó a bajar de intensidad, hasta que finalmente paró.

Pero el daño ya estaba hecho.

Todo era silencio… un silencio raro, pesado, lleno de miedo.

La gente lloraba, gritaba nombres, buscaba familiares entre los escombros. Yo estaba cansado, lleno de polvo, con el corazón acelerado, pero lo único que pensé en ese momento fue mi familia.

Salí corriendo como pude hacia mi casa.

Cada paso que daba era más pesado que el anterior. Yo sentía un miedo en el pecho que nunca había sentido antes. Algo dentro de mí me decía que algo no estaba bien.

Cuando llegué a mi barrio, todo era destrucción. Casas caídas, paredes partidas, techos en el suelo. El lugar donde yo vivía estaba parcialmente destruido. La casa donde crecí ya no era la misma.

Entré como pude, gritando:

“¡Mamá! ¡Papá! ¡Laura!”

Y de repente los vi.

Mi mamá y mi hermana estaban en una esquina, abrazadas, llorando desconsoladas. Estaban vivas, pero estaban destrozadas emocionalmente.

Yo corrí hacia ellas y las abracé fuerte.

“¿Están bien? ¿Están bien?” les pregunté con la voz quebrada.

Mi mamá no me miraba a los ojos.

Y ahí fue cuando sentí que algo horrible venía.

Ella me dijo, con la voz rota:

—Gregorio… tu papá…

Yo la interrumpí de inmediato.

—¿Qué pasó con mi papá? ¿Dónde está?

Mi hermana solo lloraba más fuerte.

Mi mamá respiró profundo, y me dijo las palabras que me destruyeron por completo:

—Tu papá murió… Gregorio.

En ese momento sentí que el mundo se me vino encima, mi llave. Sentí que las piernas no me sostenían, que el aire no entraba a mis pulmones.

Yo grité sin poder controlarme:

—¿Cómo así? ¡Mamá, cómo así que murió!

Ella me explicó entre lágrimas que mi papá había salido en medio del temblor porque quería ir a sacar los últimos ahorros que teníamos guardados en una parte de la casa, dinero que él decía que era importante para la familia. En ese momento ocurrió el colapso de una parte del techo, y no logró salir.

Todo se me nubló.

Yo no podía creerlo.

Mi papá… el hombre que me enseñó a ser fuerte… ya no estaba.

Me quedé en silencio, mirando el suelo destruido, sin poder reaccionar. Sentía rabia, dolor, impotencia. Todo al mismo tiempo.

Pero el golpe más duro aún no había terminado.

Mi mamá me miró otra vez, llorando, y me dijo:

—Gregorio… hay algo más…

Yo ya no quería escuchar nada más, pero ella continuó.

—Mariana…

En ese instante mi corazón se detuvo.

—¿Qué pasó con Mariana? —pregunté con miedo.

Mi mamá bajó la mirada y dijo:

—Ella también murió… Gregorio. No logró salir del lugar donde estaba cuando empezó el temblor.

Yo sentí que todo se apagó.

Mi mundo completo se derrumbó en segundos.

Caí de rodillas en medio de los escombros, sin fuerzas, sin voz, sin aire. Todo lo que yo amaba estaba desapareciendo frente a mí.

Mi mamá se acercó y me entregó una cadena.

Era la cadena que yo le había regalado a Mariana.

La tomé con las manos temblorosas, mirándola sin poder creerlo. Esa cadena era un recuerdo de nosotros, de nuestro amor, de nuestros sueños… y ahora era lo único que quedaba.

Mi hermana me abrazó llorando.

Mi mamá no dejaba de llorar.

Y yo… yo solo miraba el vacío.

La casa quedó destruida casi por completo. Paredes caídas, techos rotos, muebles destruidos, todo cubierto de polvo. Ya no era un hogar, era solo ruina.

Ese día no solo se cayó una ciudad…

Ese día se cayó mi vida entera.

Y mientras sostenía esa cadena en mis manos, entendí algo doloroso:

ya no quedaba nada como antes… y yo tenía que aprender a vivir con ese vacío.

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