¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 19: Un "pícnic" con intruso y el ataque de celos
Gideon no esperó a que mi cerebro procesara la información. Aprovechando que me había quedado en blanco, acortó los últimos milímetros de distancia y me volvió a besar.
Esta vez no fue el impulso rápido de la boutique; fue un beso lento, posesivo y jodidamente profundo que me dejó agarrada de su camisa negra como si fuera mi único salvavidas en el medio de un tsunami. El calor del armario cerrado pareció multiplicarse por mil, y juro que por un momento me olvidé de que existía un imperio, un príncipe y un contrato de matrimonio. Cuando finalmente se alejó, mis piernas temblaban tanto que si no hubiera estado apoyada contra la pared, me iba directo al piso.
Afuera, el silencio confirmó que los pasos de Jarek ya se habían alejado por completo. Gideon reguló su respiración, me miró la cara de tonta que me había quedado y esbozó esa sonrisa de lado que me destruía el sistema nervioso. Me dio una palmadita suave en la mejilla y me abrió la puerta del armario.
—Vuelva a su habitación y duerma, Duquesa —susurró con tono mandón, pero con los ojos brillantes—. Mañana tenemos que seguir con la estrategia.
Caminé de vuelta a mi cama flotando en una nube, procesando que el duque me la había vuelto a poner difícil.
Al día siguiente, decidida a recuperar mi territorio de reina de la vagancia y, de paso, seguir torturando psicológicamente al príncipe, organicé un pícnic en el jardín trasero de la mansión. Pero nada de mesitas finas ni manteles bordados; esto era vagancia nivel Dios.
Mandé a tirar tres mantas acolchadas directamente sobre el pasto. A un costado, el Dragón Celestial —en su versión de perro grande— dormía plácidamente desparramado boca arriba, roncando bajito. Félix estaba sentado con las piernas cruzadas tirando unas cartas mágicas que le había robado a la guardia, y yo estaba tirada boca abajo, comiendo uvas directamente de la fuente.
Gideon estaba sentado a unos metros, con la espalda apoyada en un árbol, fingiendo leer unos informes militares pero clavándome la mirada cada dos por tres con una complicidad que me hacía dar vuelta la cara para que no me viera sonreír como una adolescente.
—Jefa, las cartas dicen que hoy te cae una plaga —se burló Félix, mostrando una carta con el dibujo de un bufón—. Una plaga rubia con perfume barato.
Dicho y hecho. Jarek apareció por el sendero del jardín, vistiendo una túnica de seda blanca con hilos de oro y sosteniendo un pergamino enrollado. Venía con cara de pocos amigos tras el desastre de la cena de ayer, pero intentando mantener la pose de galán de la corte. Se metió al pícnic a la fuerza, ignorando olímpicamente a Gideon y a Félix, y se paró frente a mí, desenrollando el papel con un dramatismo que me dio alergia.
—Cassandra, he venido a rescatarte de esta... vulgaridad —declaró Jarek, inflando el pecho—. Un verdadero lazo real se nutre del arte y la belleza. Te he escrito un poema cortesano para recuperar la pureza de nuestro compromiso. Escucha: «Oh, mi dama de cabellos de noche, tu belleza es un broche, que en mi pecho se clava como un coche...».
—Pará, pará, ricitos... ¿"Coche" rima con "noche"? Qué rima tan trucha, por favor —murmuré, acomodándome un almohadón en la cabeza.
Jarek carraspeó, ignorando mi sabia crítica literaria, y siguió leyendo con una voz monótona, chillona y sumamente aburrida, hablando de flores, estrellas de plástico y metáforas tan baratas que parecían sacadas de un folleto de ofertas de supermercado.
El solcito del mediodía estaba espectacular. El poema era un somnífero de alta potencia. Entre la voz de Jarek y la digestión de las uvas, el sueño me pegó un viaje de ida. Cerré los ojos y me dormí profundamente a la mitad de la segunda estrofa.
Y como ya era ley en esta nueva vida, mi magia pasiva reaccionó al instante ante mi aburrimiento absoluto y mi caída en los brazos de Morfeo.
Un hilo de maná morado se filtró desde mi cuerpo hacia el césped. La energía se esparció por el jardín y, de repente, las miles de hojas secas, los pétalos de las rosas y las plantas decorativas de los canteros cobraron vida propia. Se levantaron en el aire, formando una especie de remolino viviente, y se lanzaron directo contra el príncipe.
—«...y tus ojos son dos luceros que...» ¡¿Pero qué?! ¡Aaaah! —el poema de Jarek terminó en un chillido agudo cuando una horda de hojas de roble le pegó de lleno en la cara.
Las plantas del jardín comenzaron a perseguir al príncipe por todo el predio, dándole azotes con las ramas y tirándole flores como si fueran proyectiles mágicos. Jarek soltó el pergamino y empezó a correr en círculos por todo el césped, agitando los brazos de forma ridícula y gritando por su guardia mientras la túnica blanca se le llenaba de barro y pasto.
—¡¡Gualicho!! ¡¡Es un ataque de brujería!! —gritaba Jarek, saltando por encima de un cantero mientras un arbusto lo corría de atrás.
Félix estalló en una carcajada tan fuerte que se cayó para atrás en la manta, pateando el aire.
—¡Uh, jefa! ¡Esa magia sí que tiene buena crítica literaria! —exclamó Félix entre risas—. ¡Corré, ricitos, que te alcanza el yuyo!
Gideon, viendo que yo seguía profundamente dormida ajena al caos, se levantó con total parsimonia. Caminó hacia mi manta, se sentó con elegancia a mi lado y, con una suavidad que nadie esperaría del temible Duque de la Noche, pasó su brazo por detrás de mi espalda. Me acomodó la cabeza con cuidado sobre su hombro firme para que pudiera dormir más cómoda, evitando que me despertara con el escándalo.
Desde esa posición VIP, Gideon levantó la vista y miró a Jarek —quien seguía corriendo de fondo perseguido por un malvón asesino— y esbozó una sonrisa de victoria absoluta, fría y sumamente satisfactoria. El príncipe estaba masticando odio en su máxima expresión, y nosotros dos estábamos disfrutando de la mejor siesta de la historia.