Diego Román siempre fue un hombre demasiado consciente de su belleza. Coqueto, encantador y famoso entre las mujeres, disfrutaba de la atención como si hubiera nacido para recibirla. Nunca tuvo novia fija porque prefería divertirse, hablar bonito y robar sonrisas donde fuera.
Pero toda su vida termina absurdamente cuando el teleférico en el que viajaba se desploma hacia el vacío.
Y la muerte… no fue el final.
Cuando despierta otra vez, ya no está en su mundo ni en su cuerpo.
Ahora es Liana Duar, la hija de una familia noble humana destinada a convertirse en la esposa del temido Rey de los Insectos, una criatura mitológica que gobierna un reino oculto lleno de seres venenosos, mariposas gigantes y monstruos alados.
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Capítulo 2 — Soy la protagonista que muere horrible
La primera semana fue suficiente para que Diego entendiera algo importante: vivir como mujer noble era agotador.
Demasiadas capas de ropa, demasiadas personas entrando al dormitorio sin avisar, demasiadas reglas absurdas para caminar, sentarse y hasta sonreír. A veces quería arrancarse el cabello de frustración, aunque luego recordaba que el cabello de Liana era demasiado bonito para hacer eso.
Aquella mañana estaba sentado frente a un escritorio enorme lleno de libros mientras una sirvienta acomodaba flores en la habitación. Diego sostenía un cuaderno abierto con expresión seria. Era su diario.
—Entonces… Liana Duar nació en la familia ducal del oeste, comprometida desde niña con el reino de los insectos…
Pasó la página rápidamente.
—Odia los insectos, le teme al matrimonio y desea escapar antes de la boda. Sí, sí, esa parte ya la sé porque después todos terminan muertos.
La sirvienta dejó las flores lentamente.
—Lady Liana, no debería hablar así.
Diego levantó la vista.
—¿Así cómo?
—Como si el reino humano fuera a desaparecer mañana.
Él soltó una risa seca.
—Ojalá fuera mañana. Todavía faltan meses para el desastre.
La mujer frunció el ceño confundida.
—Últimamente dice cosas muy extrañas.
—Y tú todavía no viste nada.
Diego volvió a mirar el libro. Durante esos días había investigado todo lo posible sobre la vida de Liana; quería asegurarse de que realmente estaba dentro de aquella novela y no en algún sueño raro causado por el golpe del teleférico.
Pero cada cosa coincidía.
Los nombres. Las regiones.bLa historia política.
Incluso el emperador actual era el mismo hombre arrogante que aquella chica había criticado mientras le contaba el libro.
Diego se apoyó en la silla suspirando.
Recordaba perfectamente el final porque la muchacha con la que salía había llorado muchísimo mientras lo explicaba.
“Liana arruina todo por egoísta.”
“Si tan solo hubiera hablado con el rey…”
“Literalmente provocó una guerra.”
En ese momento Diego apenas había prestado atención. Solo fingía escuchar mientras pensaba en besarla.
Ahora deseaba haber memorizado hasta el último capítulo.
Cerró el libro con fuerza.
—Qué mala costumbre tenía de no escuchar a las mujeres.
La sirvienta parpadeó.
—¿Perdón?
—Nada. Déjame hablar solo... Digo, sola.
Se levantó de la silla caminando hacia la ventana. Desde ahí podía verse el jardín de la mansión Duar y parte de la ciudad. Todo parecía tranquilo, elegante, normal.
Y aun así Diego sentía presión en el pecho.
Porque sabía lo que iba a pasar.
Los insectos venenosos invadiendo las calles.
Niños muriendo. Soldados incapaces de defenderse.
La novela había sido bastante cruel con las muertes.
Diego tragó saliva lentamente.
—Ni loco huyo de esta boda.
La sirvienta volvió a escucharlo hablar solo.
—Lady Liana… ¿está segura de encontrarse bien?
Diego giró la cabeza.
—Mira, te voy a hacer una pregunta muy seria. Si tuvieras que casarte con un hombre insecto para evitar una masacre, ¿lo harías?
La mujer abrió mucho los ojos.
—¡Lady Liana!
—Eso no respondió mi pregunta.
—¡Claro que sí lo haría! ¡Es un gran honor convertirse en la reina del reino de los insectos!
Diego cruzó los brazos.
—Hablas así porque seguramente el rey es guapo.
—¿Eh?
—Las mujeres soportan demasiadas cosas cuando el hombre es atractivo.
La sirvienta quedó callada unos segundos antes de murmurar:
—Usted antes nunca decía esas cosas…
Diego soltó una pequeña sonrisa. No respondió más.
La mujer definitivamente ya no sabía cómo reaccionar.
Aquella tarde decidió salir a recorrer la mansión. Necesitaba entender mejor cómo vivía Liana y también acostumbrarse a moverse con vestidos largos sin parecer un caballo recién nacido.
El problema era que caminar con gracia resultó más difícil de lo esperado.
Muy difícil.
—Lady Liana, los pasos deben ser más pequeños.
—¿Más pequeños? Apenas me estoy moviendo.
—También debe mantener la espalda recta.
Diego intentó hacerlo y casi pierde el equilibrio.
La institutriz soltó un suspiro agotado.
Era una mujer estricta llamada Marianne, encargada de enseñarle modales desde niña. Ahora mismo parecía estar reconsiderando toda su vida profesional.
—Otra vez —dijo ella.
Diego respiró hondo y volvió a caminar.
Un paso.
Otro paso.
El vestido se enredó entre sus piernas.
—¡Ah!
Terminó cayendo sentado frente a las tres sirvientas presentes.
Hubo silencio.
Diego levantó lentamente la cabeza.
—Creo que mi dignidad murió otra vez.
Una de las chicas se tapó la boca para no reírse.
Marianne cerró los ojos con paciencia forzada.
—Lady Liana, las damas no se dejan caer así.
—Pues dígale eso al vestido, porque claramente quiere asesinarme.
La mujer mayor empezó a masajearse la sien.
—Antes era usted muy refinada.
Diego se levantó con ayuda mientras refunfuñaba.
Todo era complicado. Sentarse debía hacerse de cierta forma; comer también. Incluso descubrió que había diferencia entre la sonrisa formal y la sonrisa social.
Le parecía ridículo.
Durante la cena terminó olvidándolo todo.
Tomó el cuchillo como siempre y empezó a cortar la carne tranquilamente hasta notar que todos lo miraban.
El duque Duar, padre de Liana, frunció el ceño.
—Liana.
Diego levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Qué manera de sostener los cubiertos es esa?
Diego miró sus propias manos.
—¿Normal?
La duquesa dejó la copa lentamente.
—Cariño, pareces un mercenario.
—Bueno, al menos eso suena más interesante que noble aburrida.
Silencio.
El hermano menor de Liana soltó una carcajada.
—¡Madre, hoy está divertida!
El duque no parecía divertido.
—Compórtate como una dama.
Diego sonrió falsamente.
—Estoy intentándolo. Resulta que ser mujer fina requiere demasiado esfuerzo.
Toda la mesa quedó callada.
El hermano menor volvió a reír tan fuerte que casi escupe bebida.
—¡Definitivamente te golpeaste la cabeza!
Diego lo señaló.
—Tú sí me caes bien.
La duquesa observó a su hija durante unos segundos antes de suspirar.
—Últimamente cambiaste mucho.
Diego bajó la mirada al plato.
Si supieran cuánto.
Aquella noche volvió a encerrarse en la biblioteca privada de Liana. Había encontrado documentos viejos relacionados con el reino de los insectos y eso le interesaba demasiado.
Abrió un enorme libro cubierto de polvo.
Las ilustraciones mostraban criaturas aladas, bosques gigantescos y nobles con alas similares a mariposas.
Diego observó una imagen del rey anterior.
El hombre era absurdamente hermoso. Cabello negro. Ojos dorados. Alas enormes detrás de la espalda.
Diego parpadeó varias veces.
—…Bueno, eso cambia bastante las cosas.
Pasó otra página rápidamente.
La descripción hablaba sobre la descendencia real y cómo los miembros de sangre pura heredaban alas más grandes y venenos más peligrosos.
Diego tragó saliva.
—Hermoso pero letal. Excelente combinación para arruinar vidas.
Siguió leyendo durante horas hasta encontrar algo importante.
“El próximo rey ascenderá al trono luego de reclamar a su prometida humana.”
Diego quedó quieto.
Cerró lentamente el libro.
Todo era real. No había escapatoria.
Y si decidía huir como en la historia original…
Miles morirían.
Se pasó ambas manos por el rostro cansadamente.
—Bueno Diego, felicidades. Moriste una vez y ahora tienes que salvar un reino usando tacones.
Escuchó una pequeña risa detrás de él.
Giró rápido encontrando a una de las jóvenes sirvientas en la puerta.
—Perdón, lady Liana. No quise espiar.
Diego suspiró.
—Ya no me sorprende nada. ¿Qué pasa?
—Su madre quiere verla mañana temprano para elegir telas de vestidos.
El rostro de Diego perdió vida.
—…¿Vestidos de boda?
La chica asintió emocionada.
—¡Sí! La noticia llegó esta tarde. El reino de los insectos enviará representantes dentro de unos meses.
Diego sintió un escalofrío.
Todo estaba más cerca.
La sirvienta sonrió ilusionada.
—Dicen que cuando el rey venga, el jardín entero se llenará de mariposas negras.
Diego tragó saliva lentamente.
—Sí… romántico.
—¿No está emocionada?
Él miró otra vez la ilustración del libro.
Aquel hombre realmente era demasiado atractivo para pertenecer a una especie peligrosa.
Eso le preocupaba un poco.
Porque Diego conocía perfectamente el efecto que tenía la gente hermosa sobre las personas.
Y sinceramente no necesitaba complicarse enamorándose de un rey insecto.
Mejor quedate calladita