Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.
Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.
Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…
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CAPÍTULO 1
## Capítulo 1 — Yo
El despertador no necesita despertarme.
Mi cuerpo ya sabe la hora. Las cinco de la mañana y mis ojos se abren solos, como si tuvieran miedo de perderse algo, como si la vida fuera a pasar sin avisarme. Me quedo unos segundos mirando el techo, esa grieta en la esquina que parece un río en un mapa, y pienso que algún día la voy a tapar. Algún día.
Hoy no.
Hoy hay cuentas.
Me llamo Antonieta. Tengo veinticuatro años y una vida que parece haber sido diseñada por alguien que estaba de mal humor ese día. No me quejo, eh. Ya aprendí que quejarse no paga el gas. Pero si soy honesta, y siempre lo soy porque la mentira me da demasiado trabajo recordarla, hay noches en que me acuesto y me pregunto cuándo va a ser mi turno.
Entonces me duermo sin respuesta y al día siguiente me levanto de nuevo.
Así es.
Abuela Cida todavía duerme cuando paso frente a su cuarto. Empujo la puerta suavemente, solo una rendija, justo lo suficiente para ver si su pecho sube y baja. Es un hábito feo, lo sé. Pero desde el diagnóstico no puedo pasar por esa puerta sin checar.
Cáncer.
Odio esa palabra. Odio su tamaño, odio cómo ocupa el aire cuando alguien la dice, odio lo que le hizo a la mujer más fuerte que he conocido en mi vida. Mi abuela que cosía hasta la madrugada, que me crió sola, que nunca dejó que faltara nada aunque todo faltaba, estaba acostada en esa cama con un pañuelo blanco en la cabeza y una respiración que a veces me asustaba de tan lenta.
Cierro la puerta con el cuidado de quien carga algo de vidrio.
Voy a hacer café.
Tenía dieciocho años cuando el médico dijo esa palabra por primera vez. Recuerdo que estaba sentada al lado de Abuela Cida en ese consultorio que olía a desinfectante y a frío, y ella me tomó la mano antes de entrar, como si yo fuera la que necesitaba fuerzas.
Típico de ella.
Cuando el médico terminó de hablar no lloré. No ahí. Me quedé escuchando, pregunté lo que tenía que preguntar, anoté lo que tenía que anotar, agradecí y salí. Fui al baño del pasillo, abrí la llave, puse la cara bajo el agua fría y solo entonces dejé escapar un poco.
Solo un poco.
Luego me miré en el espejo, respiré hondo y decidí.
La escuela podía esperar. Abuela Cida no.
La profesora Marcia, que me llamó al día siguiente, intentó convencerme de lo contrario. Habló de futuro, de potencial, usó esa voz de quien cree que está salvando a alguien.
—Antonieta, tienes talento, no puedes desperdiciarlo.
La miré con toda la educación que pude reunir y respondí:
—¿Usted alguna vez pagó una quimioterapia con talento?
Se quedó callada.
Agarré mi mochila y me fui.
Limpiar la casa de los demás es el tipo de trabajo que la gente mira y aparta los ojos rápido, ¿sabes? Como si fuera contagioso. Como si ver demasiado pudiera traer mala suerte.
A mí nunca me importó eso.
Me enorgullezco de mis manos. Son ásperas, tienen cutículas que ninguna manicurista puede con ellas, y saben trabajar. Llego a tiempo, salgo cuando el trabajo está hecho, no cuando el reloj lo manda. Dejo las casas oliendo a lavanda porque la abuela me enseñó que casa limpia tiene olor, no solo apariencia.
Las patronas me recomiendan entre ellas. Mi semana está llena, de lunes a sábado, y cada jornal cuenta.
No es lo que soñé de niña. Pero honestamente, de niña tampoco soñé con ver a mi abuela calva con ojeras moradas.
La vida no pide permiso. Uno solo aprende a abrir la puerta antes de que la derribe.
No me considero bonita. Nunca tuve tiempo para eso. Mi cabello rizado vive en un chongo torcido que armo en cuarenta segundos sin espejo, mi piel lleva tiempo pidiendo socorro de hidratación y mi ropa se elige bajo el criterio de aguantar el trapeador, no de quedar bien.
Tengo cuerpo. Eso lo sé porque los pantalones me lo recuerdan cada mañana cuando no cierran como deberían. Pero el cuerpo no paga cuentas, así que lo agradezco y sigo adelante.
Lo que sí tengo, lo que genuinamente es mío, es esta boca.
Rápida. Filosa. Con humor de quien creció aprendiendo que si no ríe, llora. Y yo prefiero reír, gracias.
Ya me costó dos empleos esta boca. El más memorable fue la dueña del apartamento 304 que me llamó lenta delante de su hija.
Lenta.
Yo, que aprendí a lavar, planchar, cocinar y cuidar a una persona enferma antes de los dieciocho años.
Le devolví el trapo de cocina, cobré el mes que me debía, le deseé buenos días con una sonrisa que ella no supo interpretar y me fui.
Abuela Cida me regañó media hora.
Luego giró la cara y vi el rabillo de su boca intentando sonreír.
Valió cada segundo.
La vida es eso. Te levantas, trabajas, cuidas, duermes.
No tiene glamur, no tiene romance, no tiene esos giros de guion que uno ve en las telenovelas que la abuela ama y yo finjo odiar sabiendo el nombre de todos los personajes.
Es solo real. Pesado y real.
Pero ese martes por la mañana, mientras tomaba mi café escuchando a la ciudad despertar afuera.