Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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Reina fría...
Inmediatamente supo que no estaba en aquella habitación oscura, húmeda y desprovista de vida donde sus peores recuerdos habían quedado atrapados como ecos de un infierno reciente. El aire era distinto. Más limpio. Más vivo. La luz no hería… acariciaba.
La enfermera a su cuidado había salido unos minutos a tomar café. Al regresar, se puso los guantes quirúrgicos con la rutina automática de quien repite el mismo procedimiento cada día: masajes para reactivar la circulación, hidratación de la piel, revisión de signos vitales.
No esperaba encontrarla despierta.
—Hola… ¿quién eres?… ¿Dónde estoy? —preguntó Ángela en voz baja, áspera, con dificultad, pero lo suficientemente clara como para detener el mundo por un segundo.
La enfermera se quedó inmóvil. Sus ojos verdes claros se abrieron con sorpresa. Y luego… sonrió. Una sonrisa amplia, luminosa, cargada de alivio. —Señorita Ángela… despertó… —susurró con emoción—. Esto es maravilloso. Está en la casa del señor Monticello, está a salvo. Espere un momento, llamaré al doctor Sforza para que venga a examinarla… y debo avisarles a todos… se pondrán muy felices.
La emoción pudo más que el protocolo. No esperó respuesta. Salió prácticamente corriendo por los pasillos de la villa, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, hasta llegar al comedor principal.
Audrey Monticello, Letizia y el doctor Lorenzo Sforza desayunaban en una mesa amplia, elegante, bañada por la luz del amanecer que entraba por los ventanales.
—¡Señor Monticello! ¡Señor Monticello! —gritó la joven apenas cruzó la puerta, agitada.
Audrey se puso de pie de inmediato, la silla rechinó contra el suelo. —¿Le pasó algo a mi niña? —preguntó con una mezcla de temor y urgencia que le endureció el rostro.
La enfermera respiró profundo, intentando controlar la emoción… pero no pudo ocultar la sonrisa. —Sí… le pasó algo muy bueno. Acaba de despertar… y preguntó dónde estaba. Doctor Sforza, debe ir a examinarla.
No había terminado la frase cuando Audrey ya avanzaba con pasos largos y decididos hacia la salida. Letizia lo siguió de inmediato, con el corazón en la garganta.
El doctor Sforza se puso en pie y fue tras ellos.
Audrey abrió la puerta de la habitación sin detenerse; la buscó con la mirada. Allí estaba, sus ojos abiertos, conscientes, vivos. Una sonrisa de alivio, casi de incredulidad, iluminó su rostro endurecido.
—Mi niña… mi niña… despertaste… —su voz se quebró apenas.
Se acercó con cuidado de no tocarla demasiado fuerte. Tomó su mano con suavidad y la llevó a sus labios.
Letizia hizo lo mismo desde el otro lado de la cama, sus dedos temblaban. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no pudo contener. Intentó hablar… pero la emoción le cerró la garganta.
—¿Cómo te sientes, mi niña? —preguntó Audrey con una ternura poco común en él—. ¿Cómo estás?… ¿Nos recuerdas?
Ángela giró ligeramente el rostro hacia ellos. Sus ojos miel, aún cansados, reflejaban una mezcla de calma y tormenta. Esbozó una leve sonrisa. —Estoy bien… —respondió con voz débil—. Siento el cuerpo cansado… pero supongo que es normal… y por supuesto que los recuerdo… a ti… y a ti también, tía Letizia.
Hizo una pequeña pausa, respirando con dificultad. —Gracias por haber ido por mí…
Sus ojos cambiaron, el calor se transformó en algo más oscuro, más frío. —Díganme que dejaron vivo a Darío Aristegui… —continuó, con una firmeza que contrastaba con su estado—, porque quiero ser yo quien le desholle la piel pedazo a pedazo… sin anestesia.
En su mirada brilló un odio visceral, puro, crudo.
Audrey sintió cómo la sangre le hervía, Su expresión se endureció al instante. —¿Ese infeliz fue quien te lastimó? —preguntó con voz grave, cargada de furia contenida—. ¿Lo recuerdas todo?
No soltó su mano.
Ángela lo sostuvo con la mirada. —Recuerdo… cada maldito segundo —respondió, apretando apenas los dedos—. Desde que llegué a mi casa… hasta que ese infeliz llegó por mí y me llevó a la mazmorra.
Su respiración se volvió más pesada. —Recuerdo absolutamente todo.
El silencio en la habitación se volvió denso. —Y les juro… —añadió con voz baja, pero firme— que esos recuerdos serán mi motivación para cobrarle al cobarde Rey Rojo… al patán de Darío… y a la zorra de Marina… cada segundo oscuro que viví.
Las máquinas continuaron marcando el ritmo de su corazón, Pero ahora… ese corazón ya no solo latía, Ardía.
Sé que están emocionados por el despertar de Ángela, pero necesito examinarla —intervino el doctor Lorenzo Sforza con tono firme, aunque respetuoso, colocándose los guantes mientras su mirada clínica recorría cada monitor conectado al cuerpo de la italiana—.
Audrey soltó un suspiro resignado, sin apartar los ojos de su sobrina. —Está bien, mi niña… pero quiero que sepas que no tienes que preocuparte por nada. Yo me haré cargo de todo, como lo he hecho hasta ahora.
Ángela giró apenas el rostro hacia él; la debilidad era evidente, pero no así su carácter. —No, tío… no quiero que los toques —su voz era baja, áspera por los meses en silencio, pero cargada de una determinación helada—. Déjame recuperarme… y te aseguro que seré yo quien los arrastre al infierno.
El silencio que siguió fue denso. Audrey sostuvo su mirada unos segundos más, entendiendo que aquella no era una súplica, sino una promesa. Finalmente asintió. —Como desees, mi niña. —Luego hizo un gesto a Letizia y ambos salieron de la habitación, cerrando con suavidad la puerta.
El ambiente cambió de inmediato. Más frío. Más clínico.
Lorenzo se acercó a la cama, ajustó la intensidad de la luz y comenzó su evaluación con precisión profesional. —Ángela, necesito que te mantengas lo más relajada posible —indicó mientras revisaba las constantes vitales en el monitor—. Vamos a hacer una valoración completa. Si en algún momento sientes dolor, me lo dices.
Tomó una linterna médica y examinó sus pupilas. —Sigue la luz… eso es… bien… reflejo pupilar conservado. —Anotó mentalmente cada respuesta. Luego apoyó suavemente sus dedos sobre su cuello, evaluando el pulso carotídeo—. Frecuencia estable…
Deslizó el estetoscopio sobre su pecho, escuchando con atención. —Respira profundo… otra vez… —cerró los ojos unos segundos, concentrado—. Murmullo vesicular conservado… sin ruidos agregados.
Después palpó con extrema delicadeza su abdomen, observando cualquier reacción. —¿Dolor aquí?
—No… —respondió ella con apenas un hilo de voz.
—¿Y aquí? —presionó un poco más hacia el bajo vientre.
Ángela tensó levemente el cuerpo, pero negó. —Molestia… no dolor.
Lorenzo asintió, serio. Continuó evaluando la movilidad de sus extremidades. —Intenta mover los dedos de las manos… bien… ahora los pies… —observó el leve temblor muscular—. Hay debilidad, pero es esperable tras un periodo prolongado de inmovilidad.
Tomó una pequeña aguja y realizó una prueba de sensibilidad superficial. —Dime si sientes esto…
—Sí…
—¿Igual en ambos lados?
—Sí…
El médico retrocedió un paso, analizando el cuadro general con mirada experta. —Has tenido una recuperación sorprendente, Ángela. Tu cuerpo ha respondido mejor de lo esperado, considerando la gravedad del estado en el que llegaste.
Ella lo observó fijamente. No había gratitud. No había alivio. Solo una necesidad urgente de respuestas.
—Doctor… —su voz fue más firme esta vez—. Me arrancaron a mi bebé… ¿verdad?
El silencio cayó como un golpe seco. Lorenzo bajó la mirada apenas un segundo antes de asentir con honestidad. —Sí…
Ángela no parpadeó. No tembló. No lloró. —¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —preguntó con la misma frialdad.
—Seis meses —respondió él—. Has estado en estado de coma inducido durante la mayor parte del tiempo para estabilizar tu organismo y permitir la recuperación de los daños internos.
Ella asimiló la información sin cambiar su expresión. —Entiendo…
Lorenzo tomó aire. Sabía que lo siguiente no sería fácil. —Hasta ahora, los signos indican que estás fuera de peligro inmediato. Sin embargo, deberás someterte a estudios más profundos: análisis hormonales, evaluación neurológica completa y un programa intensivo de rehabilitación física. Tus músculos han sufrido atrofia parcial por la inmovilidad prolongada. Tendrás que reaprender ciertos movimientos.
—Haré lo que sea necesario —respondió sin dudar—. Necesito levantarme de esta cama cuanto antes.
Hubo una pausa. Ella lo miró directamente. —Dime la verdad, Lorenzo. Lo que sea. Y deja de mirarme con lástima… no lo soporto.
El médico tragó saliva. Ajustó el estetoscopio en su cuello como si necesitara aferrarse a algo tangible antes de hablar. —Ángela… los traumatismos que sufriste, junto con el abuso… provocaron daños severos en tu sistema reproductivo. Hubo desgarros internos, hemorragias importantes y compromiso estructural del útero.
Se detuvo un segundo, midiendo cada palabra. —La intervención que realizamos fue necesaria para salvar tu vida… pero… —su voz se volvió más grave— las probabilidades de que puedas concebir nuevamente son extremadamente bajas.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni un gesto, ni una lágrima, solo esa mirada inmóvil, fría… casi ajena.
—¿Extremadamente bajas… o nulas? —preguntó directa sin titubeos.
Lorenzo sostuvo su mirada. —En medicina nunca hablamos en absolutos… pero siendo honesto contigo… el pronóstico es muy desfavorable, aun asi puedes pedir otras opiniones, acceder a tratamientos...
Ángela lo interrumpio. —No hay nada más que discutir —respondió con una calma inquietante—. No buscaré segundas opiniones. No me interesa.
El médico frunció levemente el ceño. —Ángela, podrías considerar—
—No —lo interrumpió—. No me interesa volver a embarazarme jamás… ni darle a ningún hombre la oportunidad de volver a destruirme como lo hizo Iván.
Sus palabras no fueron dichas con dolor. Fueron dichas con decisión. —Dime cuándo empiezo las terapias —añadió.
Lorenzo la observó en silencio unos segundos más, comprendiendo que, aunque su cuerpo estaba en proceso de sanación… algo dentro de ella acababa de endurecerse para siempre. —Mañana mismo —respondió finalmente—. Y no será fácil.
Ángela sostuvo su mirada. —Nada de lo que venga lo será… doctor. Pero tampoco será peor que lo que ya viví.