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Un Hombre Mayor

Un Hombre Mayor

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Completas
Popularitas:26
Nilai: 5
nombre de autor: Isabel Cristina Oliveira

Eduarda aprendió desde joven que el amor no siempre protege.

A los quince años perdió a su madre, y con ella, la única seguridad que conocía. Como si el duelo no fuera suficiente, su vida se puso patas arriba al descubrir que su padre tenía otra familia… y peor aún: los llevó a todos a vivir bajo el mismo techo. Entre rechazo, silencio y miradas que nunca la aceptaron, Eduarda resistió como pudo.

Pero nada la preparó para la peor traición.

A los veinte años, descubre que fue reducida a una deuda —prometida a un hombre mucho mayor para pagar los errores de su propio padre. Sin opciones, sin voz… hasta que decidió no aceptar ese destino.

Con la ayuda de sus amigos, Eduarda huye, dejando atrás todo lo que conocía —incluido su nombre, su historia y sus heridas mal sanadas.

En una nueva ciudad, intentando reconstruir su vida, conoce a Lucas, un hombre mayor, marcado por el tiempo y con sueños sencillos: amar y formar una familia.

Pero ¿cómo confiar en el amor cuando ya fue usado como moneda de cambio?

Entre traumas, nuevos comienzos y sentimientos que surgen donde menos se espera, Eduarda tendrá que enfrentar el pasado que insiste en perseguirla —y decidir si está lista para vivir algo que nunca tuvo: un amor de verdad.

NovelToon tiene autorización de Isabel Cristina Oliveira para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 La discordancia entre padre e hija

Fue un día difícil, parecía que todo a mi alrededor era diferente, nada era igual.

Crecí de un día para otro, aquella niña tierna, delicada, ya no estaba dentro de mí. Ahora había otra persona que estaba comandando mi vida. Una persona cerrada, amargada, sin confianza en nadie más.

Volví en el horario habitual de salida del colegio, tomé el autobús de regreso a casa, menos mal que a mi pase de autobús le quedaba mucho saldo.

Llegué a casa y encontré a un hombre y dos chicas en la mesa del almuerzo.

Sandra me miró y vino a mi encuentro, me abrazó y fuimos a mi cuarto, lloramos juntas.

Sandra— Mi niña, sé fuerte, voy a estar aquí por ti.

Duda— ¡Gracias, tía!

Sandra— ¿Quieres almorzar? Puedo traerte tu almuerzo aquí a la cuarto.

Duda— ¡Sí quiero! No pude comer nada en la escuela.

Sandra regresó enseguida con mi comida, no podía dejar de comer, esa era mi casa, la intrusa no era yo. Y tenía la certeza de que necesitaba ser fuerte, no era mi intención volver al hospital.

Tendría que levantar la cabeza y enfrentar lo que viniera por delante.

Más tarde mi padre entró a mi cuarto.

Papá— Necesitamos hablar, si vamos a convivir en la misma casa tenemos que ajustar algunas cosas.

Duda— ¡Dime! Solo te recuerdo que cualquier cosa que vayas a decirme, piénsalo bien antes, porque la intrusa aquí no soy yo.

En ese momento la mujer entra a mi cuarto.

Duda— ¡Oye! No tienes permiso de entrar a mi cuarto, puedes retirarte.

Papá— María Eduarda, ¿qué educación es esa?

Duda— La educación que tú me diste. Si quieres decir algo, que sea solo tú. ¡Porque yo también quiero respuestas a algunas cosas!

La mujer salió, fui y tranqué la puerta. ¡Dime!

Papá— No hace falta nada de esto, tenemos que convivir bien. Ya no funcionó con tu madre, ya no nos estábamos entendiendo.

Duda— ¿Cuántos años de matrimonio, señor Pablo?

Pablo— ¿Por qué eso ahora? No va a hacer diferencia cuántos años estuvimos casados.

Duda— No va a hacer diferencia, tú mantuviste otra familia durante todo ese tiempo, tienes una hija casi de mi edad y vienes a decirme que no hace diferencia. ¿A quién quiere engañar, señor?

Pablo— Melissa no es mi hija de sangre, solo Milena que tiene 2 años. Te juro que no fue algo planeado, solo una recaída, fui débil.

Duda— ¡Muy bien! ¿Qué te faltó durante todo ese tiempo? Usted estuvo desempleado y quién lo mantuvo, quién lo ayudó a pagar los gastos de la casa durante el año que no trabajó, que se enfermó.

¿Y qué hiciste? Traicionaste a mi madre con esa mujer, mataste a la única persona que yo amaba, que era mi amiga. Encima trajiste a tu amante a mi casa. La mujer que me causó el mayor dolor de mi vida.

Pablo— Aquí también hay dinero mío, compramos juntos esta casa. Es tan tuya como mía. Hija, intentemos llevarnos bien, no quiero que te rebeles contra mí. ¡Ellas son buenas personas!

Duda— ¡¿Buenas personas?! ¡Una mujer que le roba el marido a otra es buena persona! ¡Destruye un matrimonio de años!

Solo quiero que me digas dónde está enterrada mi madre, quiero ir a visitarla.

Pablo— ¡Está bien! Te voy a pasar la dirección del cementerio.

Duda— ¡Ah! Otra cosa, quiero el dinero que mi madre dejó para mí.

Pablo— ¡Duda! No te estoy reconociendo. Tú no eres esta persona mezquina y desobediente. La pensión es un derecho mío, del esposo.

Duda— Es mío, si tú supiste traer a una familia a esta casa, yo quiero lo que me corresponde por ley. ¿Todavía te consideras esposo?

Pablo— Está bien, voy a traer a un abogado aquí para orientarte sobre lo que tienes derecho.

Duda— No hace falta, ya tengo mi abogado. No te olvides, fuiste tú quien mató a mi madre.

Pablo— María Eduarda, todo tiene un límite, ¡estás pasándote del tuyo! Nunca pensé que tu madre fuera a tener ese ataque.

Duda— Sal de mi cuarto, no tenemos más nada de qué hablar. ¡Quédense todos lejos de mí!

Pablo salió de la cuarto lleno de rabia.

Duda— ¿Qué piensa? ¿Que voy a dejar que esa mujercita use lo que es de mi madre? Mañana voy a ver qué hay en la cuarto de ellos.

Pasaron 15 días y Eduarda fue a consultar sobre la pensión de su madre, el esposo de la directora era su abogado y ellos la querían mucho.

Abogado— Eduarda, en realidad la pensión queda con el esposo, él tiene tu custodia. Lo que podemos hacer es que él te pague una pensión mensual. Todavía eres menor y dependes de él.

Duda— ¡Está bien! Con tal de que yo no tenga que hablarle, ya me doy por satisfecha.

Duda salía temprano al colegio y regresaba a veces por la tarde, aprovechaba para estudiar, iba a presentar el examen de ingreso a la universidad y necesitaba estudiar mucho.

Un día llegó a casa y encontró la puerta de su cuarto abierta.

Duda— ¿Quién abrió mi cuarto? Aquí nadie tiene permiso de entrar a mi cuarto.

Pablo— Fui yo, necesitaba tomar unas cosas que sacaste de mi cuarto.

Duda— Lo que saqué era de mi madre, no le pertenece a esa mujer. No entres más a mi cuarto. Lo que ella quiera, que tú se lo compres, las cosas de mi madre serán mías ahora.

Mujer— Está bien, Pablo, déjala con esas cosas, no quiero problemas. Después compramos cobertores para la cama.

Pablo— Eduarda, te estás volviendo imposible. Recuerda que estamos viviendo todos juntos. Aquí tienes que obedecerme.

Duda— ¿Estás seguro de que todavía te consideras mi padre? Estás muy preocupado por mí, me dejaste sola en el hospital y ni te importó lo que yo estaba sintiendo. Hasta ahora nunca me preguntaste cómo voy a la escuela.

Pero a tus hijas las llevas todos los días a la escuela. ¡Que les vaya bien! Entró a su cuarto y no dijo nada más, solo lloró y le rezó a su madre.

El tiempo fue pasando y la convivencia seguía igual. Duda en su rincón, del colegio a la casa.

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