nunca hay que mentirse a uno mismo
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21
Dante se levantó del sofá con una expresión que mezclaba la confusión con la urgencia. El ambiente pesado del despacho pareció cambiar de frecuencia en un segundo, disipando un poco la tensión del malestar físico de Vincent.
—Vincent, deja esos papeles un momento —dijo Dante, bloqueando el informe de los muelles con su mano—. Hay algo más importante. Gaia quiere hablar contigo.
Vincent levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre y el ceño fruncido por el dolor de cabeza que aún le persistía tras el ataque de náuseas de la mañana.
-- No estoy de humor para intermediarios, Dante —respondió el capo, con una voz ronca que arrastraba el cansancio de las últimas horas.
—Ah, claro... Me contactó Gaia —reveló Dante, usando un tono más bajo—. Me llamó directamente a mi línea privada y me dijo que necesitaba urgentemente hablar contigo.
Vincent entreabrió los ojos, enderezándose en la silla de cuero. La debilidad de su cuerpo pareció pasar a un segundo plano ante la mención de ese nombre.
—Esa pequeña jamás nos habla—comentó Vincent, analizando la situación con su mente fría—. Es raro que nos contacte. Sabe perfectamente cuáles son las reglas para no poner la en riesgo. ¿Qué pasó?
—Lo sé —asintió Dante, cruzándose de brazos—. Se oía desesperada, de verdad. Nunca la había escuchado perder la compostura de esa manera. Insistió en que era un asunto de vida o muerte, pero no comercial. Es algo personal.
La verdad oculta entre esas líneas era que Gaia necesitaba un enorme favor. Un favor de una magnitud tan grande que solamente Vincent o Dante se lo podían dar, pero sobre todo Vincent, por ser la única y absoluta cabeza de la mafia italiana. El poder político, legal y económico del apellido Salvatore era la única fuerza en Europa capaz de mover los hilos necesarios para sacarla del abismo en el que se encontraba. La joven esperaba que en ese rincón oscuro de Florencia se encontrara su única solución.
El problema era una bomba de tiempo familiar: un matrimonio por contrato el cual su padre le estaba exigiendo de manera inmediata. Su progenitor, un hombre de la vieja guardia que buscaba consolidar alianzas antes de que el tiempo se le terminara, la estaba presionando para firmar una unión en vida que destruiría su libertad y sus propios negocios. Para el padre de Gaia, ella era una moneda de cambio; para la organización Salvatore, ella era un activo valioso que no podían permitirse perder bajo el control de otra familia rival.
Vincent guardó silencio, apoyando los codos sobre el escritorio y juntando las yemas de sus dedos. El dolor de estómago pareció disolverse ante el instinto del estratega. Un matrimonio por contrato exigido por un padre desesperado era una jugada sucia, pero también una oportunidad perfecta para expandir su control y, al mismo tiempo, proteger a una de sus fichas más leales.
—Contacta la, Dante —ordenó a Vincent, extendiendo la mano para recibir el teléfono—. vamos a recordar viejos tiempos con ella . Si el piso de Florencia tiene que temblar para romper ese contrato, haré que tiemble.
no se vale