Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Donde tus ojos no llegan
La mansión había cambiado de ritmo.
Desde el enfrentamiento con Isabella, Vittorio parecía haber cedido una parte del control férreo que ejercía sobre su entorno. Le había dado algo parecido a libertad: podía salir de los límites del lugar, aunque bajo tres condiciones innegociables.
“Solo con Luca. Solo a lugares cercanos. Y solo si volvés antes del atardecer.” No era libertad real. Era una cuerda más larga.
Pero para Isabella, era suficiente. Por ahora.
El sol de la tarde filtraba su luz tibia entre los árboles que bordeaban una calle silenciosa. Aquel rincón de la ciudad parecía suspendido en otra dimensión, con sus cafeterías pequeñas, casi escondidas, y bancos de madera gastada frente a plazas tranquilas.
Isabella caminaba despacio. Llevaba un vestido color vino, que contrastaba con su campera de cuero liviana. El cabello suelto le caía en ondas, y por primera vez en semanas, parecía sonreír sin forzar los labios.
Luca, como siempre, la seguía de cerca. Discreto, pero atento. Su sombra.
Se sentaron en una mesa al fondo de un café casi vacío. Isabella pidió un té con limón. Luca, un espresso. Él no parecía relajado, aunque no era novedad. Pero esa tarde había algo más: su mirada iba y venía del celular a la ventana, inquieto, como si esperara una mala noticia. O ya la supiera.
—¿Estás bien? —preguntó Isabella, girando la cucharita dentro de su taza.
—Sí. Solo revisando algo del entrenamiento. —Pero no la miró a los ojos.
Un mensaje le vibró en el bolsillo. Lo revisó de inmediato. Algo cambió en su rostro.
—Dame un segundo —dijo, y se alejó hacia la esquina del local.
Isabella suspiró y se recostó contra el respaldo de la silla. Miró por la ventana. Fue entonces cuando lo vio. Un auto negro, de vidrios polarizados, se detuvo con suavidad frente al café.
Una figura masculina bajó con paso medido, como quien sabe que todos lo están mirando… y le gusta.
Alto. Elegante. Cabello castaño claro, peinado hacia atrás con perfección. Barba prolija. Ojos verdes tan intensos como fríos.
Y una sonrisa… que no significaba nada bueno.
—Isabella —dijo, como si ya se conocieran. Ella se tensó. Se levantó, dudando.
Él caminó hacia ella con lentitud, con las manos en los bolsillos de un saco largo de corte caro. Detrás de él, dos hombres robustos, vestidos de civil, pero con la postura típica de guardaespaldas armados.
—¿Quién sos? —preguntó ella, firme pero con la garganta seca.
—Un viejo amigo de tu padre. Digamos que... tenemos asuntos no resueltos. —Su voz era grave, envolvente. Ella dio un paso atrás, pero uno de los hombres la sujetó del brazo. No con violencia, pero con firmeza.
—¡Luca! —gritó, girando el cuello desesperada.
Él seguía hablando por teléfono, unos metros más allá. La escena sucedía en silencio para él.
—Tranquila, no voy a hacerte daño —murmuró el hombre cerca de su oído—. Solo quiero hablar. En otro lugar.
—¿Quién sos? —volvió a preguntar, con un hilo de voz.
—Dante. Dante Salvatore.
El nombre le sonó conocido. Tal vez por alguna conversación escuchada a medias en la mansión. Quizás porque ese apellido estaba grabado a fuego en la historia de Vittorio.
La metieron en el auto sin brusquedad, pero sin dejarle opciones.
Y Luca, al girar finalmente, solo alcanzó a ver cómo el vehículo se alejaba. Corrió. Gritó. Nada.
El sonido del motor alejándose se mezcló con el murmullo cotidiano de la calle, como si nada extraordinario acabara de ocurrir. Pero para Luca, el mundo acababa de fracturarse en una sola imagen: Isabella desapareciendo detrás de los vidrios oscuros de un auto desconocido.
Se quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, como si el aire se hubiera vuelto espeso. Su mano seguía extendida hacia adelante, sin saber cuándo había dejado de correr. Los transeúntes lo miraban de reojo, pero él no los veía.
El teléfono vibró otra vez en su bolsillo, pero no lo atendió. Por primera vez en mucho tiempo, el control que siempre mantenía sobre todo… se le había escapado de las manos.
Giró lentamente la cabeza, buscando algún rastro, alguna dirección, algún error que pudiera revertirse. Pero no había nada. Solo calles normales, autos normales, vida normal.
Y eso era lo peor.
Porque lo que acababa de ocurrir no tenía nada de normal.
Apretó la mandíbula hasta que le dolió.
Sabía lo suficiente como para entender que aquello no era un simple secuestro improvisado. Era un movimiento calculado. Dirigido. Y eso significaba que Vittorio… o alguien mucho más peligroso… ya había perdido el control de la pieza más delicada del tablero.
Su puño golpeó el capó de otro coche.
La furia le nubló la vista. Y el dolor… ya estaba en el pecho.
La habitación era amplia. Oscura.
Una suerte de ático con muebles de diseño moderno y ventanas tapiadas con persianas electrónicas. Silencio absoluto. Solo el leve zumbido del aire acondicionado.
Isabella estaba sentada en un sillón de cuero, los brazos cruzados, el cuerpo en tensión. No había cadenas. No había amenazas visibles.
Pero sí una sensación de encierro que erizaba la piel.
Dante volvió a entrar, ahora sin saco. Dos copas de vino en la mano. Le ofreció una.
—No tomes si no querés. No está envenenada.
—Ni falta hace —murmuró ella—. El veneno ya está en tu voz. Él sonrió, satisfecho y se acercó, sin invadir su espacio.
—No vine a lastimarte, Isabella. Pero necesitaba que tu padre sintiera lo que yo sentí… cuando me lo arrebató todo.
—¿Todo? ¿Qué te quitó? —preguntó ella, de pronto interesada, aunque no confiaba en una sola palabra.
—Mi familia. Parte de mis negocios. Mi fe. —Se detuvo—Ella no supo qué responder.
—No te voy a tocar. No hasta que Vittorio venga a buscarte. Quiero que lo mires a los ojos cuando entre… y que veas de qué es capaz de hacer cuando alguien se mete en su camino.
Isabella bajó la mirada. Pero no por miedo. Por confusión.
Porque por primera vez… no sabía de quién debía protegerse más.