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El Enredo Del Destino

El Enredo Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Dejar escapar al amor
Popularitas:584
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.

NovelToon tiene autorización de EllyaG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El enredo: parte I

Isabela estaba nerviosa.

Se encontraba en el pueblo, dentro de una pequeña tienda de pan, esperando a Dante en el lugar que él le había indicado.

Había elegido una mesa discreta, apartada del resto, desde donde podía observar la entrada sin llamar demasiado la atención.

Tal como él le había pedido, llevaba una capa que cubría su figura.

Aun así, no lograba sentirse tranquila.

Sus manos permanecían quietas sobre la mesa, pero su mirada se dirigía una y otra vez hacia la puerta, anticipando su llegada.

Dante entró poco después, con un morral de tela colgado al hombro. Al verla, esbozó una sonrisa.

—Pensé que no vendrías —dijo, acercándose.

—Dije que lo haría —respondió ella, con cierta incomodidad.

Dante dejó el morral sobre la mesa y lo empujó hacia ella.

—Ten.

Isabela lo abrió con duda. Dentro había un vestido café sencillo, unos zapatos de piel y una camisa blanca.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué es esto?

La ropa era demasiado simple. No era elegante ni llamativa; la tela incluso parecía desgastada, aunque estaba limpia.

—Vamos a ir a otro lugar —explicó Dante—. No debes llamar la atención… si no quieres que tu compromiso peligre.

Isabela suspiró, mirando de nuevo las prendas.

—¿De verdad tengo que usar esto?

—Te aseguro que está limpio —respondió él, con calma. Sin más remedio, tomó la ropa.

Se acercó al mostrador y preguntó al encargado si podía usar el baño. Él le indicó el camino con un gesto y ella avanzó sin decir más.

El espacio era pequeño y sencillo.

Cerró la puerta y dejó las prendas sobre una silla. Se quitó la capa y dudó un momento antes de empezar a cambiarse.

No era tan fácil como parecía.

Sus vestidos siempre habían sido elaborados, pero tenían un orden, un sistema. Sus damas se encargaban de vestirla; ajustaban los cordones del corset, acomodaban cada capa, cuidaban cada detalle. Incluso, con el tiempo, su abuela había mandado colocar pequeños ganchos para sujetar los lazos y evitar que se soltaran.

Este vestido no tenía nada de eso.

Era simple.

Demasiado.

Isabela intentó acomodarlo por su cuenta, pero no terminaba de sentirse bien. La tela caía de forma distinta, sin estructura, sin soporte.

Se miró en el espejo.

No se reconocía del todo.

Y, aunque estaba vestida…

no se sentía cómoda.

Al salir del baño, se colocó nuevamente la capa, ajustándola bien sobre sus hombros para sentirse un poco más segura.

No podía llevar consigo su vestido, así que regresó al mostrador y se lo ofreció al panadero. Le explicó que ya no lo necesitaría.

El hombre lo tomó con cierta sorpresa, pero no tardó en agradecerle.

—Es un buen gesto, señorita.

Como muestra de gratitud, le ofreció un pequeño panqué, aún tibio.

Isabela dudó un instante antes de aceptarlo.

Aunque intentara pasar desapercibida, había algo en ella que la delataba. Su forma de hablar, de moverse… incluso la manera en que sostenía las cosas.

El panadero lo había notado.

—Gracias —respondió con una leve sonrisa.

Tomó el panqué y se alejó del mostrador.

—¿Y bien? —preguntó, visiblemente incómoda.

Miró sus pies con molestia. Nunca había usado zapatos de piel tan simples, sin estructura ni soporte. No entendía cómo la gente podía sentirse cómoda con algo así.

Dante la observó un momento antes de responder.

—Vamos a ir a otra parte del pueblo. Hay un lugar que frecuento… nadie de tu familia, ni nadie que conozcas, te va a reconocer ahí.

Isabela no respondió.

Salieron de la panadería y avanzaron unos pasos por la calle. Dante levantó la mano para llamar a un cochero de los que alquilaban carruajes.

Le dio la dirección y pagó por adelantado.

El carruaje los llevó hacia el otro extremo del pueblo, lejos de la zona donde vivían los nobles. A medida que avanzaban, el entorno cambiaba: las calles eran más estrechas, las casas más sencillas, y el movimiento distinto.

Era un lugar ajeno para Isabela.

Muy lejos de lo que conocía.

Cuando bajaron del carruaje, Isabela pensó que se trataba de una broma.

Llamarlo “pueblo” era exagerado.

El lugar era descuidado, casi abandonado. Las calles eran pequeñas y mal cuidadas. Algunos locales permanecían abiertos, pero la mayoría eran tabernas, y ninguna parecía de buena reputación.

En las entradas, varias mujeres esperaban, observando a los hombres que pasaban. No hacía falta preguntar qué ofrecían.

Isabela sintió un nudo en el estómago.

Miró a Dante, claramente ofendida.

—¿Quieres arruinar mi reputación? ¿Qué hago aquí? —alzando la voz más de lo que pretendía.

—Nadie te va a encontrar aquí —respondió él, avanzando sin detenerse.

Caminó hasta una de las tabernas, abrió la puerta y la miró, esperando que lo siguiera.

Isabela se quedó inmóvil.

No sabía qué hacer.

Aun así, caminó hasta él. Irse por su cuenta la pondría en peligro. No conocía el lugar, no había nadie de confianza y no iba a exponerse sola.

Entraron.

El interior era oscuro, con mesas de madera desgastadas y un olor pesado a alcohol. Algunas miradas se levantaron al verlos, pero pronto volvieron a lo suyo.

Dante eligió una de las mesas más alejadas.

Para sorpresa de Isabela, el tabernero lo saludó con familiaridad, como si lo conociera de antes.

Ese detalle la desconcertó más que el lugar.

—Dos cervezas —ordenó Dante, sin dudar.

—Yo no bebo cerveza —dijo ella de inmediato.

Dante la miró unos segundos.

—¿Nunca?

Isabela negó.

—No me gusta. Es amarga.

El tabernero regresó poco después con dos jarras de metal que conservaban el frío. Las dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—Pruébala —dijo Dante, llevando la suya a los labios—. Puede que te guste.

—Dante, no bebo alcohol. Y menos estando sola en un lugar que no conozco.

—Estás conmigo.

—Eso no es suficiente.

Empujó suavemente la jarra hacia él.

—Tómala tú, si quieres —Dante no dijo nada.

Se limitó a mirarla mientras bebía, en silencio.

Ese silencio empezó a incomodar a Isabela. No había ido hasta ahí para quedarse sentada, siendo observada.

Se suponía que iban a hablar.

—¿Qué querías decirme? —preguntó al fin, sin ocultar su molestia.

Dante dejó la jarra sobre la mesa.

No dudó.

—Isabela… no te cases.

La miró directo.

—No con él.

Hizo una breve pausa.

—Cásate conmigo.

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