1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Capítulo 6: Cenizas de Alta Sociedad
El fuego del escándalo amenazaba con devorar nuestros apellidos, y yo nunca había sentido tanto frío. Estábamos en un refugio seguro en una isla vecina, una propiedad que Alistair había comprado años atrás bajo un nombre falso, previendo quizás que este día llegaría. Era una cabaña sencilla, de madera y piedra, escondida entre una vegetación tan espesa que ni los satélites más avanzados de mi padre podrían detectarnos fácilmente.
Me envolví en una manta de lana, sentada frente a una chimenea que apenas lograba calentar mis huesos. Mi ropa estaba húmeda y mi piel escocía por la sal y el roce de las rocas. Alistair estaba en la cocina, preparando algo que olía a café barato, pero que en ese momento me parecía el elixir más valioso del mundo.
—Toma —dijo, extendiéndome una taza de metal—. Bebe. Necesitas recuperar el calor.
—¿Qué está pasando allá afuera, Alistair? —pregunté, mi voz sonando extraña en el silencio de la cabaña—. El incendio, la explosión... no pueden ocultar eso.
Él se sentó en el suelo, frente a mí, con su propia taza entre las manos. Su rostro estaba manchado de hollín y tenía un corte profundo en el pómulo que se negaba a dejar de sangrar.
—Ya ha empezado —dijo, sacando un teléfono encriptado—. Mi padre ha lanzado la narrativa oficial: un grupo terrorista atacó la isla. Dice que nosotros fuimos secuestrados. Están usando la simpatía del público para desviar la atención de las investigaciones financieras. Es una jugada maestra de relaciones públicas.
—¿Secuestrados? —solté una risa amarga—. Nos estaban cazando como a animales.
—La verdad no importa en la alta sociedad, Elena. Solo importa quién cuenta la historia primero. Y ellos tienen los canales de noticias en el bolsillo.
Me quedé mirando las llamas. Me resultaba increíble que hace menos de cuarenta y ocho horas estuviera en un baile en Nueva York, preocupada por el corte de mi vestido o la frialdad de mi madre. Ahora, mi madre era una desconocida que me habría entregado a un carnicero por un código de acceso.
—¿Qué hay de tu trato? —pregunté—. Dijiste que quemaríamos sus imperios.
Alistair dejó la taza y se acercó a una pequeña mesa donde había desplegado un ordenador portátil conectado a una red satelital privada. Sus dedos volaron sobre el teclado.
—Para quemarlos, primero tenemos que entender la magnitud de su crimen. He logrado acceder a la primera capa de datos del chip de mi padre. Es... es repugnante, Elena.
Me levanté y me acerqué a él, mirando la pantalla. Columnas de números, nombres de empresas fantasma en las Islas Caimán, registros de transferencias que se remontaban a décadas. Pero lo que más me dolió fueron los nombres de las personas. Familias que habían perdido sus casas, pequeñas empresas arruinadas sistemáticamente para que los Sterling y los Vane pudieran añadir otro cero a sus cuentas bancarias.
—Lo sabían —susurré—. Sabían que estaban destruyendo vidas.
—No solo lo sabían; lo planearon —Alistair señaló un documento fechado hace diez años—. Esto es un plan de "limpieza social". Compraron terrenos protegidos mediante sobornos, expulsaron a la gente y luego construyeron esos complejos de lujo que tanto presume tu madre en las revistas de diseño. Mi padre puso el capital, el tuyo puso los contactos políticos.
Sentí una náusea violenta. Recordé los veranos en esos mismos complejos, las fiestas en la piscina, las risas de mis amigos mientras los camareros locales nos servían cócteles. Nunca nos detuvimos a pensar en lo que había allí antes. Éramos parásitos vestidos de seda.
—Tenemos que publicarlo todo —dije, con una resolución que no sabía que poseía—. No solo lo de Suiza. Todo.
—Si hacemos eso, Elena, no habrá vuelta atrás. No habrá abogados que puedan salvarnos a nosotros tampoco. Seremos cómplices por asociación hasta que probemos lo contrario. Perderemos el acceso a cada cuenta bancaria, cada propiedad, cada contacto. Seremos parias.
—Ya somos parias, Alistair. Solo que aún no nos han quitado la ropa cara.
Él me miró intensamente. En sus ojos vi una chispa de admiración que me hizo sentir más fuerte de lo que realmente era.
—Bien. Pero para que esto funcione, necesitamos la otra mitad. La que está en tu brazo.
Me senté a su lado. —Hazlo. Saca la información.
Alistair preparó el equipo. Eran unos sensores pequeños que se adherían a la piel. Me explicó que el proceso de lectura era doloroso porque el chip utilizaba impulsos eléctricos para proteger los datos.
—Va a ser peor que el bloqueador —advirtió—. Necesito que te mantengas muy quieta. Si te mueves, los datos podrían corromperse.
Tomó mi mano. Sus dedos estaban fríos, pero su mirada era cálida.
—Confío en ti —dije. Y por primera vez en mi vida, esas palabras eran reales.
El proceso comenzó. Al principio, solo fue un hormigueo molesto. Pero luego, la electricidad empezó a fluir. Sentí como si mil agujas calientes me recorrieran el antebrazo. Mis músculos se tensaron involuntariamente y el aire se escapó de mis pulmones en un grito mudo. Alistair me sujetó con fuerza, sus ojos fijos en la pantalla mientras la barra de progreso avanzaba con una lentitud exasperante.
—Casi está, Elena. Aguanta. Solo diez segundos más.
Fueron los diez segundos más largos de mi existencia. Cuando finalmente el ordenador emitió un pitido de confirmación, me derrumbé contra su pecho, temblando violentamente. Él me rodeó con sus brazos, su barbilla apoyada en mi cabeza, susurrando palabras de aliento que no llegué a procesar.
—Lo tenemos —dijo después de un rato, su voz cargada de una mezcla de triunfo y tristeza—. El código completo. La llave de la caja fuerte de Ginebra.
Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, dos náufragos en una isla de secretos. Pero la calma fue interrumpida por el sonido de un mensaje entrante en el teléfono de Alistair.
Era una fotografía.
Sentí que el corazón se me detenía. Era una imagen de una mujer joven, de mi edad, atada a una silla en un sótano oscuro. Tenía el rostro cubierto de hematomas, pero sus ojos... sus ojos eran inconfundibles.
—¿Es ella? —pregunté, mi voz temblando.
—Sofía —murmuró Alistair, su rostro volviéndose de una palidez mortal—. Mi hermana pequeña.
—Dijiste que estaba en un internado en Suiza. Dijiste que estaba a salvo.
—Eso es lo que mi padre me hizo creer. La ha usado como garantía. Si no nos entregamos con los códigos en veinticuatro horas...