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CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:10k
Nilai: 5
nombre de autor: Chiquitas

romance, contrato, amor, diversión

NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: El Rey del Piso 50 baja a la tierra

El reloj de pared de la oficina de Alexander, una pieza de diseño minimalista que no tenía números, marcaba las diez de la mañana. El silencio era sepulcral, interrumpido únicamente por el leve tecleo de Alexander. Pero, como ya era costumbre, la paz duró poco.

La puerta se abrió de par en par y Elena entró cargando una caja de cartón que emanaba un olor dulce, cálido y pecaminoso. No era el olor a café de cápsula; era el olor de un bizcocho recién horneado con mucha canela.

—¡Arriba, "Pirata"! —exclamó Elena, dejando la caja sobre el escritorio de ébano, justo encima de un informe trimestral—. Hoy es un día de campo, o bueno, de oficina.

Alexander levantó la vista, entornando los ojos.

—Elena, tengo una conferencia con los directores de logística en quince minutos. Y esa caja está goteando algo que parece almíbar sobre mis estados de cuenta.

—Ay, por favor, un poco de azúcar no va a quebrar la bolsa de valores —Elena le arrebató la pluma de la mano—. Hoy es el cumpleaños de Carmen, la jefa de archivos del piso 12. Lleva veinte años en esta empresa y usted ni siquiera sabe que tiene una nieta que se llama Lucía. Así que, vamos a bajar.

Alexander se levantó, su altura imponiéndose sobre Elena, pero ella ni siquiera pestañó.

—¿El piso 12? Elena, yo no bajo al piso 12 a menos que haya un incendio o una auditoría de quiebra. Para eso existen los correos electrónicos de "Felicitaciones de RR.HH.".

—¿Un correo? —Elena soltó una carcajada seca—. Eso es como regalarle un vaso de agua a alguien que se está ahogando en el desierto. Usted va a bajar, le va a dar la mano, va a probar un pedazo de este pastel que horneé anoche mientras escuchaba a Romeo Santos, y va a demostrar que tiene sangre en las venas y no nitrógeno líquido.

Alexander miró la caja y luego la mirada decidida de Elena. Sabía que si no cedía, ella era capaz de empezar a cantar bachata a todo pulmón frente a su oficina.

—Cinco minutos —sentenció él, ajustándose el saco—. Y si alguien intenta abrazarme, te descuento el pastel del sueldo.

El trayecto en el ascensor fue un duelo de silencios. Alexander miraba los números descender como si fuera al patíbulo. Elena, en cambio, tarareaba bajito:

"No, no es amor... lo que tú sientes se llama obsesión..."

Cuando las puertas se abrieron en el piso 12, el ambiente cambió drásticamente. Aquí no había mármol ni flores exóticas. Había cubículos, ruido de impresoras y un calor humano que Alexander no experimentaba en años. El silencio se hizo total cuando el "Gran Jefe" salió del ascensor. Los empleados se quedaron petrificados, como si hubieran visto a un fantasma con traje de tres piezas.

—¡Buenos días, familia! —gritó Elena, rompiendo el hielo con una palmada—. ¡Traigo al jefe y traigo el postre! ¿Dónde está la cumpleañera más guapa de Manhattan?

Carmen, una mujer menuda con anteojos que colgaban de una cadena, se levantó de su silla, pálida.

—¿Señor... Señor Zenith?

Alexander carraspeó, sintiéndose el hombre más fuera de lugar del mundo. Elena le dio un codazo discreto pero firme en las costillas.

—Carmen —dijo Alexander, forzando una voz que intentaba sonar amable—, me han informado que hoy celebra un año más de vida... y veinte con nosotros. Gracias por su... dedicación.

Elena rodó los ojos.

—¡Y por aguantar los archivos que son un desastre! —completó ella, abriendo la caja y revelando un pastel de tres leches decorado con fresas—. Pruebe esto, Carmen. El jefe dice que es un incentivo por su paciencia.

Mientras Elena repartía platos y servilletas con una alegría contagiosa, Alexander se quedó a un lado. Vio cómo los empleados, tras el shock inicial, empezaban a relajarse. Vio a Elena reírse con el equipo de limpieza y chocar los cinco con un pasante.

Fue entonces cuando Mark, un contador joven, alto y con una sonrisa de comercial de televisión, se acercó a Elena.

—Vaya, Elena. No sabía que el piso 50 escondía tesoros como tú —dijo Mark, inclinándose hacia ella con una confianza que a Alexander le pareció insultante—. Ese pastel está casi tan dulce como tu voz.

Elena soltó una risita, acomodándose un mechón de cabello tras la oreja.

—Es el toque de la vecindad, Mark. El secreto está en no escatimar con la leche condensada.

—Pues si alguna vez quieres salir a probar un café de verdad, sin jefes amargados cerca, solo tienes que bajar siete pisos —añadió Mark, bajando la voz, pero no lo suficiente.

Alexander, que estaba a dos metros fingiendo interés en una cartelera de avisos, sintió que algo le quemaba en el centro del pecho. No era la acidez del café; era una llamarada de celos que lo tomó por sorpresa. ¿Quién se creía ese tipo para invitar a "su" Davenport a tomar café?

—Elena —la voz de Alexander sonó como un trueno en medio de la fiesta—. Vámonos. Tenemos el informe de riesgos en diez minutos.

Elena lo miró confundida.

—Pero jefe, si acabamos de llegar y Carmen todavía no ha pedido su deseo...

—Ahora, Elena —Alexander no esperó. Dio media vuelta y caminó hacia el ascensor con pasos largos y decididos.

Elena se despidió rápido, le guiñó un ojo a una Carmen emocionada y corrió tras él. Entró al ascensor justo antes de que las puertas se cerraran.

—¿Y a usted qué le dio? Parece que le picó una avispa en el orgullo.

Alexander no la miraba. Tenía la vista fija en la pantalla que marcaba los pisos, con la mandíbula tan tensa que parecía de piedra.

—No me picó nada. Simplemente me recordaste por qué no bajo a estos pisos. La gente se distrae con facilidad. Especialmente ese tal Mark, que parece tener más interés en tu receta de pastel que en sus libros contables.

—¡Ah! —Elena soltó una carcajada traviesa, cruzándose de brazos—. ¿Eso que escucho son celos, "Pirata"? ¿O es que le molesta que alguien más note que soy una joya?

Alexander se giró hacia ella, atrapándola entre su cuerpo y la pared del ascensor. El espacio se volvió diminuto. El olor a canela de Elena y su perfume a sándalo chocaron en el aire.

—No son celos, Elena. Es control de calidad. Y tú eres un recurso demasiado valioso para que un contador de medio pelo te distraiga de tus funciones de... secretaria.

—¿De secretaria o de escudo contra Vanessa? —desafió ella, sosteniéndole la mirada—. Porque si es por el contrato, Mark no tiene nada que ver. Pero si es porque le dolió que me invitaran a salir... eso ya es otra cosa.

El ascensor llegó al piso 50 con un ding, pero Alexander no se movió. Sus ojos grises descendieron por un segundo a los labios de Elena, que tenían una pequeña mota de harina. Por un instante, el CEO de Manhattan estuvo a punto de perder el control del volante.

—Limpia tu cara, Davenport —susurró él, recuperando su máscara de hielo—. Tienes harina. Y no vuelvas a bajar al piso 12 sin mi permiso.

Alexander salió del ascensor con paso firme, dejándola sola. Elena se miró en el espejo, se limpió la harina con una sonrisa triunfal y tarareó:

"Que no cabe duda que es una obsesión..."

—Ya cayó, Romeo —susurró ella para sí misma—. El pirata ya tiene el barco hundiéndose y ni cuenta se ha dado.

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Sabina Altamirano
el papel del personaje se me hace muy infantil,ni parece que haya pasado siquiera la universidad,como llegar a un trabajo,hacer cambio como si fuera tu casa decir que contrato de un hotel no es importante lo va llevar a la quiebra,si. oy de acuerdo que se le festejé a los empleados,pero hacerlo en el trabajo como si fuera en el patio de su casa,eso perece ilógico
Teresa Nancy Fernandez
me encantó tu novela👏👏👏
chiquita: Teresa gracias por tu apoyo, me alegra un montón leer tu comentario🥰🥰🥰
total 2 replies
Lili Hebe Villarruel
👏👏👏
chiquita: Gracias gracias 🫂🫂🫂🫂🫂 Lili súper agradecida por tu apoyo 😍😍😍😍😍
total 1 replies
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