El Mafioso y la Promesa Rota
Dante nunca quiso tener hijos.
Y mucho menos una familia.
Pero todo cambia cuando una joven llega con dos adolescentes, y una verdad increíble:
Ellos son sus hijos.
Como si fuera poco, ella también es perseguida por un hombre peligroso… y Dante es el único que puede protegerlos.
Ahora, obligados a convivir, lo que empieza con desconfianza se transforma en algo mucho más intenso.
Porque Dante no confía en ella.
Y ella lo odia.
Pero cuanto más intentan alejarse el uno del otro…
más peligrosa se vuelve su conexión.
🔥 Entre secretos, promesas rotas y un deseo imposible de ignorar…
Algunas historias no empiezan con amor.
Empiezan con el caos.
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Capítulo 9
Visión de Dante
El silencio después de la llamada aún flotaba en el aire.
Pesado.
Denso.
Peligroso.
Rebecca estaba parada.
Inmóvil.
Los ojos aún vidriosos en la nada, como si estuviera intentando procesar todo lo que acababa de suceder.
Yo observé por un segundo.
La forma en que ella temblaba.
Como su respiración aún estaba descompasada.
Miedo.
Real.
Crudo.
Pero ella no se derrumbó.
Y eso…
Llamaba la atención.
Sin decir nada, extendí la mano.
Tomé su celular de nuevo.
Esta vez, sin pedir.
Lo guardé en el bolsillo de mi traje.
Ella me miró.
Confusa.
Pero no cuestionó.
—Voy a descubrir de quién es el número.
Hablé simplemente.
Directo.
Sin espacio para la duda.
Ella asintió levemente.
Aún en silencio.
Aún perturbada.
Me giré.
Caminando hasta la puerta.
—Vuelvo mañana.
Me detuve por un segundo.
Sin mirar hacia atrás.
—Jason y mis hombres están aquí.
Continué.
—Él se queda del lado de adentro.
—Y nadie entra o sale sin mi orden.
El mensaje era claro.
Protección.
Pero también control.
Abrí la puerta.
Y salí.
Jason ya estaba allí.
Esperando.
—¿Y entonces?
Él preguntó.
Sin rodeos.
—Quiero todo sobre ese número.
Le entregué el celular.
—Quién es.
Dónde está.
Con quién anda.
Todo.
Jason lo tomó.
Asintiendo.
—Ya estoy en eso.
—¿Y el ADN?
Pregunté.
Mi voz más baja ahora.
Más controlada.
Pero cargada de algo… más personal.
Jason me miró por un segundo.
—Mañana a la tarde.
Asentí.
Lento.
—Cierto.
Pasé la mano por la mandíbula.
Pensativo.
—Nadie sale de allí.
—Ni ella.
—Ni los chicos.
—Entendido.
—Y aumenta la seguridad.
Jason asintió nuevamente.
—Ya lo hice.
Me giré.
Sin nada más que decir.
Porque ahora…
Era conmigo.
—
El camino hasta mi casa principal fue silencioso.
Pero mi mente…
No paraba.
Ni por un segundo.
Entré.
Directo.
Sin hablar con nadie.
Sin mirar nada.
Subí.
Fui directo al cuarto.
Y entré al baño.
Abrí la ducha.
Agua caliente.
Cayendo sobre mí.
Pero no ayudaba.
Mi cabeza continuaba un caos.
Rebecca.
Los chicos.
La llamada.
La amenaza.
Y aquella posibilidad…
Hijos.
Cerré los ojos.
El agua escurriendo por el rostro.
Mezclando con pensamientos que yo no quería tener.
Yo siempre fui cuidadoso.
Siempre.
Nunca dejé brechas.
Nunca dejé nada al azar.
Y aún así…
Aquello estaba allí.
Golpeando en mi puerta.
O mejor…
Ya había entrado.
Solté un suspiro pesado.
Pasando la mano por el cabello mojado.
Y entonces…
Ella vino a la mente.
Rebecca.
El modo en que ella me enfrentó.
Aún con miedo.
El modo en que habló de los chicos.
Como si ellos fueran…
Todo.
Y tal vez lo fueran mismo.
Abrí los ojos.
Encaré mi reflejo en el espejo.
—¿Qué hiciste…?
Murmuré para mí mismo.
Pero yo ya sabía.
No ayudaba cuestionar ahora.
El pasado no cambiaba.
Pero el presente…
Ese yo lo controlaba.
Salí del baño.
Me vestí.
Y fui directo al escritorio.
Tomé el celular.
Marqué.
Llamó una vez.
Dos.
—Habla.
La voz de Rómulo vino del otro lado.
Calma.
Como siempre.
—Llegué.
Hablé.
Directo.
—¿Y?
Él preguntó.
—Probablemente son míos.
Silencio.
Corto.
Pero presente.
—¿Probablemente?
—Aún no salió el ADN.
Expliqué.
—Pero…
Me detuve por un segundo.
Pensando en las fotos.
En los rasgos.
En la edad.
—Coincide.
Del otro lado, una leve risa.
—Felicitaciones.
Rodé los ojos, aunque él no viera.
—No empieces.
—¿Qué? —él respondió, divertido— es de familia.
Solté aire por la nariz.
—Gemelos ahora.
—Te estás volviendo yo.
—Ni bromees con eso.
Él rió bajo.
Pero después se puso más serio.
—¿Y la mujer?
Miré a la nada.
Pensando.
—No mintió.
Hablé.
—Se puede ver.
—¿Y?
—Tiene miedo.
—Pero no huyó.
Silencio.
—Entonces ella es fuerte.
Rómulo dijo.
Asentí, aunque solo.
—Sí.
—¿Y el problema?
Respiré hondo.
—Hay alguien detrás de ella.
—Y ahora… detrás de ellos.
El tono del otro lado cambió.
Más serio.
—¿Ya resolviste?
—Voy a resolver.
Hablé, firme.
Sin dudar.
Porque aquello no era duda.
Era certeza.
—Hazlo rápido.
Él respondió.
—Porque ahora no es solo ella.
Ni necesité responder.
Nosotros dos sabíamos.
Colgué.
Arrojé el celular en la mesa.
Pasé la mano por el rostro.
Mi mente girando.
Rápida.
Calculando.
Planeando.
Porque si aquello fuera verdad…
Si ellos fueran míos…
Entonces nadie.
Absolutamente nadie…
Iba a tocarlos.
Y quien intentó…
Iba a aprender de la peor forma posible.
Que meterse con lo que es mío…
Tiene consecuencias.