"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 13: El Cristal del Desprecio
El eco de los pasos de Diego y Lucía resonaba en el pasillo de concreto de la prisión de alta seguridad. El aire allí era pesado, impregnado de un olor a metal y encierro que hizo que Lucía se estremeciera. Diego le apretó la mano con firmeza mientras se sentaban frente al cristal reforzado de la sala de visitas.
Cuando Valenzuela apareció tras el vidrio, esposado y con el uniforme naranja, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro. Se veía demacrado, pero sus ojos seguían brillando con la misma maldad manipuladora de siempre.
—Viniste, mi pequeña —susurró Valenzuela a través del intercomunicador—. Sabía que no podrías dejar a tu padre solo en este agujero.
Lucía sintió una náusea violenta al escuchar la palabra "padre", pero no apartó la mirada. Esta vez, no era la niña asustada de la cabaña.
—No vine porque te extrañara —respondió Lucía con una voz que sorprendió incluso a Diego por su firmeza—. Vine a pedirte que acabes con esto. Ordena a tus hombres que se retiren del puerto. Deja de enviar amenazas al hospital. Ya perdiste, Valenzuela. No te queda nada más que el silencio.
Valenzuela soltó una carcajada seca que terminó en una tos áspera.
—¿Perder? Yo nunca pierdo, Lucía. Si yo caigo, arrastro a todos conmigo. Los secretos de los padres de Ciela, los negocios de tu abuelo... tengo suficiente para que nadie en esa familia vuelva a dormir en paz.
Lucía pegó su mano al cristal, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Solo dime una cosa... —su voz se quebró un segundo, pero recuperó el control—. En todos estos años, mientras me veías crecer bajo las mentiras que tú mismo inventaste... ¿alguna vez me quisiste? ¿Hubo un gramo de amor real en el horror que le hiciste vivir a mi mamá para tenerme cerca?
Valenzuela guardó silencio. Por un instante, la máscara de villano flaqueó y una sombra de algo parecido al arrepentimiento cruzó su rostro, pero fue reemplazada rápidamente por una frialdad gélida.
—Eres mi mejor creación, Lucía —respondió él—. Pero el amor es una debilidad que gente como yo no se puede permitir. Te quise como se quiere a un trofeo, como se quiere a la prueba de que le gané al destino.
Lucía cerró los ojos y retiró la mano del cristal. Esa era la respuesta que necesitaba para soltarlo para siempre.
—Entonces ya no tienes nada que decirme. Quédate con tus secretos y tu soledad. Para mí, tú moriste el día que recuperamos a Beatriz.
Diego se puso de pie, protegiendo a Lucía mientras salían de la sala. Valenzuela gritó algo que el cristal ahogó, golpeando la superficie con sus manos esposadas, pero ya nadie lo escuchaba. Al salir al aire libre, Lucía respiró hondo. El peso del monstruo se había desvanecido.
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El Regreso a Casa
Mientras tanto, en el hospital, el ambiente era muy diferente. Ciela estaba sentada al borde de la cama, vestida con su propia ropa por primera vez en semanas. El médico acababa de firmar el alta. Su recuperación había sido asombrosa gracias al riñón de Beatríz.
Elena y Roberto estaban allí, cargando las maletas, pero el ambiente seguía siendo tenso. Elena miraba de reojo a Beatriz, quien ayudaba a Ciela a ponerse los zapatos.
—Ya está todo listo en la casa, Ciela —dijo Elena con una sonrisa forzada—. Tu habitación está impecable, y he preparado tu comida favorita, baja en sodio como dijo el doctor.
Ciela se levantó, sintiendo una ligera debilidad en las piernas, pero se mantuvo firme. Miró a Elena y luego a Beatriz.
—Mamá Elena... yo voy a volver a casa con ustedes —dijo Ciela, y vio cómo el rostro de Elena se iluminaba de alivio—. Pero Beatriz y Lucía vienen conmigo.
La sonrisa de Elena se congeló.
—¿A nuestra casa? Ciela, mi vida, quizás sea mejor que ellas busquen un lugar... por la comodidad de todos...
—No es una negociación, mamá —cortó Ciela con suavidad pero determinación—. Si ellas no entran por esa puerta, yo tampoco. Somos una familia ahora, por muy extraño que suene. Y si realmente me aman como dicen, aprenderán a convivir con la verdad que intentaron ocultar.
Roberto asintió en silencio, aceptando la derrota, mientras Elena bajaba la cabeza, dándose cuenta de que su hija ya no era la niña que podía proteger bajo una campana de cristal.
A la salida del hospital, Anais esperaba con el pequeño Luciano en sus brazos y Miriam al volante del coche. Cuando Diego y Lucía llegaron de la cárcel, el grupo se reunió frente a las puertas del hospital. Eran un equipo roto, pero unido por hilos de acero.
—¿Listas para empezar de nuevo? —preguntó Miriam, mirando a sus primas a través del retrovisor.
Ciela miró a Lucía, luego a Beatriz y finalmente a Diego, quien le tomó la mano.
—No es un nuevo comienzo —dijo Ciela mientras subía al coche—. Es el primer capítulo de la historia real.
El coche se alejó del hospital, dejando atrás las máquinas y el olor a medicina, pero el suspenso no se había ido. Al llegar a la casa de los padres de Ciela, notaron algo extraño: la puerta principal estaba entreabierta y un sobre azul, idéntico al de los expedientes de Valenzuela, estaba clavado en la madera con un cuchillo.