Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 10: EL SUSURRO DEL TRAIDOR
La humedad salada del Pacífico se colaba por los inmensos ventanales de la biblioteca de la mansión Ivanov. Damiano estaba de pie frente a la chimenea apagada, con una copa de coñac en la mano, repasando los detalles de la seguridad de la próxima ruta. Llevaba una bata de seda negra que caía abierta hasta su pecho, revelando las marcas violáceas y los chupetones que Zakhar le había dejado el día anterior. No se molestaba en ocultarlos; eran sus medallas.
El suave crujido de la puerta rompió el silencio. Damiano no necesitó girarse para saber quién era. El perfume barato y la respiración pesada lo delataban.
– Deberías tocar, Enzo – dijo Damiano, dando un sorbo a su copa. – Mi esposo podría arrancarte la mano si te encuentra entrando a mi espacio sin permiso.
– Zakhar no está. Salió a reunirse con los capitanes del muelle sur – la voz de Enzo era ronca, tensa. Dio un paso hacia el centro de la habitación. Sus ojos oscuros devoraban la línea de la garganta de Damiano, deteniéndose en las marcas de su piel. – No entiendo cómo puedes soportarlo.
Damiano se giró lentamente, apoyando la cadera contra la repisa de mármol de la chimenea. Arqueó una ceja, con una expresión de arrogancia pura e inmaculada.
– ¿Soportar qué, exactamente? ¿Ser tratado como un rey? ¿Tener a la Costa Oeste comiendo de la palma de mi mano?
Enzo apretó los puños. La frustración y los celos lo estaban consumiendo vivo.
– Ser su prisionero, Damiano. ¿Crees que no sé lo que hay en el "archivo muerto"? ¿Crees que no sé qué le pasó realmente a tu hermano? – Enzo dio otro paso, bajando la voz como si compartiera un secreto venenoso. – Es un psicópata. Te ha estado acorralando como a un puto animal durante años. Mandó a quemar a tu propia sangre para obligarte a abrirte de piernas. No te ama, Damiano. Te posee. Eres su trofeo. Y el día que se aburra de ti, te hará desaparecer.
Damiano se quedó en silencio por unos segundos. Dejó la copa de cristal sobre la repisa con un tintineo suave. Luego, soltó una carcajada. No fue una risa nerviosa ni fingida; fue una risa oscura, cruel y absolutamente genuina.
Enzo palideció, retrocediendo un paso por instinto.
– Ay, Enzo… Eres tan malditamente patético – Damiano acortó la distancia entre ellos con pasos lentos y felinos, hasta quedar a escasos centímetros del guardaespaldas. Podía oler el miedo y la desesperación en él. – ¿Crees que vienes a salvarme? ¿Crees que esto es un cuento de hadas donde el valiente plebeyo rescata a la princesa del dragón?
Damiano levantó la mano y, con un desprecio absoluto, le dio dos palmadas suaves en la mejilla a Enzo, como si estuviera felicitando a un perro lento.
– Fui yo quien le dijo que me encantaba lo que le hizo a mi hermano. Me corrí encima de su escritorio quince minutos después de ver esas fotos. ¿Crees que me aterra su locura? Me alimenta. Me folla hasta dejarme sin nombre y a cambio me da el mundo entero en una bandeja de plata.
Los ojos de Enzo se abrieron de par en par, el horror mezclándose con su retorcida obsesión.
– Estás tan enfermo como él… – susurró Enzo.
– No – lo corrigió Damiano, su voz volviéndose fría y letal. – Soy peor. Porque él quema el mundo por instinto, pero yo soy el que le señala a quién morder. Y si vuelves a hablar así de mi esposo, si vuelves a intentar envenenar el agua de mi casa, le diré a Zakhar que me miraste el culo mientras me vestía. Y tú y yo sabemos que no te matará rápido, Enzo. Te despellejará vivo y me hará un abrigo con tu piel.
Damiano se dio la vuelta, dándole la espalda con total desdén, desestimando su existencia.
– Largo de mi vista. Y dile a las criadas que limpien el piso por donde caminaste; hueles a envidia barata.
Enzo salió de la biblioteca temblando de rabia y humillación, los nudillos blancos de tanto apretarlos. Damiano había destruido cualquier ilusión que tuviera. Ahora, a Enzo solo le quedaba el odio....