Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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18. El hombre en la cafetería
Abrió la puerta del auto de golpe. El metal chirrió al protestar contra la violencia del movimiento. Lanzó el maletín al asiento del copiloto; la tarjeta magnética de Bright Urban Development salió volando de su bolsillo y aterrizó sobre el asiento de cuero, brillando bajo el sol. Cerró la puerta con un golpe seco que resonó en la calle.
- “¿Qué estás haciendo?”, preguntó Alisson, girándose hacia él. Su rostro reflejaba una confusión aturdida mezclada con el miedo persistente.
- “Lo único estúpido que podía hacer a estas alturas”, respondió Jeremy, y sin esperar más, cruzó la calle.
Ignoró el semáforo peatonal que aún mostraba la mano roja estática. Un taxi frenó de golpe a pocos centímetros de su cadera, el sonido de las gomas quemándose contra el asfalto fue agudo y penetrante. El conductor aporreo el claxon, una bocina ensordecedora que gritó en medio del bloque, y le lanzó un insulto que Jeremy no escuchó. El ruido urbano, el tráfico, la gente hablando por teléfonos, todo se convirtió en una masa distante y amortiguada detrás del latido pesado y rítmico de su propio corazón en sus oídos.
Escuchó pasos rápidos y ligeros detrás de él.
- “Jeremy”, la voz de Alisson llegó como un susurro de viento frío.
Él siguió avanzando, esquivando a una pareja de turistas que se detenían para mirar un mapa.
- “Jeremy, no”, suplicó ella, pero había una resignación en su tono, como si supiera que no podía detenerlo.
Jeremy empujó la puerta de vidrio del café con demasiada fuerza. La campanilla sobre el marco tintineó con un sonido estridente, desentonado con la atmósfera relajada del lugar.
El aroma a espresso recién molido, leche caliente y canela lo golpeó inmediatamente, envolviéndolo en una olfato que era demasiado dulce, demasiado artificial. Se mezclaba con una música jazz suave que salía de altocavantes ocultos y el murmullo bajo de conversaciones de negocios. Era un lugar elegante, minimalista, diseñado para oficinistas con sueldos altos y muy poco tiempo.
Sus ojos recorrieron el interior rápidamente, escaneando las sombras, las esquinas, los reflejos en las paredes de los espejos.
El hombre del traje estaba sentado al fondo, en una mesa aislada junto a la ventana lateral. Tenía el portafolio negro sobre la mesa, justo delante de él, como un escudo, mientras sostenía el teléfono pegado a la oreja con un gesto relajado.
Jeremy disminuyó el paso instintivamente, sintiendo cómo la adrenalina se asentaba en una concentración fría y afilada.
De cerca, el sujeto impresionaba más. Tenía unos cincuenta y tantos años, y cada centímetro de su presencia gritaba autoridad. Rostro severo, con pómulos afilados y una nariz recta que parecía haber sido esculpida para mirar por encima de ella. La mandíbula era rígida, tensa, como si masticara algo que no podía tragar. Todo en él transmitía un control absoluto, una disciplina férrea. Incluso sentado, con el cuerpo relajado hacia atrás en la silla, parecía alguien acostumbrado a que las habitaciones se acomodaran a su voluntad, a que el silencio cayera cuando él entraba.
Y entonces Jeremy vio algo más, un detalle que quemó su retina como una chispa. Un pin metálico, pequeño y discreto, sujeto a la solapa interna del saco, brillando bajo la luz cálida de la lámpara de la mesa.
Un pequeño emblema plateado con las letras estilizadas “Bright Urban Development”. El pulso de Jeremy se le disparó, golpeándole las sienes.
El hombre levantó la vista en ese mismo instante, como si hubiera sentido la electricidad estática de la mirada de Jeremy clavada en su pecho.
Los ojos de ambos se encontraron a través del local, a través de las mesas vacías y el aire acondicionado.
Jeremy sintió algo extraño recorrerle la espalda, un escalofrío que no tenía nada que ver con el fantasma detrás de él. No era miedo exactamente. Era reconocimiento. Una sensación visceral y desagradable, como si aquel hombre también estuviera acostumbrado a observar antes de hablar, a cazar en silencio.
La conversación telefónica del hombre se detuvo. Bajó el teléfono lentamente, sin despegar la mirada de Jeremy.
El hombre sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo socialmente aceptable, un segundo que se estiró hasta sentirse incómodo.
Después, sonrió. No fue una sonrisa amable. No hubo calidez en los ojos, solo un movimiento mecánico de los labios. Fue la sonrisa educada y vacía de alguien que ocultaba constantemente lo que pensaba, de un depredador que se disfrazaba de caballero para acercarse a la presa.
Jeremy sintió que el aire a su lado se enfriaba drásticamente. Sintió a Alisson detenerse justo detrás de su hombro derecho, una presencia sólida y helada que proyectaba una sombra larga sobre el suelo del café, aunque no hubiera luz directa que la generara. El frío alrededor de ella descendió de golpe, helando el sudor en la nuca de Jeremy.
Y entonces, sin previo aviso, las luces del café parpadearon.
No fue un corte de energía. Las bombillas sobre sus cabezas titilaron una vez, un parpadeo seco y brusco que hizo que las sombras de la sala danzaran violentamente por un segundo, rompiendo la ilusión de normalidad y seguridad del lugar. El hombre del traje no parpadeó, pero su sonrisa se congeló, convirtiéndose en una máscara de piedra.