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No Es Una Invitación, Es Una Orden

No Es Una Invitación, Es Una Orden

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Amor de la infancia
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Phandi

Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.

NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

“Ahora te vas a quedar conmigo… o te quedas vacía”

El sol comenzaba a colarse entre las cortinas.

Ella seguía desnuda, enredada en las sábanas aún húmedas de sudor, gemidos y pecados que no podrían deshacerse.

Él estaba sentado al borde de la cama, sin decir una palabra. Respiraba hondo, los músculos tensos, la mandíbula apretada.

—¿Lo vas a llamar? —preguntó sin mirarla.

—¿A quién?

—A ese idiota al que ibas a entregarle tu vida. Dile que ya no te alcanza.

Ella se sentó lentamente, con el cuerpo adolorido, marcado por cada embestida, por cada mordida, por la forma brutal en que él la había reclamado como suya durante toda la maldita noche.

Pero su corazón…

Su corazón estaba peor que su cuerpo.

—No es tan simple…

—Claro que lo es. O te quedas conmigo… o te quedas vacía. —La voz de él era una sentencia. Cruel. Posesiva. Irrevocable.

Se dio la vuelta, la miró, los ojos brillando de deseo acumulado y rabia apenas contenida.

—¿O quieres que te lo recuerde otra vez… en contra de la pared, con las piernas temblándote mientras gritas que soy el único que sabe romperte sin destruirte?

Ella tragó saliva, pero no respondió.

Él sonrió con esa maldita arrogancia que la volvía loca.

—Eso pensé.

Se levantó, la tomó del cabello con fuerza y la obligó a ponerse de rodillas sobre la cama.

—¿Sabes qué es lo peor? —le dijo al oído, bajando el tono a un susurro que le encendía cada fibra—. Que aunque digas que no… tu cuerpo siempre dice sí.

Le empujó la cabeza hacia su entrepierna, duro, sin pedir permiso.

Ella lo miró, dudando por un segundo.

—Hazlo. —ordenó él, los ojos como fuego.

Y ella obedeció.

Lo tomó con la boca, sin pausa, profunda, mojada, mientras él la sujetaba de la nuca y gemía con los dientes apretados.

—Así… no pares. Vas a tragar cada gota de lo que me quitaste todos estos años…

Él acabó con un gruñido ronco, temblando, sin soltarla.

Ella lo tragó todo.

Sin hablar.

Sin excusas.

El silencio volvió.

Él se vistió lentamente, sin decir nada.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la voz rota.

—Ahora decides. Pero ten clara una cosa… si eliges quedarte con él, voy a arruinar esa boda. Y no con palabras. Voy a ir, y te voy a sacar de ahí… aunque tenga que llevarte desnuda en mis brazos frente a todos.

Ella lo creyó. Porque lo conocía.

Y su cuerpo aún ardía de prueba.

El reloj marcaba las seis de la mañana cuando don Francisco, el vecino metido de toda la vida, cruzó la vereda y vio salir a un hombre de la casa de los Luján.

Camisa arrugada, el cinturón en la mano, y esa sonrisa de cabrón satisfecho en el rostro.

Él.

El que se había ido años atrás.

El que todos sabían que la había amado con locura.

Don Francisco no dijo nada. Pero su mirada lo dijo todo.

Y en un pueblo como ese… las palabras vuelan sin necesidad de alas.

Para el desayuno, la mamá de ella ya sabía.

Para el almuerzo, su prometido recibió una llamada anónima.

Y para la tarde, la familia entera estaba reunida en la sala, gritando, exigiendo, enfrentando a una muchacha con el vestido de novia guardado y la piel marcada por manos que no eran las del hombre que la esperaba en el altar.

—¿¡Cómo pudiste hacer esto!? —gritó la madre, con los ojos rojos.

—¿Y qué querías que haga? ¿Casarme con un hombre al que no amo por una deuda?

—¡Sí! —saltó su padre, con la cara desencajada—. Porque si no lo haces, nos quitan todo. La casa. La finca. ¡Tu hermano se queda sin estudios!

Ella apretó los labios. La garganta hecha nudo.

—Ustedes me vendieron. —su voz era un cuchillo suave—. Me vendieron como una solución. Y ni siquiera lo dijeron así.

Su hermano menor bajó la mirada. No entendía, pero sentía la tensión.

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.

Él.

De nuevo.

Caminó directo hacia ella. No saludó. No pidió permiso.

—Empieza a empacar.

—¿Qué? —murmuró ella, sin fuerzas.

—Nos vamos. Hoy. —Su mirada fue al padre—. Sé lo de la deuda. Y la voy a pagar. Pero ella no se casa con nadie más. Punto.

—¿Y tú crees que con sexo y arrogancia vas a arreglar esto? —le escupió el padre.

Él sonrió con esa maldita calma que siempre escondía fuego.

—No. Pero con dinero, sí. Ustedes la entregaron por plata. Yo les doy más… y me la llevo.

—¡No es una transacción! —gritó ella, con lágrimas en los ojos.

—No, preciosa… —le susurró, acariciando su rostro— ...esto es un rescate.

Y sin decir más, la agarró de la cintura, la alzó en brazos como esa noche en la cama, y la sacó de la casa ante los ojos atónitos de toda la familia.

Esa noche, en la cabaña donde se escondieron…

Ella lloraba en silencio.

Él se sentó junto a ella, la espalda desnuda, los músculos tensos, la mirada en el suelo.

—Te rompí la vida, ¿no?

—No. —respondió ella, con voz baja—. Ya estaba rota desde antes… tú solo me diste permiso para dejar de fingir.

Él se acercó por detrás, y sin decir palabra, deslizó la sábana, dejó su espalda al descubierto y comenzó a besarla lenta, profundamente, mientras sus manos bajaban, firmes, hambrientas.

—Esta vez no quiero dominarte. —susurró contra su piel— Quiero adorarte… como debí hacerlo siempre.

Y esa noche, por primera vez, no hubo furia.

Solo gemidos suaves, caricias lentas, lenguas recorriendo heridas, y cuerpos que se rendían con amor, no con rabia.

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Miriam Muñoz
hasta el momento
ecxelente
Miriam Muñoz
me gusta
Miriam Muñoz: me gusta mucho ☺️
total 1 replies
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