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CAPÍTULO 1-El día que debí morir
Hola,
mi nombre es Esther Rivero.
Soy dominicana y vivo en la ciudad de Santiago. Llevo una vida sencilla, de esas que muchos considerarían normales, pero que para mí lo son todo.
Estoy felizmente casada con Miguel, tengo dos hijos maravillosos y un perro llamado Jey, que no es solo una mascota, sino parte de mi familia. Lo amo como a un hijo más. Es mi compañero durante el día, cuando la casa se queda en silencio porque mis hijos están en la escuela y mi esposo trabajando.
Mi vida era tranquila… hasta que él empezó a arruinarla.
Mi vecino, Manuel.
Un hombre que parecía haber nacido con el único propósito de hacer la vida imposible a los demás. Arrogante, conflictivo, borracho y, según dicen, también drogadicto. Pero lo peor no era eso.
Lo peor… era que yo lo conocía desde antes.
Cuando éramos jóvenes,y compartíamos como familia.En reuniónes familiares,salía a beber con mi esposo si necesitaba cualquier cosa sin duda se podía contar con el.
pero un día me faltó al respeto y desde ese día, su actitud se convirtió en rencor.
Al principio eran comentarios incómodos. Luego insultos. Después gritos en la madrugada. Y ahora… era un infierno constante.
—¡Esther! ¡Tú te crees mejor que todo el mundo! —gritaba algunas noches desde su casa.
Yo intentaba ignorarlo. Por mis hijos. Por mi paz.
Pero él no se detenía.
He puesto denuncias, más de una. Pero como nunca había llegado a la agresión directa, la policía no podía hacer mucho. Y él lo sabía.
Siempre lo sabía.
En cuanto escuchaba una patrulla, desaparecía como una sombra. Y regresaba horas después… como si nada.
Mi esposo intentó hablar con él.
Error.
Desde entonces, Manuel se volvió más cuidadoso… y más cruel. Solo hacía sus escándalos cuando mi esposo no estaba o cuando ya todos dormían.
Hablé con su familia. Ellos también lo intentaron.
Nada funcionó.
Cada día era peor.
Para distraerme del estrés, mi prima me recomendó descargar una aplicación de novelas.
—Te vas a enganchar —me dijo.
Y tenía razón… aunque no como ella esperaba.
La primera historia que leí fue una novela de época.
Y la odié.
—¿Pero qué es esto? —murmuré mientras leía.
Sufrimiento tras sufrimiento. Una protagonista que parecía haber nacido solo para padecer.
Duquesa muerta. Padre inútil. Acusación falsa. Guillotina.
Fin.
—Qué cliché… —escribí en los comentarios, sin poder evitarlo.
No sabía que esa historia… cambiaría la mía.
Ese día debía ser feliz.
Estaba en casa organizando todo para la graduación de mi hijo mayor. Esa misma noche celebrábamos. Había comida, bebidas, risas planeadas.
Vida.
Miguel, mi hijo mayor, estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Y Angel, el menor, entraría a secundaria.
Mis niños…
Cerré los ojos un momento y sonreí.
Valía la pena todo.
Pero la calma nunca dura.
Compré una bombilla recargable por los apagones de temporada ciclónica. Algo simple. Necesario.
Y suficiente para desatar el caos.
—¡Eso es mío! —gritó Manuel al verla—. ¡Me lo robaste!
Me quedé mirándolo, incrédula.
—¿Qué?
—¡Devuélveme La o te mato!
No era la primera vez que amenazaba.
Pero esa vez… sonó diferente.
No debí enfrentarlo.
Pero lo hice.
—Ya basta, Manuel. Estás loco.
Sus ojos cambiaron.
No era rabia.
Era algo peor.
Entró a mi propiedad sin permiso.
Y entonces lo vi.
El brillo del arma blanca en su mano.
Todo pasó demasiado rápido.
Gritos. Un forcejeo. El sonido de algo cayendo.
Y luego…
Dolor.
Un dolor frío y profundo que me atravesó el cuerpo.
Caí al suelo.
El mundo se volvió borroso.
—…mí familia… —susurré.
Pensé en mis hijos,En mi esposo,
En lo que debió ser una noche de celebración… convertida en luto.
Qué injusto.
Cerré los ojos.
Y esperé el final.
Pero el final… no llegó.
Cuando volví a abrirlos, no estaba en mi casa.
No había dolor.No había ruido.
Solo… blanco.
Un vacío infinito, silencioso y extraño.
Frente a mí comenzaron a aparecer imágenes.
Las reconocí de inmediato.
Era la novela.
La misma que había criticado.
Escenas que se reproducían como una película frente a mis ojos.
—No debías morir… —dijo una voz.
Me tensé giré y busqué pero no vi a nadie.
—Pero alguien tenía que ocupar ese lugar.continuo la voz.
—¿Quién eres? —pregunté, girando sobre mí misma.
Nada.
No había nadie.
—No puedo devolverte a tu vida —continuó la voz—. Pero puedo darte otra.
Sentí un escalofrío.
—¿Otra…?
—Renacerás. Y podrás cambiar el destino que ya conoces.
Las imágenes avanzaron.
La niña.
Sasha.
Su sufrimiento.
Su muerte.
—Tendrás tus recuerdos —dijo la voz—. Úsalos.
—¿Y si no quiero?
Silencio.
Luego:
—No es una opción.
Mi pecho se tensó.
—Debes esperar hasta el final —continuó—. Todo debe ocurrir como está escrito… hasta que llegue el momento.
Las imágenes cambiaron.
Guerra.
Fuego.
Destrucción.
—Si fallas… no solo morirás tú.
El silencio pesó.
—Ahora —dijo la voz—, cierra los ojos.
Y todo desapareció.
Cuando los abrí de nuevo, el mundo había cambiado.
Madera.
Voces.
Un mercado antiguo lleno de gente.
Carros tirados por caballos.
Vestidos largos.
Era… otro mundo.
Y yo… No estaba en mi cuerpo.
Era como un espectro Invisible.
Presente, pero inexistente.
Entonces los vi.
Una mujer hermosa, de porte elegante y mirada cálida.
Y a su lado, un hombre sonriente… demasiado perfecto.
Los reconocí al instante.
—La duquesa… —susurré.
Sara Echeverría.
Y él…
Antonio Hilton.
El origen de todo.
El inicio de la tragedia