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Mi Amor El Guachimán

Mi Amor El Guachimán

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:720
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: La primera pelea

Narra Ángel Pacheco

Habían pasado ya tres meses desde que empecé a trabajar junto a Gregorio en Barranquilla.

Y nojoda…

estaba cansado.

Pero cansado de verdad.

Últimamente me estaban poniendo full doble turno porque faltaba gente y el jefe decía que necesitaban hombres “responsables”.

Eso significaba levantarme temprano, aguantar calor, dormir poco y pasar casi todo el día parado.

Y aunque necesitaba la plata por mi mamá, Yurani y Meleydis…

mi cuerpo ya estaba pasando factura.

Ese día llegué tan agotado que apenas entré al apartamento saludé rapidito y me fui al cuarto.

Ni siquiera me cambié bien.

Solo me tiré en la cama.

Y literalmente me quedé dormido enseguida.

Ni mensajes revisé.

Ni llamadas.

Nada.

Cuando abrí los ojos otra vez sentí el cuerpo pesado.

Miré la ventana y ya era de día.

Agarré el celular medio dormido para ver la hora.

11:30 AM.

Yo tenía libre ese día.

Pero apenas desbloqueé el teléfono sentí un frío horrible en el pecho.

20 llamadas perdidas.

Todas de Sabrina.

—Ay no… huepucha —murmuré sentándome rápido.

También había varios mensajes.

“¿Dónde estás?”

“¿Por qué no contestas?”

“Ángel respóndeme.”

“¿Te pasó algo?”

Y el último:

“Bueno ya entendí.”

Nojoda.

Me agarré la cabeza enseguida.

Porque yo conocía a Sabrina.

Y sabía perfectamente que debía estar bravísima.

Salí rápido del cuarto hacia la cocina todavía despeinado.

Mi mamá estaba haciendo el almuerzo.

Apenas me vio dijo:

—Mi amor, anoche no comió. Le guardé desayuno, ¿le sirvo?

Yo traté de sonreír aunque estaba preocupado.

—Sí, mamita.

Ella me sirvió café y unas arepas mientras yo miraba el celular nervioso.

Mi mamá se sentó al frente mío.

—¿Y esa cara?

Yo suspiré.

—Creo que metí la pata con Sabrina.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Qué hizo?

—Me dormí y no le contesté toda la noche.

Mi mamá hizo cara de “uy”.

—Ah… complicado.

Yo me agarré la cabeza.

—Demasiado complicado.

Empecé a comer pero sinceramente no podía ni sentir el sabor de la comida.

Tenía una ansiedad horrible.

Porque sentía que lo que pasó anoche podía costarme la relación.

Y la verdad…

yo no quería perder a Sabrina.

Así que agarré el teléfono y la llamé.

Una vez.

No contestó.

La llamé otra vez.

Nada.

Yo respiré profundo y marqué por tercera vez.

Y esta vez sí contestó.

Pero apenas escuché su voz supe que venía pelea.

—¿POR QUÉ PUTAS NO CONTESTABAS?

Yo cerré los ojos enseguida.

—Sabrina…

—¡Te llamé veinte veces, Ángel!

—Yo sé, escucha—

—¡No! ¡Escúchame tú!

Yo suspiré tratando de mantener la calma.

—Me quedé dormido.

Ella soltó una risa llena de rabia.

—¿Dormido? ¿Toda la noche?

—Sí.

—¿Y tampoco podías mandar un mensaje?

Yo ya empezaba a estresarme también.

—Sabrina, venía de doble turno.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Ahí sentí feo.

Porque yo estaba agotado de verdad.

—Mucho tiene que ver. Estaba cansado.

Ella seguía brava.

—Pues yo pensé que te había pasado algo.

—Y no me pasó nada.

—¡Pues obvio ahora lo sé!

La conversación ya empezaba a subir de tono.

Yo me pasé la mano por la cara frustrado.

—No fue intencional.

—Siempre dicen eso.

—¿Siempre quién?

—Los hombres.

Ahí fue cuando empecé a cansarme también.

Porque yo no estaba acostumbrado a que me hablaran así.

—Ajá, pero yo no soy “los hombres”, Sabrina.

Ella soltó otra risa sarcástica.

—Claro.

—¿Claro qué?

—Nada.

Yo respiré profundo tratando de no explotar.

—¿Sabes qué? Me estás peleando como si yo hubiera hecho algo malo a propósito.

—Porque mínimo pudiste avisar.

—¡Estaba dormido!

Ella levantó más la voz.

—¡Pues te desapareciste!

Y ahí ya me molesté.

—¡No me desaparecí! ¡Estaba cansado trabajando!

Mi mamá me miró preocupada desde la cocina mientras yo me levantaba de la silla.

Sabrina seguía hablando brava.

—¿Y yo qué culpa tengo?

—¡Ninguna! Pero tampoco me grites así.

Hubo un silencio tenso.

Y después ella habló más fría.

—Entonces ahora la mala soy yo.

Yo cerré los ojos frustrado.

—No dije eso.

—Pero lo estás insinuando.

—Sabrina, ya.

—No, Ángel. Porque yo estaba preocupada y tú como si nada.

Yo ya sentía el mal genio subiendo horrible.

Porque una cosa era pelear…

y otra muy distinta insultar o gritar.

Y yo no aguantaba mucho eso.

—Bueno entonces ¿qué quieres que haga? —pregunté ya cansado.

—Nada.

—¿Entonces?

—Nada, Ángel.

Ese tono frío me molestó más.

—Nojoda, entonces deja el show.

Apenas dije eso hubo silencio.

Silencio pesado.

Y ahí supe que había empeorado todo.

Ella habló bajito pero llena de rabia.

—¿Show?

Yo me arrepentí apenas salió.

—Sabrina—

—¿Sabes qué? Mejor hablamos después.

—No cuelgues.

—Estoy demasiado brava ahorita.

—Mor—

Pero me colgó.

Yo me quedé quieto mirando la pantalla.

Sentía una mezcla horrible de rabia, culpa y frustración.

Mi mamá se acercó despacio.

—¿Pelearon?

Yo suspiré pesado sentándome otra vez.

—Sí.

Ella se sentó al frente mío.

—Mijo… cuando uno quiere a alguien, a veces toca aprender a tener paciencia.

Yo bajé la mirada.

Porque en el fondo sabía algo.

Sabrina tenía razón en preocuparse.

Pero yo también sentía que ella había sido injusta conmigo.

Y eso era lo que más me dolía.

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