nunca hay que mentirse a uno mismo
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Don Virgilio Malatesta fue convocado a la mansión Salvatore al día siguiente. Fiel a su reputación , cruzó el umbral del despacho con el pecho inflado y esa arrogancia rancia que solo poseen los apostadores tramposos y sucios. Era un viejo verde, un hombre astuto pero carente de honor, que siempre sacaba provecho de todo a su absoluta conveniencia, utilizando a su propia sangre como si fuera una ficha en una mesa de casino. Vestía un traje de corte antiguo y portaba una sonrisa de suficiencia que a Vincent le provocó un rechazo visceral inmediato.
Vincent lo esperaba tras su imponente escritorio de caoba. Su altura y su porte aristocrático hacían que el espacio se redujera, sofocando de inmediato la altanería de Don Virgilio. La palidez que el capo había mostrado el día anterior debido a su malestar estomacal se había transformado en una frialdad rígida, la máscara perfecta del jefe supremo de la mafia italiana. A su lado, Dante Marconi permanecía de pie, con las manos entrelazadas en la espalda y los ojos fijos en el recién llegado, como un halcón vigilando a su presa.
—Fue una sorpresa saber que usted me quería ver, señor Salvatore —habló Virgilio con una elegancia ensayada y un respeto profundamente fingido hacia Vincent. Hizo una sutil inclinación de cabeza, intentando medir el terreno.
Vincent no le devolvió el saludo ni le ofreció asiento. Fue directo , con esa voz grave que hacía temblar las estructuras de la organización.
—Supe que tratas de casar a tu hija —soltó el capo, clavando sus ojos oscuros en el viejo.
Don Virgilio parpadeó, tomado por sorpresa, pero recuperó la compostura de inmediato. Acomodó las solapas de su saco y fingió un suspiro de paternal preocupación que dio náuseas a los presentes.
—Ah, sí... mi pequeña Gaia —respondió el viejo, modulando la voz—. Sí, es tiempo de que siente cabeza antes de que yo parta de este plano. Quiero verla felizmente casada, protegida por un hombre de bien que sepa valorar lo que ella representa para nuestro apellido.
Si Virgilio pensaba que con ese cariño fingido y esa actuación barata compraría a Vincent Salvatore, estaba sumamente idiota. Vincent conocía cada uno de los movimientos del viejo; sabía que lo único que quería era saldar deudas y expandir su propia influencia a costa de la libertad de su hija. Sin embargo, el jefe de la mafia era un estratega impecable. Debía jugar el juego, morder el anzuelo falso y hacerle creer al viejo verde que compartían la misma naturaleza implacable.
—Sí... supongo que todos los padres quieren ver felices a sus princesas —replicó Vincent, arrastrando las palabras con una ironía tan fina que pasó de largo para la soberbia de Malatesta.
—Por supuesto —se apresuró a decir Virgilio, relamiéndose los labios al notar una aparente apertura en el gran jefe—. Gaia es un hermoso diamante, una joya que no cualquiera puede poseer. ¿No lo cree usted así, señor Salvatore?
—Sí, concuerdo contigo —afirmó Vincent, entornando los ojos—. Es un diamante. Por eso mismo, Virgilio, yo te propongo un matrimonio por contrato con ella. Me haría muy feliz tenerla conmigo en esta mansión. Podría usarla bastante bien para consolidar las rutas del norte y unificar nuestras facciones.
Al escuchar las palabras "matrimonio por contrato" y la fría insinuación de "usarla bien", el viejo Virgilio no disimulo su sonrisa retorcida. La avaricia le brilló en las pupilas al comprender que acababa de ganarse la lotería de la mafia: entregar a su hija al hombre más poderoso de Italia significaba impunidad total y una fortuna incalculable para sus vicios. Esa mueca de ambición descarada le daba asco absoluto a Vincent, pero el capo mantuvo la mandíbula firme. Tenía que disimular a la perfección. Tenía que hacerle creer a ese miserable que Gaia solo sería una moneda de cambio en sus manos, una propiedad valiosa que pasaba de un dueño a otro, ocultando el hecho de que ese documento era, en realidad, el escudo definitivo que salvaría a la joven de las garras de su propio padre.
—Es una propuesta extraordinaria, Salvatore —declaró Virgilio, frotándose las manos con un cinismo repugnante—. Mi hija estará honrada de servir a los intereses de su familia. El contrato sellará nuestra lealtad eterna en vida.
Dante desvió la mirada hacia la ventana, conteniendo las ganas de romperle la cara al viejo en ese mismo instante. Vincent, impasible, tomó una pluma estilográfica dorada y deslizó un documento preliminar sobre el escritorio de cuero.
—El contrato se firmará bajo mis condiciones, Malatesta —sentenció Vincent, con una frialdad que cortó la alegría del viejo—. En mes y medio se celebrará la unión. Hasta entonces, Gaia se muda a esta propiedad bajo mi estricta custodia. No quiero que ningún otro hombre se le acerque, ni siquiera tú. ¿Tenemos un trato?
Don Virgilio asintió repetidamente, firmando el borrador sin leer las letras pequeñas, cegado por el dinero y el poder que creía haber conquistado. La farsa estaba oficialmente en marcha. Vincent había blindado a Gaia, pero al ver el apellido Malatesta junto al suyo en el papel, una punzada de culpa le atravesó el pecho. La mentira estaba sellada en Italia, y el eco de ese falso altar no tardaría en cruzar el océano .
no se vale